Literatura
Podría ser tu peor pesadilla
Joaquín Peña Arana



Ilustraciones: Josue Picazo



Ocurrió que una mañana despertó Santiago Fulgencio Montserrat –hombre cuarentón que tenía tatuada en la médula la pasión por el ambiente cultural de su localidad–  y tras despabilarse e iniciar su acostumbrado ritual matutino previo a irrumpir al mundo (perdón, a que el mundo recibiera su presencia) notó que algo extraño ocurría.


Al sintonizar la tele no había noticiarios ni programas frívolos, ni siquiera caricaturas o películas: todos los canales tenían programación cultural.  Al encender la radio, por más que navegó de punta a punta en la frecuencia, lo mismo, sólo trova, programas de análisis, cuentos narrados por un selecto grupo de voces del teatro independiente, música clásica, rolas indi… había de todo menos canciones comerciales, noticiarios con información del día, locutores de lenguaje procaz y mal gusto.  Lo que nunca: se atrevió a buscar las estaciones que, sabía, escuchaban los obreros y demás gente que consideraba de nivel bajo. ¡Sorpresa! Ninguna cumbia, norteña, pasito duranguense ni reggaetón. 

 

Al salir a la calle sintió algo de alivio. Todo se veía normal.

 

Decidió tomar un taxi. Pasaron treinta y cinco minutos sin que uno solo apareciera. Como si no existieran.

 

Pero aún había transporte urbano. Tuvo ganas de exclamar “oh, puta madre” pero únicamente pensó la frase porque como buen intelectual –a como él concebía que un intelectual debía ser– las malas palabras sólo las pronunciaba frente a alguien más, de preferencia entre su grupo de intelectuales o en alguna recepción o ante alguna autoridad, para aparentar irreverencia. Resignado, abordó el autobús que pasaba. Encontró un lugar justo detrás del chofer y cuando estaba por sentarse vio algo que estuvo a punto de provocarle el soponcio.



Todos –y eran todos, hombres, mujeres, hasta niños– estaban leyendo. Y no el Libro Vaquero o la revista de chismes o de perdis algún periódico. Todos leían un libro. 

 

No supo de dónde tomó fuerza para acercarse al chofer y preguntarle.

 

-Oye –porque como buen intelectual, tuteaba a quienes consideraba inferiores a su nivel, aunque la  modalidad dictaba que también era aceptado tutear a un funcionario, un político o al intelectual que le cayera mal- ¿sabes por qué no hay taxis?

 

-Pos a lo mejor por lo mismo que casi no hay tampoco autobuses de ruta –respondió el chofer sin dejar de conducir y con la vista al frente– nomás fíjese por la ventana ¿cuántos ve? Ya llevamos tres cuadras y sólo circula en el que vamos.

 

-Pero ¿por qué? –insistió Santiago.

 

-Porque muchos no se presentaron a trabajar y los que sí lo hicieron en cuanto llegaban a la terminal decían que ya no querían ser choferes, que iban a buscarse otra chamba, pero no de soldadores o mecánicos, sino de escultores, escritores, poetas. Cosas así ¿usté cree?


Santiago Fulgencio Montserrat rió a carcajadas porque como buen intelectual –en el concepto que él tenía de lo que debía ser un intelectual– había que burlarse sin piedad de quien dijera algo que pareciera incorrecto. Pero su risotada cesó cuando se dio cuenta que el chofer súbitamente se había estacionado. 

 

-¿Por qué te detienes?

 

-No lo sé –respondió el chofer– de pronto, como si una intensa luminosidad hubiera bañado mi ser, sentí que las letras me atrapaban como alfileres que sostuvieran mi corazón, llevándome a un viaje de intensa pasión por el camino de la literatura. Éste no es mi lugar. Debo ir tras el suave cultivo de mi frenesí.

 

Se levantó del asiento y salió del autobús sin dejar de murmurar palabras. 

 

Como todos los demás, Santiago Fulgencio Montserrat tuvo que caminar el resto de las cuadras que le faltaban.  Llegó agotadísimo, sudoroso (¡qué horror!) pero sintió alivio al entrar al café donde acostumbraba almorzar con su grupo de intelectuales.  Estaban en la mesa de siempre, la que bautizaron como La Mesa Epicúrea, de donde corrían a quien osara sentarse ahí, como si el lugar les perteneciera.



-¡Saludos, oh grandes dioses y diosas del recóndito recinto de la ignominia!– exclamó, más bien gritó porque como buen intelectual –tal y como él concebía debían ser los intelectuales– tenía que hacerse notar cada que llegara a un lugar público. Pero Salvador, Denisse, Alberta y Rigoberto no respondieron a su saludo.

 

-¿Qué les pasa? Tienen cara de que les quitaron la beca.

 

Fue Rigoberto quien tuvo el valor de hablar.

 

-Santiago, ¿no te has dado cuenta? ¡La ciudad se volvió loca!

 

“¿Loca?”, pensó Santiago, e iba a decir alguna frase de intelectual ingenioso pero la seriedad de Rigoberto lo desarmó.

 

-Bueno, hay un problema con el transporte pero…

 

-¿Sólo el transporte? –intervino Alberta- ¡Todo, Santiago, todo se ha vuelto un manicomio! ¡Llevamos aquí media hora esperando a que nos tomen la orden y nadie ha venido! ¿Y sabes por qué, lo sabes, lo sabes? ¡Porque no hay meseros!

 

-¡Yo no recibí el periódico esta mañana –le dijo  Salvador jalándolo del brazo– y cuando fui a preguntar me dijeron que no llegó el repartidor! ¡Hablé a la radio para avisar que iba a tardarme y me contestó el director porque no había recepcionista! ¡Ella y el resto del personal, el técnico de grabación, la señora de la intendencia, la de cobros, todo el mundo estaba metido en la cabina, querían conducir programas, leer poesías que habían escrito, opinar sobre política!


Santiago recorrió el café con su mirada. Todas las mesas estaban llenas. No era la clientela de costumbre.  Junto con los cocineros y las meseras del lugar había billeteros, vendedores de chicles, barrenderos, tamaleras, alijadores. TODOS LOS QUE TENÍAN QUE ESTAR AFUERA ESTABAN AHÍ.

 

Entonces, comprendió todo. La ciudad estaba paralizada porque todos se habían convertido en intelectuales.

 

Entró en pánico. Por primera vez en mucho tiempo su intelecto funcionó de una manera precisa y logró anticipar lo que se desencadenaría si la situación continuaba así.  No habría comida, porque si todos se convertían en intelectuales ¿quién trabajaría la tierra? Si quisiera salir de la ciudad no habría quien condujera, ni despachara la gasolina, ni cobrara en las casetas de cuota. Si todos se convertían en intelectuales –a como él concebía que un intelectual debía ser- ¿quién cuidaría jardines, limpiaría casas, lavaría ropa, serviría en restaurantes, cocinaría, manejaría autobuses, dirigiría el tráfico, vigilaría en patrullas, imprimiría libros? ¿Quién proyectaría películas, fabricaría muebles, despacharía en los súpermercados, en los rodantes, en las tienditas de colonia?

 

-¡No! ¡Ser intelectual no es un derecho de todos! -gritó Santiago-  ¡Sólo debe ser nuestro!

 

Pero ya era demasiado tarde.



Publicado: 15 de enero de 2009


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