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III.
Dice Marguerite Yourcenar que “la poesía griega, por muy intelectualizada que pueda ser, en su expresión es siempre directa: grito, suspiro, eyaculación sensual, afirmación espontánea que nace en los labios del hombre en presencia del objeto amado”. Kavafis reconoce haber tenido su primera experiencia homosexual con su primo Yorgos Psiliaris a la edad de veinte años. Hay que pensar que en esa época, en pleno periodo victoriano, Egipto estaba dominado por una moral inglesa donde la preferencia sexual de Kavafis era muy mal vista. Obviamente este hecho creó un sentido de autocensura en Constantino quien por mucho tiempo mantuvo sin mostrar una serie de poemas eróticos, mismos que marcó con una T de la palabra griega Teich (Teiji) que quiere decir muralla. Y es precisamente este poema que leeré a continuación, uno de los que mejor expresa el sentimiento de sentirse marginado de la sociedad por los prejuicios sociales sobre su condición sexual:
(Muros)
Sin ninguna consideración, sin piedad ni vergüenza,
alzaron muros a mi alrededor, gruesos y altos.
Y ahora me siento aquí tan desesperado.
No puedo pensar en otra cosa: esta suerte roe mi mente...
pues tenía tanto que hacer fuera.
Cuando alzaban los muros, ¡cómo no pude notarlo!
Pero nunca oí a los constructores, ni un ruido.
Imperceptiblemente me encerraron desde el mundo exterior.
En 1974 el crítico Pierpaolo Pasolini dijo que “temer nombrar el amor por los muchachos significa no amar a Kavafis”; y es que bueno, incluso algunos de los prologadores de los libros de Kavafis, han tenido ciertas reservas para llamar las cosas por su nombre. Pero esta valentía no parece ser cosa fácil aún para el propio Constantino, quien no es sino hasta cinco años antes de su muerte, que en una especie de acto de arrojo o sinceramiento, hizo dar a su amigo Alexandros Singopoulos una conferencia sobre su poesía que produjo escándalo y tuvo consecuencias en la vida y las relaciones del poeta; en ese evento se leyeron poemas llenos de osadía sexual (obviamente más osada para aquellas épocas) por lo que se cuenta que a los presentes no les quedó la menos duda de la homosexualidad del autor.
No se sabe exactamente qué poemas habrán sido leído en aquella ocasión, pero ¿y si hubieran sido estos? ¿Qué habrían pensado ustedes, los ahora lectores, sobre el autor?:
(El año veinticinco de su vida)
Va regularmente a la taberna
donde se habían conocido el mes anterior.
Ha hecho preguntas, pero nadie ha sabido darle una respuesta.
Por lo que dicen, deduce que
era un completo desconocido, uno más
entre todos esos umbrosos y desconocidos jóvenes
que caen por allí.
Pero aún así va regularmente a la taberna, por la noche,
y se sienta con la mirada fija en la entrada,
hasta consumirse, con la mirada fija en la entrada.
Quizá venga. Quizá esta noche aparezca.
Lleva así tres semanas.
Su mente enferma de anhelo.
Los besos en su boca.
Su piel, toda ella, sufre con el deseo incompleto,
la sensación del otro cuerpo sobre ella,
y quiere unirse a él de nuevo.
Claro que intenta no traicionarse,
pero a veces le tiene sin cuidado.
Además, sabe a lo que se expone,
y lo acepta: la discreta posibilidad de que su vida
lo conduzca a un devastador escándalo.
(Días de 1896)
Se había degradado completamente. Sus tendencias eróticas,
censuradas y estrictamente prohibidas
(pero innatas), eran la causa:
la sociedad era demasiado estrecha.
Gradualmente había ido perdiendo el poco dinero que tenía,
su posición social, después la reputación.
Cerca de los treinta, no había completado un solo año de trabajo...
al menos de un trabajo honrado.
A veces había ganado algo
liándose en asuntos considerados como vergonzosos.
Terminó por ser el tipo ideal para comprometerse
si eras visto demasiado a su lado.
Pero aquí no acaba la historia... no sería justo:
su belleza merece algo mejor.
Hay otro ángulo, a cuya vista
parece atractivo, y se muestra
como un simple, genuino hijo del amor,
colocando sin vacilación
la pura sensualidad de su piel pura
por encima de su honor y reputación.
¿Sobre su reputación? La sociedad,
demasiado corta, tenía los valores equivocados.
(Dos jóvenes de 23 a 24 años)
Llevaba sentado en el café desde las diez y media
Esperando que apareciera en cualquier momento.
Habían dado las doce, y seguía esperándolo.
Eran más de la una y media, y el café estaba casi vacío.
Se había cansado de leer los periódicos
mecánicamente. De sus tres solitarios chelines
ya sólo le quedaba uno: en tan larga espera
había gastado los otros en cafés y coñacs.
Había acabado los cigarrillos.
Tanta espera lo estaba consumiendo.
Tras tantas horas solitarias,
había empezado a tener pensamientos inquietantes
sobre la vida inmoral que estaba llevando.
Pero cuando vio entrar a su amigo...
fatiga, aburrimiento y pensamientos desaparecieron a la vez.
Su amigo traía inesperadas noticias:
había ganado sesenta libras a las cartas.
Sus bellos rostros, su exquisita juventud,
el sensible amor que compartían
fueron refrescados, estimulados, vigorizados
por aquellas sesenta libras de la mesa de juego.
Y llenos de alegría, vitalidad, sentimiento y encanto
Fueron –no a las casas de sus respetables familias
(en las que ya no se les aceptaba)–
a una familiar y muy especial
casa de libertinaje, donde pidieron una habitación
y bebidas caras, y volvieron a beber.
Y cuando las bebidas se hubieron acabado
cerca ya de las cuatro de la mañana,
felices, se entregaron al amor.
Cayetano Cantú, su traductor tamaulipeco, ha dicho que sí, que la poesía erótica de Kavafis es cien por ciento homosexual, pero que no tiene la problemática de que sea exclusiva para un solo género, porque tiene la calidad maravillosa de que es una poesía que nos llega a todos, sea para quien sea que esté escrita.
La poesía de Kavafis constituye una reverberación de la memoria, una lluvia de instantes fugaces, reales o imaginarios, que se recrean una y otra vez, en un movimiento rítmico a un mismo tiempo mesurado y desbocado, como una suerte de obsesiva masturbación poética.
Kavafis fue un poeta iconoclasta, un poeta deconstructor, porque sabía que para crear un nuevo horizonte hacia falta derruir las murallas que aparentemente impiden otear hacia los rumbos prohibidos, prohibidos sí, pero no por ello imposibles de transitar; un poeta transgresor porque hizo literatura a contracorriente de los demás y de sí mismo. El propio Constantino nos lo dice en su poema Fui, con el que voy a cerrar preguntando a los lectores, cuántos de ustedes, si en este momento, desde luego que ojalá que no, tuvieran que abandonar la vida, podrían decir lo siguiente junto con Kavafis:
(Fui)
No me reprimí. Me entregué completamente y fui,
fui hacia aquellos placeres que eran medio reales,
medio forjados por mi propia mente,
entré en la noche brillante
y bebí un fuerte vino,
como los campeones del placer beben.
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