Literatura
Adiós Letras, adiós
Joaquín Peña Arana


Foto: Miguel Ángel Camero



Ya lo veía venir. Pero no me creían.  

Sospeché que con el relevo en el mando estatal algo terrible ocurriría en los terrenos del apoyo, promoción e impulso cultural pero ¿quién iba a escuchar? ¿quién?

Mucho menos ellas.

-¡Pero si está precioso! ¿Ya viste sus ojitos de color? ¡Yo quiero una foto con él!

Y ahí estaban nuestras creadoras a su lado sucumbiendo a la debilidad de la carne y los sentidos.

Así las cosas, cómo sospechar la agonía de aquella idea que nació en el albor del sexenio antecesor. Me quiero imaginar a Yarrington reunido con un selecto grupo en algún lugar de Ciudad Victoria escuchando la propuesta ¿O acaso él fue el de la idea? 

Foto: Miguel Ángel Camero

-¿Y qué tal si hacemos un encuentro anual de escritores, no sólo de México sino de todo el mundo? Que vengan a Tamaulipas con los gastos pagados a leer sus obras de viva voz.  ¿El idioma? ¡Eso es lo de menos! Ya buscaremos la manera, traducción instantánea, pizarras electrónicas, que lean primero y se traduzca después, ya veremos.  ¡Sería grandioso!

Y lo fue.

Ay, cuántas envidias y egoísmos se desprendieron por haber sido Tampico designada como sede permanente mientras duró. Ay, cuántos reclamos de otras ciudades que se sentían las atenas tamaulipecas. Vendría después lo de extender el encuentro a otras urbes y algunos autores viajaron en el recorrido que debió parecerles extraño, como si pueblearan o se hubieran convertido en nómadas de ocasión, quedándose apenas uno o dos días en cada lugar.

Cuántas discordias.

Foto: Miguel Ángel Camero
  
-¡Qué vengan más, que se queden más días!– decían algunos en Nuevo Laredo o Matamoros.

-¿Por qué no nos incluyen como a los demás? ¡Parejo para todos! – increpaban en San Fernando o Ciudad Mante.

-¡Que vayan a otras partes fuera de Tampico es tirar el dinero! Con tanto viejito limosnero y niño pobre ¿y todavía quieren que se gaste más? No son animales de circo para que vayan de caravana – diría alguna voz por ahí.

Pero eso ya se acabó. Todo. 

Ya no habrá por qué discutir si en Tampico la gente es tan inculta que no valía la pena que las lecturas se abrieran a todos.  Cuántos exigieron se realizaran a puerta cerrada, sólo para un selecto grupo. ¿Hubiera sido algo así como un VIP de intelectuales, solo los amigos de los amigos o los amigos de los funcionarios en turno?

Pero para qué polemizar. Letras ha muerto.

Foto: Miguel Ángel Camero

Ya no perderemos el tiempo cuestionando si los autores debieron hacer algo más que sólo pararse y leer. “¿Por qué no algunos encuentros al aire libre, mesas redondas, recorridos en universidades? ¡Acercarse a la gente con ganas de conocerlos y aprender! ¡Con ganas de escribir y crear!” Y ahí venía otra vez la misma alegata. “¿Qué? ¿Y cansarlos acercándolos a neófitos? ¡Qué locura!”

Nos ahorraremos las discusiones pero también, chin, ya no podremos disfrutar ese deleite.

¿Se acuerdan de aquella primera noche en la Aduana? Todos apretujados y con una bola de estudiantes de preparatoria que huyó en la primera oportunidad mientras los demás acechábamos en busca de una silla vacía o aceptábamos el sacrificio de permanecer de pie, la ocasión lo valía. La plana mayor en primera fila y Angélica Aragón, más chaparrita de lo que se ve en la tele, tratando de manejar al auditorio lo mejor posible, batallando esa y otras ediciones de Letras con la gente para que escucharan, agarraran la onda y apagaran sus celulares. Qué maravilla recordar el espectáculo de los transbordadores haciendo piruetas y echando chorros gigantescos en el Pánuco mientras nos abríamos paso para saludar a Mario Vargas Llosa; ya lo teníamos a menos de un metro de distancia pero si no estaba conversando con Yarrington estaba rodeado de seguidores. Imposible.

Pero no, ya no habrá más.

Foto: Miguel Ángel Camero

Ya
no habrá ocasiones como aquélla de ver a Alí Chumacero llegando al Metro como una especie de Fidel Velásquez literario, de guayabera blanca y con el puño arriba al escuchar la ovación. Asaltarlo al final de la velada con el “maestro, ¿me permite una foto?” “¡Cómo chingados no!”, y posó con una sonrisa para luego firmar autógrafos y hablar con quien se le acercara.

Ya no veremos a las glorias locales que se quedaron pendientes de alternar con los monstruos de cada año. Castillo Alva con cara de “ya ven cómo sí soy chingón”, Gloria Gómez, Sara Uribe. ¿Y los demás, qué será de los demás?

Adiós a presumir las fotos “mira, aquí estoy con Carlos Fuentes”, exclamar ¡qué amable es  Homero Aridjis! , o el desencanto de “mta, qué mamón resultó Ramírez Heredia”. Adiós a descubrir –finalmente muchos éramos gente normal– a creadores de los que jamás habíamos oído hablar: Eavan Boland, Hugo Claus, Juan Gustavo Cobo Borda, Marjorie Agosín, Mark Strand, Ruth Fainlight, y etcétera etcétera etcétera. “¿A poco ese viejito con pipa es el autor de La Soledad del Corredor de Fondo?”.

Pero no más, se acabó. Es todo. Te recordaré siempre y llevaré flores cada Día de Muertos. 

Adiós Letras. Adiós.

Foto: Joaquín Peña


Publicado: 29 de octubre de 2008


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