Salisbury Cathedral From the Meadows, 1831, John Constable. National Gallery of Art
“La fantasía no es otra cosa que un modo de memoria emancipado del orden del tiempo”.
Samuel Taylor C. (1772-1834)
Si bien el ideal del arte para los pintores neoclásicos franceses del siglo XVIII se reflejaba en la pureza de la forma y la elegancia compositiva de sus cuadros; el umbral del siglo XIX se ve iluminado desde Inglaterra por las brillantes obras pictóricas de sus grandes paisajistas.
El Carro de Heno, 1821, John Constable. National Gallery of Art
El
color ya no se subordinará a la forma, sino se utilizará libre y suelto
con los valores propios de la mancha directa, con el sonido autónomo
que cada matiz y tono poseen. La estructura será abordada mediante el
manejo de planos y volúmenes equilibrados mas no rígidos en su
composición. El dibujo no se utilizará para ser “rellenado” con el
color sino mantendrá su valor independiente o complementario del resto
de elementos plásticos que intervengan en la obra. El espacio visual
pictórico se pondrá al servicio de las sensaciones intensas, de la
imaginación y la exaltación del sentimiento reforzando justamente las
características del periodo romántico. La naturaleza será abordada en
todas sus manifestaciones desde las más sutiles hasta las más
dramáticas.
Lo
indómito y lo místico estarán siempre presentes en las obras de los
paisajistas ingleses. John Constable y William Turner (separados apenas
por un año de diferencia en la fecha de nacimiento) son quienes
aportarán un repertorio rico en temática y lenguaje. A pesar de su
búsqueda opuesta en contenido y forma, nos heredarán obras que conectan
la dualidad interior. Ambos tocan las dos caras de la naturaleza y del
hombre mismo: la luz y la sombra, la fuerza y la serenidad, el silencio
y el desasosiego, la espera y el temor.
El Carro de Heno (detalle), 1821, John Constable.National Gallery of Art
Para Constablelo importante era “pintar algo de la nada” mostrando sus
más íntimas emociones y secretos con una gracia casi doméstica. Los
valles donde nació siempre constituyeron una fuente de inspiración
otorgándoles el mérito de haber sido justamente ellos los que
influyeron en su vocación de pintor. Con esta aparente sencillez se le
puede considerar, sin duda, como uno de los paisajistas que
tempranamente pintaron los efectos de la atmósfera, como la luz, el
color o la lluvia. Dejando expresivos bocetos hechos al aire libre con
un contundente tono de modernidad, demostrada en el trazo firme, veloz
y suelto, características que lo situarán como uno de los precursores
del Impresionismo (no en balde, cuando expuso en el Salón de París en
1824, obteniendo la medalla de oro, Delacroix colocó una corona de
laurel sobre el marco del cuadro titulado “El carro de heno”).
La excelencia de su obra queda manifestada en los bocetos “informales”,
pues aunque no eran hechos para los “salones”, podemos detectar su
espíritu revolucionario. Si observamos con detenimiento veremos que un
abismo separa los cuadros elaborados minuciosamente por el artista, de
los que él consideraba simplemente apuntes, y paradójicamente son estos
los que le han valido la colocación indiscutible en las páginas de la
historia de la pintura.
The Shipwreck, 1805, Joseph Mallord William Turner.
Turner,opuesto en temperamento a su contemporáneo, se dejaba llevar por la fascinación de la naturaleza incontrolable. Huyendo de lo apacible, pintará en sus paisajes la luz incandescente, la violencia, el dramatismo, la fuerza. Glorificará al mar y al cielo situándolos frente al ser humano como elementos que evidenciarán su fragilidad. Ponderará los valores del cromatismo intenso con una interpretación muy personal, cuestión que motivó que algunos críticos llegaran a la conclusión de que el artista estaba obsesionado con los pigmentos como tales o que tal vez sufría de algún defecto ocular. El análisis de los pigmentos que dejó en su estudio al morir, demostró que prácticamente había experimentado cualquier color nuevo inventado durante su vida. Turner de seguro poseía algún secreto alquímico que se llevó a la tumba. Se acercó a Goethe estudiando La teoría de los colores (asunto que durante 20 años llamaría la atención del escritor alemán). De la misma forma que Constable hacía obras para exhibir y bocetos para expresarse; Turner, por un lado se empeñaba en pintar temas históricos y, por otro, luchaba por liberar su fuerza y lirismo a través de su afición a lo catastrófico, al vórtice, al torbellino. Fue un pintor de lo sublime y de lo extraordinario, un artista de hondura pictórica, un visionario. Abarcó innumerables técnicas: óleo, acuarela, wash, tintas, grafito, carbón, mixtas, incluyendo la gráfica.
Snowstorm, 1842, Joseph Mallord William Turner.
Mucha de la obra del pintor fue descubierta hasta 1939, y se ha visto en ella los antecedentes del arte no figurativo. Estas abstracciones tuvieron tanto impacto en sus descubridores que los llevaron a desatender el resto de su obra, actitud cuestionable pues es “el todo” en la creatividad de un artista el que nos lleva a dibujar el verdadero rostro de un creador.
La audacia de Turner, su genialidad técnica ,su sensualidad y su pasión lo hacen quizá el primer artista realmente moderno. El que se acerque atento a su obra no olvidará su frase: “Cada mirada a la Naturaleza se traduce en un refinamiento en el arte”.