Literatura
La otra Ítaca de Constantino Kavafis
Sara Uribe


Oct 21, 2006

 

I.

 

(Cosas ocultas)

 

Por todo lo que hice y dije

que nadie intente descubrir quién era.

Un obstáculo torcía

las acciones y el estilo de mi vida.

Había a menudo un obstáculo

que al empezar a hablar me detenía.

Por mis acciones más inadvertidas;

por mis más velados escritos...

sólo a través de ellos quiero ser entendido.

Aunque quizá no valga la pena tal empresa,

tal esfuerzo por descubrir realmente quién soy.

Mas adelante, en una sociedad más perfecta,

otro habrá igual que yo

que aparecerá y actuará libremente.

 

    ¿En qué espejo hallaremos el verdadero rostro de Constantino Kavafis? ¿Cuál escalera nos conducirá tras sus pasos, tras su andar sigiloso de poeta camuflajeado? Quizá no lo consigamos como lectores, quizá no lo consigan sus estudiosos nunca, quizá lo que el propio Kavafis deseaba es que no lo halláramos, que siguiéramos buscando y descubriéramos que sólo es posible hallarlo en la búsqueda perpetua.

 

     Nacido en Alejandría el veintinueve de abril de 1863, hijo de Petros Kavafis y Jariclía Fotiadis, Constantino fue el hijo menor de nueve hermanos. Perteneciente a una familia aristocrática con negocios tanto en Inglaterra como en Egipto, Constantino quedó huérfano de padre a la edad de siete años; su familia se trasladó a Londres donde vivió hasta los 15 y recibió una educación inglesa que marcó su estilo e influencias literarias, ya que de hecho, se sabe que su primer poema lo escribió en inglés.

 

     La riqueza de la familia Kavafis se extinguió en esos ocho años en Londres, al parecer debido a la inexperiencia del primogénito a cargo de quien había quedado la fortuna; es por ello que en 1978 vuelven a Alejandría y mientras Egipto luchaba por su independencia que inevitablemente se vino abajo cuando la ocupación británica en el país fue consumada, la familia Kavafis luchaba contra una pobreza desconocida y atroz en la que se hallaban sumergidos y en medio de la cual, Constantino completó su educación entre Alejandría y Constantinopla.

 

    Para 1885, a la edad de veintidós años, Kavafis comenzó a trabajar como corresponsal del periódico Telegraphos y como la pobreza agudizaba, tres años más tarde, se empleó como agente de bolsa al lado de sus hermanos. A los veintinueve, Constantino consiguió  un cargo de empleado público en la Oficina Nacional de Riegos, puesto con el que llegó a ser asistente director y que lo mantuvo por más de treinta años hasta su jubilación.

 

    Vivió con su madre hasta que ésta murió cuando él tenía treinta y seis años, luego con alguno de sus hermanos y finalmente solo; hizo muy escasos viajes (a París, Londres y Atenas) y sólo se le conoció una larga amistad con Alexandros Singopoulos. Quizá por eso escribió su poema Monotonía:

 

(Monotonía)

 

Un monótono día sigue a otro

idénticamente monótono. Las mismas cosas

nos ocurrirán una y otra vez,

los mismos momentos van y vienen.

 

Un mes pasa, entra otro mes.

Fácil imaginar lo que nos trae:

todo el aburrimiento de ayer.

Y el mañana no va más allá de mañana.

 

 

    A los cincuenta y nueve le diagnosticaron cáncer de laringe; fue intervenido quirúrgicamente, pero perdió la voz. Constantino Kavafis murió un año más tarde, justo el día de su cumpleaños número sesenta; se dice que su último gesto fue dibujar un círculo en una hoja de papel negro, en cuyo centro escribió un año.

 

II.

 

   En cifras exactas se ha dicho que la obra de Kavafis se compone únicamente de ciento cincuenta y cuatro poemas, los cuales se pueden encontrar en antologías de bajo costo y calidad regular, en ediciones de lujo y desde luego, los más famosos y reconocidos, en varios sitios de internet. Sin embargo, como nota al margen, cabe mencionar que recientemente se han hallado poemas inéditos, dado que según Vargas Llosa –quien realizó un viaje hasta la ciudad natal de Kavafis siguiendo el rastro del poeta– éste era muy dado a regalar sus originales a familiares y conocidos.

 

    Las traducciones que uno puede adquirir varían por lo general de manera radical, alguna vez, estando en Xalapa con unos amigos, cotejamos cuatro ediciones diferentes de un mismo poema de Kavafis y las cuatro resultaron ser casi completamente distintas entre sí; otra nota al margen: es curioso que sea un tamaulipeco, Cayetano Cantú, quien haya sido uno de los introductores de Kavafis en México y quien haya publicado recientemente una antología con setenta y cuatro poemas de la poesía perdida del poeta griego, donde al parecer se encuentran textos mucho más personales.

 

   La primera poesía de Kavafis tuvo mucha influencia del romanticismo italiano, inglés y francés. Pero su obra fue escrita usando el griego demótico, un idioma marcado por su espíritu de síntesis y sencillez, lo cual revela que Kavafis no quería ser un poeta selecto, que deseaba más bien acercarse y ser recordado por el pueblo.

 

    Se habla de posibles publicaciones en algunas revistas como Phanatheneum, Nea Zoe y Ta Grammata, pero también se sabe que nunca en vida publicó un volumen de sus obras, que imprimía poemas sueltos,  o cuadernillos sujetados por clips en tiradas pequeñas para los conocidos.

 

     Es por ello que Kavafis fue prácticamente un desconocido en el horizonte literario griego y que no fue sino al final de su vida (como suele ocurrir) cuando recibió un cierto reconocimiento gracias a figuras como T. S. Elliot quien publicó una traducción de Ítaca (poema de Kavafis) y Marguerite Yourcenar quien a los pocos años de la muerte del poeta alejandrino, escribió un ensayo sobre su poesía. Será muchos años después cuando su coetáneo Lawrence Durell lo popularice aún más al incluir en su obra más reconocida, El cuarteto de Alejandría, uno de los poemas fundamentales de Kavafis titulado La ciudad.

 

   La temática de la poesía de Kavafis puede dividirse así: poemas históricos, poemas filosófico-existenciales y poemas eróticos u homoeróticos como les llaman algunos puntualizando en las preferencias sexuales del autor. En cuanto a lo histórico Kavafis manejó con absoluta erudición y habilidad la historia de la Alejandría helenista, pero en esta ocasión no abordaremos este tema.

 

   De sus poemas filosófico-existenciales he aquí Velas, un poema que nos habla de la memoria, de la existencia y la inevitabilidad de la muerte:

 

(Velas)

 

Días por llegar están delante nuestro.

como una fila de velas encendidas...

doradas, cálidas y vívidas velas.

 

Días pasados caen detrás nuestro,

una lóbrega fila de velas consumidas;

todavía humean las más próximas,

frías, fundidas y torcidas.

 

No quiero mirarlas: sus formas me entristecen,

me entristece recordar su luz original.

miro adelante mis velas encendidas.

 

No quiero girarme, no quiero ver, aterrado,

con qué rapidez esa oscura fila se alarga,

con qué rapidez una nueva vela muerta sigue a otra

  Sigamos con La ciudad, uno de los dos poemas más famosos de Kavafis y en el que nos habla de la imposibilidad de huir de nosotros mismos, de nuestra inesquivable responsabilidad de lo que hemos sido y de lo que seremos:

 

(La ciudad)

 

Tú decías: “Iré a otro país, iré a otra orilla,

encontraré otra ciudad mejor que ésta.

Cualquier cosa que intente hacer está destinada al fracaso

y mi corazón, como algo muerto, descansa enterrado.

¿Cuánto tiempo puedo dejar que mi mente se desmorone aquí?

Donde sea que me gire, donde sea que mire,

veo las negras ruinas de mi vida, aquí,

donde he pasado tantos años, perdidos, totalmente destruidos”.

 

No hallarás nuevo país, no hallarás otra orilla.

Esta ciudad siempre te perseguirá.

Caminarás las mismas calles,

envejecerás en los mismos barrios, encanecerás en las mismas casas.

Siempre acabarás en esta ciudad. No esperes nada de otro sitio:

no hay barco para ti, no hay camino.

Habiendo malgastado aquí tu vida, en este pequeño rincón,

la has destruido para cualquier lugar del mundo.

 

 

      Ítaca es quizá el poema más conocido de Kavafis, fue precisamente el primero que escuché y por el cual me acerqué a Kavafis hace cerca de siete años. Haciendo un poco de referencia cabe mencionar nada más que Ítaca es aquella patria de Ulises, aquella isla mítica a la que, donde durante toda la Odisea, éste intenta regresar para reunirse con su esposa Penélope. Dicho viaje dura mucho tiempo debido a las vicisitudes con que se topa Ulises, entre ellas la presencia de los Lestrigones (una tribu antropófaga de Sicilia), los temidos Cíclopes (esos gigantes de un solo ojo) y el fiero Poseidón dios de los mares, entre otros obstáculos.

 

 

(Ítaca) 

 

Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca

ruega que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de descubrimientos.

A Lestrigones, Cíclopes,

al colérico Poseidón –no temas:

nunca hallarás tales seres en tu camino,

nunca mientras altos sean tus pensamientos,

mientras una extraña emoción

estimule tu alma y tu cuerpo.

A Lestrigones, Cíclopes,

al fiero Poseidón, nunca encontrarás

a menos que en tu alma los lleves dentro,

a menos que tu alma los ponga ante ti.

 

Ruega que el camino sea largo.

Que sean muchas las mañanas de verano en que,

con gran placer y alegría,

entres en puertos desconocidos;

podrías detenerte en los mercados de Fenicia

y comprar hermosas cosas,

coral y nácar, ámbar y ébano,

toda clase de perfumes sensuales...

adquiere tantos como puedas;

podrías visitar muchas ciudades

y no dejar de aprender de sus sabios.

Que siempre Ítaca esté en tu pensamiento.

Llegar ahí es tu destino.

Pero nunca apresures el viaje.

Es preferible que dure años,

que seas viejo cuando alcances la isla,

rico con todo lo que habrás ganado en el camino,

sin esperar que sea Ítaca la que te haga rico.

Ítaca te dio un maravilloso viaje.

Sin ella no habrías partido.

Pero ya no tiene más que darte.

 

Y si la encuentras pobre, no creas que Ítaca te ha engañado.

Sabio como te has hecho, tan pleno de experiencia,

habrás entendido lo que significan las Ítacas.

 

III.

 

 

    Dice Marguerite Yourcenar que “la poesía griega, por muy intelectualizada que pueda ser, en su expresión es siempre directa: grito, suspiro, eyaculación sensual, afirmación espontánea que nace en los labios del hombre en presencia del objeto amado”.  Kavafis reconoce haber tenido su primera experiencia homosexual con su primo Yorgos Psiliaris a la edad de veinte años. Hay que pensar que en esa época, en pleno periodo victoriano, Egipto estaba dominado por una moral inglesa donde la preferencia sexual de Kavafis era muy mal vista. Obviamente este hecho creó un sentido de autocensura en Constantino quien por mucho tiempo mantuvo sin mostrar una serie de poemas eróticos, mismos que marcó con una T de la palabra griega Teich (Teiji) que quiere decir muralla. Y es precisamente este poema que leeré a continuación, uno de los que mejor expresa el sentimiento de sentirse marginado de la sociedad por los prejuicios sociales sobre su condición sexual:

 

 

(Muros)

 

Sin ninguna consideración, sin piedad ni vergüenza,

alzaron muros a mi alrededor, gruesos y altos.

Y ahora me siento aquí tan desesperado.

No puedo pensar en otra cosa: esta suerte roe mi mente...

pues tenía tanto que hacer fuera.

Cuando alzaban los muros, ¡cómo no pude notarlo!

Pero nunca oí a los constructores, ni un ruido.

Imperceptiblemente me encerraron desde el mundo exterior.

 

 

    En 1974 el crítico Pierpaolo Pasolini dijo que “temer nombrar el amor por los muchachos significa no amar a Kavafis”; y es que bueno, incluso algunos de los prologadores de los libros de Kavafis, han tenido ciertas reservas para llamar las cosas por su nombre. Pero esta valentía no parece ser cosa fácil aún para el propio Constantino, quien no es sino hasta cinco años antes de su muerte, que en una especie de acto de arrojo o sinceramiento, hizo dar a su amigo Alexandros Singopoulos una conferencia sobre su poesía que produjo escándalo y tuvo consecuencias en la vida y las relaciones del poeta; en ese evento se leyeron poemas llenos de osadía sexual (obviamente más osada para aquellas épocas)  por lo que se cuenta que a los presentes no les quedó la menos duda de la homosexualidad del autor.

 

     No se sabe exactamente qué poemas habrán sido leído en aquella ocasión, pero ¿y si hubieran sido estos? ¿Qué habrían pensado ustedes, los ahora lectores, sobre el autor?:

 

 

 

(El año veinticinco de su vida)

 

Va regularmente a la taberna

donde se habían conocido el mes anterior.

Ha hecho preguntas, pero nadie ha sabido darle una respuesta.

Por lo que dicen, deduce que

era un completo desconocido, uno más

entre todos esos umbrosos y desconocidos jóvenes

que caen por allí.

Pero aún así va regularmente a la taberna, por la noche,

y se sienta con la mirada fija en la entrada,

hasta consumirse, con la mirada fija en la entrada.

Quizá venga. Quizá esta noche aparezca.

 

Lleva así tres semanas.

Su mente enferma de anhelo.

Los besos en su boca.

Su piel, toda ella, sufre con el deseo incompleto,

la sensación del otro cuerpo sobre ella,

y quiere unirse a él de nuevo.

 

Claro que intenta no traicionarse,

pero a veces le tiene sin cuidado.

Además, sabe a lo que se expone,

y lo acepta: la discreta posibilidad de que su vida

lo conduzca a un devastador escándalo.

 

 

 

(Días de 1896)

 

Se había degradado completamente. Sus tendencias eróticas,

censuradas y estrictamente prohibidas

(pero innatas), eran la causa:

la sociedad era demasiado estrecha.

Gradualmente había ido perdiendo el poco dinero que tenía,

su posición social, después la reputación.

Cerca de los treinta, no había completado un solo año de trabajo...

al menos de un trabajo honrado.

A veces había ganado algo

liándose en asuntos considerados como vergonzosos.

Terminó por ser el tipo ideal para comprometerse

si eras visto demasiado a su lado.

 

Pero aquí no acaba la historia... no sería justo:

su belleza merece algo mejor.

Hay otro ángulo, a cuya vista

parece atractivo, y se muestra

como un simple, genuino hijo del amor,

colocando sin vacilación

la pura sensualidad de su piel pura

por encima de su honor y reputación.

 

¿Sobre su reputación? La sociedad,

demasiado corta, tenía los valores equivocados.

 

 

 

(Dos jóvenes de 23 a 24 años)

 

Llevaba sentado en el café desde las diez y media

Esperando que apareciera en cualquier momento.

Habían dado las doce, y seguía esperándolo.

Eran más de la una y media, y el café estaba casi vacío.

Se había cansado de leer los periódicos

mecánicamente. De sus tres solitarios chelines

ya sólo le quedaba uno: en tan larga espera

había gastado los otros en cafés y coñacs.

Había acabado los cigarrillos.

Tanta espera lo estaba consumiendo.

Tras tantas horas solitarias,

había empezado a tener pensamientos inquietantes

sobre la vida inmoral que estaba llevando.

 

Pero cuando vio entrar a su amigo...

fatiga, aburrimiento y pensamientos desaparecieron a la vez.

 

Su amigo traía inesperadas noticias:

había ganado sesenta libras a las cartas.

 

Sus bellos rostros, su exquisita juventud,

el sensible amor que compartían

fueron refrescados, estimulados, vigorizados

por aquellas sesenta libras de la mesa de juego.

 

Y llenos de alegría, vitalidad, sentimiento y encanto

Fueron –no a las casas de sus respetables familias

(en las que ya no se les aceptaba)–

a una familiar y muy especial

casa de libertinaje, donde pidieron una habitación

y bebidas caras, y volvieron a beber.

 

Y cuando las bebidas se hubieron acabado

cerca ya de las cuatro de la mañana,

felices, se entregaron al amor.

 

 

     Cayetano Cantú, su traductor tamaulipeco, ha dicho que sí, que la poesía erótica de Kavafis es cien por ciento homosexual, pero que no tiene la problemática de que sea exclusiva para un solo género, porque tiene la calidad maravillosa de que es una poesía que nos llega a todos, sea para quien sea que esté escrita.

 

     La poesía de Kavafis constituye una reverberación de la memoria, una lluvia de instantes fugaces, reales o imaginarios, que se recrean una y otra vez, en un movimiento rítmico a un mismo tiempo mesurado y desbocado, como una suerte de obsesiva masturbación poética.

 

      Kavafis fue un poeta iconoclasta, un poeta deconstructor, porque sabía que para crear un nuevo horizonte hacia falta derruir las murallas que aparentemente impiden otear hacia los rumbos prohibidos, prohibidos sí, pero no por ello imposibles de transitar; un poeta transgresor porque hizo literatura a contracorriente de los demás y de sí mismo. El propio Constantino nos lo dice en su poema Fui, con el que voy a cerrar preguntando a los lectores, cuántos de ustedes, si en este momento, desde luego que ojalá que no, tuvieran que abandonar la vida, podrían decir lo siguiente junto con Kavafis:

 

(Fui)

 

No me reprimí. Me entregué completamente y fui,

fui hacia aquellos placeres que eran medio reales,

medio forjados por mi propia mente,

entré en la noche brillante

y bebí un fuerte vino,

como los campeones del placer beben.

 

                                  °°°

 

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