Ocurrió que
unamañana despertóSantiago Fulgencio Montserrat –hombre cuarentón que tenía
tatuada en la médula la pasión por el ambiente cultural de su localidad–y tras despabilarse e iniciar su acostumbrado
ritual matutino previo a irrumpir al mundo (perdón, a que el mundo recibiera su
presencia) notó que algo extraño ocurría.
Al sintonizar la tele no
había noticiarios ni programas frívolos, ni siquiera caricaturas o películas:
todos los canales tenían programación cultural.Al encender la radio, por más que navegó de punta a punta en la
frecuencia, lo mismo, sólo trova, programas de análisis, cuentos narrados por
un selecto grupo de voces del teatro independiente, música clásica, rolas indi…
había de todo menos canciones comerciales, noticiarios con información del día,
locutores de lenguaje procaz y mal gusto.Lo que nunca: se atrevió a buscar las estaciones que, sabía, escuchaban
los obreros y demás gente que consideraba de nivel bajo. ¡Sorpresa! Ninguna
cumbia, norteña, pasito duranguense ni reggaetón.
Al salir a la calle sintió
algo de alivio. Todo se veía normal.
Decidió tomar un taxi.
Pasaron treinta y cinco minutos sin que uno solo apareciera. Como si no
existieran.
Pero aún había transporte
urbano. Tuvo ganas de exclamar “oh, puta madre” pero únicamente pensó la frase
porque como buen intelectual –a como él concebía que un intelectual debía ser– las malas palabras sólo las pronunciaba frente a alguien más, de preferencia
entre su grupo de intelectuales o en alguna recepción o ante alguna autoridad,
para aparentar irreverencia.Resignado,
abordó el autobús que pasaba. Encontró un lugar justo detrás del chofer y
cuando estaba por sentarse vio algo que estuvo a punto de provocarle el
soponcio.
Todos –y eran todos,hombres, mujeres, hasta niños– estaban leyendo. Y no el Libro Vaquero o la
revista de chismes o de perdis algún periódico. Todos leían un libro.
No supo de dónde tomó
fuerza para acercarse al chofer y preguntarle.
-Oye –porque como buen
intelectual, tuteaba a quienes consideraba inferiores a su nivel, aunque
lamodalidad dictaba que también era
aceptado tutear a un funcionario, un político o al intelectual que le cayera
mal- ¿sabes por qué no hay taxis?
-Pos a lo mejor por lo
mismo que casi no hay tampoco autobuses de ruta –respondió el chofer sin dejar
de conducir y con la vista al frente– nomás fíjese por la ventana ¿cuántos
ve? Ya llevamos tres cuadras y sólo circula en el que vamos.
-Pero ¿por qué? –insistió
Santiago.
-Porque muchos no se
presentaron a trabajar y los que sí lo hicieron en cuanto llegaban a la
terminal decían que ya no querían ser choferes, que iban a buscarse otra
chamba, pero no de soldadores o mecánicos, sino de escultores, escritores,
poetas. Cosas así ¿usté cree?
Santiago Fulgencio
Montserratrió a carcajadas porque como buen intelectual –en el concepto que
él tenía de lo que debía ser un intelectual– había que burlarse sin piedad de
quien dijera algo que pareciera incorrecto.Pero su risotada cesó cuando se dio cuenta que el chofer súbitamente se había estacionado.
-¿Por qué te detienes?
-No lo sé –respondió el
chofer– de pronto, como si una intensa luminosidad hubiera bañado mi ser, sentí
que las letras me atrapaban como alfileres que sostuvieran mi corazón,
llevándome a un viaje de intensa pasión por el camino de la literatura. Éste no
es mi lugar. Debo ir tras el suave cultivo de mi frenesí.
Se levantó del asiento y
salió del autobús sin dejar de murmurar palabras.
Como todos los demás,
Santiago Fulgencio Montserrat tuvo que caminar el resto de las cuadras que le
faltaban.Llegó agotadísimo, sudoroso
(¡qué horror!) pero sintió alivio al entrar al café donde acostumbraba almorzar
con su grupo de intelectuales.Estaban
en la mesa de siempre, la que bautizaron como La Mesa Epicúrea, de
donde corrían a quien osara sentarse ahí, como si el lugar les perteneciera.
-¡Saludos,oh grandes
diosesy diosas del recóndito recinto de la ignominia!– exclamó, más bien
gritó porque como buen intelectual –tal y como él concebía debían ser los
intelectuales– tenía que hacerse notar cada que llegara a un lugar público.
Pero Salvador, Denisse, Alberta y Rigoberto no respondieron a su saludo.
-¿Qué les pasa? Tienen
cara de que les quitaron la beca.
Fue Rigoberto quien tuvo el
valor de hablar.
-Santiago, ¿no te has dado
cuenta? ¡La ciudad se volvió loca!
“¿Loca?”, pensó Santiago, e
iba a decir alguna frase de intelectual ingenioso pero la seriedad de Rigoberto
lo desarmó.
-Bueno, hay un problema
con el transporte pero…
-¿Sólo el transporte? –intervino Alberta- ¡Todo, Santiago, todo se ha vuelto un manicomio! ¡Llevamos
aquí media hora esperando a que nos tomen la orden y nadie ha venido! ¿Y sabes
por qué, lo sabes, lo sabes? ¡Porque no hay meseros!
-¡Yo no recibí el
periódico esta mañana –le dijoSalvador
jalándolo del brazo– y cuando fui a preguntar me dijeron que no llegó el
repartidor! ¡Hablé a la radio para avisar que iba a tardarme y me contestó el
director porque no había recepcionista! ¡Ella y el resto del personal, el
técnico de grabación, la señora de la intendencia, la de cobros, todo el mundo
estaba metido en la cabina, querían conducir programas, leer poesías que habían
escrito, opinar sobre política!
Santiago recorrió el café
con su mirada. Todas las mesas estaban llenas. No era la clientela de
costumbre.Junto con los cocineros y las
meseras del lugar había billeteros, vendedores de chicles, barrenderos,
tamaleras, alijadores. TODOS LOS QUE TENÍAN QUE ESTAR AFUERA ESTABAN AHÍ.
Entonces, comprendió todo.
La ciudad estaba paralizada porque todos se habían convertido en intelectuales.
Entró en pánico. Por
primera vez en mucho tiempo su intelecto funcionó de una manera precisa y logró
anticipar lo que se desencadenaría si la situación continuaba así.No habría comida, porque si todos se
convertían en intelectuales ¿quién trabajaría la tierra? Si quisiera salir de
la ciudad no habría quien condujera, ni despachara la gasolina, ni cobrara en
las casetas de cuota. Si todos se convertían en intelectuales –a como él
concebía que un intelectual debía ser- ¿quién cuidaría jardines, limpiaría
casas, lavaría ropa, serviría en restaurantes, cocinaría, manejaría autobuses,
dirigiría el tráfico, vigilaría en patrullas, imprimiría libros? ¿Quién
proyectaría películas, fabricaría muebles, despacharía en los súpermercados, en
los rodantes, en las tienditas de colonia?
-¡No! ¡Ser intelectual no
es un derecho de todos! -gritó Santiago-¡Sólo debe ser nuestro!