Música
De profundis
Horacio Chivacuán



Sergiu Celibidache en pleno ensayo con la Filarmónica de Berlín (abril, 1946)



“Las grabaciones son como la comida enlatada”
Sergiu Celibidache



El destino los puso a considerable distancia cuando nacieron. El primero de ellos venía de una familia de ascendencia griega y eslovena establecida en Salzburgo, el otro nacería menos de un lustro después entre zíngaros de Rumania; los dos dejarían huella indeleble en la cultura que los formó y les heredó una supremacía artística de más de dos siglos que venía desde la muerte de Vivaldi en Viena.

A principios de los ochentas, mientras vivía en la Ciudad de México, uno de mis maestros me habló con impresiones de primera mano del que ya era una figura legendaria y para muchos la antítesis de la música clásica “comercial”. Celibidache era reconocido por transmitir a sus audiencias no sólo una experiencia sensorial sino espiritual. Ese tipo de arte, misterioso y altivo (¡uy, la Traviata!), por razones obvias, como todo lo bello, era intrínsecamente efímero y rehuía a ser capturado; de hecho, el director rumano se rehusó a “autorizar” grabación alguna de sus conciertos… ¿Cómo pasaría a la Historia?... Ya lo veremos.


Herbert von Karajan durante un ensayo (1955)

Herbert von Karajan se sube a un taxi al salir de un aeropuerto, el chofer le pregunta: ¿A dónde lo llevo? El músico contesta entre aburrido y cansado: A dónde sea, me quieren en todas partes… La anécdota jocosamente citada, incluso por el austriaco, es producto de la era del jet que terminó prematuramente con la carrera de muchos artistas (excepto Plácido tal vez) por falta de tiempo para madurar y meditar. Karajan se encargó meticulosamente de consolidar su carrera (se salvó hasta de la desnazificación) en forma por demás encantadora y eficientemente amoral. Tuvo la oportunidad de convertirse en el director de orquesta con el repertorio grabado más extenso en la historia, logro que no le pudo arrebatar ni sobreviviéndolo el pobre de Sir Georg Solti (otro experto en declaraciones amorales).

Ambos dirigieron hasta ser octogenarios y desaparecieron físicamente casi con la misma diferencia con la que vieron la primera luz  pero… ¿Qué lograron? La pregunta no es sólo retórica. En música, como en todas las actividades humanas que revisten cierto grado de arte cuando no lo son completamente, existen dos enfoques fundamentales: el apolíneo y el dionisíaco. Diríamos en términos sencillos que es la contienda entre “el intelecto” y “la sensualidad”. Sin embargo, aquí los términos pueden ser confusos y de hecho conducirnos al error.

Cuando joven era casi imposible sustraerme al encanto y seducción del sonido “perfecto” de Karajan. Por contraste, Klemperer parecía desesperantemente lento, Furtwängler decididamente desordenado y epiléptico, Kleiber caprichoso, Walter demasiado soñador, sólo Toscanini parecía aceptable (bueno después de todo había sido la inspiración de muchos alemanes aunque despreciara especialmente a los nazis). Con el tiempo, después eso sí de disfrutar muchísimas de sus interpretaciones, pude ver con calma los terribles y repugnantes defectos: la manipulación de las grabaciones, la homogeneidad de repartos orquestales y vocales, la puntillosa y calculadora predeterminación de los efectos “espectaculares”… en fin, arte de línea de ensamblaje en serie, aséptico, idéntico, listo para consumo, con algunas salvedades, por qué no decirlo, pero sólo salvedades.

Artur Nikisch, director de orquesta

Una noche en árida montaña… diría Mussorgsky (¿?)… Al final dejó un legado impresionante en audio y video que es un importante documento, hasta puede ser que algunas funciones especialmente memorables, pero aunque en apariencia “enseñó” a muchos su estilo de dirigir, no le corresponderá realmente el crédito de continuar con la genealogía de grandes directores. Porque si pensamos bien acerca de cómo sucedieron las cosas, Haydn no fue realmente discípulo de Bach, ni Mozart de Haydn, o Beethoven de Haydn o Mozart, o Liszt de Beethoven, o Wagner de Spontini, o Berlioz y Mendelssohn … ¡De alguien!... Los grandes directores fueron grandes individualistas de genio que se reconocían entre sí, a veces con agrado a veces con celotipia grave.

Sigamos una línea de investigación: dejamos la historia en cuatro grandes músicos-compositores-directores que no eran precisamente los cuatro fantásticos amigos pero que representan bastante bien el origen de la dirección orquestal majestuosa y efectiva. Entonces viene Hans Guido Freiherr von Bülow, pianista-director, más intérprete que creador, el director del futuro.

Es impresionante hasta el punto de infundir temor al público, a los músicos, ¡a sus patronos! Sube al podio de la recientemente creada Berliner Philharmoniker y se inicia una leyenda colectiva que le sobrevive, lo sucede Artur Nikisch, el húngaro que hipnotiza (según algunos se podía oír la música aunque no hubiera orquesta) donde Bülow causaba terror (¡dos veces la Novena de Beethoven la misma noche!).

Wilhelm Furtwängler dirigiendo un concierto en Berlín (agosto, 1931)

Nikisch es nombrado, no por casualidad director, de la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig y la Berliner simultáneamente. Cuando muere en 1922 ambos puestos le son conferidos a Wilhelm Furtwängler. Antes de esa fecha sólo podemos imaginarnos soñadoramente cómo habrá sido estar en la sala de conciertos de nuestros venerables ídolos. Pero Willi dejó grabaciones en abundancia y películas de sus interpretaciones aunque creía más en los conciertos en vivo, nexo que nos une entrañablemente.

Cuando Furtwängler murió en 1953 se desató una encarnizada lucha para ocupar su nicho no discutido en la música alemana. Toscanini tan grande como era en su tiempo y que moriría unos años más tarde, estaba casi retirado y no dejaría sucesores aparentes ni en Italia ni en otra parte. Existen muchas versiones de lo que sucedió entonces pero ninguna confiable por lo que parece; desde que Celibidache, aunque estaba fuertemente ligado a Berlín, había hecho algún comentario desagradable sobre el occiso (difícil de creer porque le admiraba y lo siguió diciendo por años) o que había amenazado a la orquesta si votaba en   su contra (todavía más difícil de creer), hasta que Karajan le había prometido la luna y las estrellas a la orquesta y los patronos prusianos (no tan difícil de creer).

Después del nombramiento de Karajan, Celibidache anduvo como Fliegende Höllander por un rato hasta asentarse en la Münchener Philharmoniker. El austriaco terminó de pleito con la orquesta de sus amores, enfermo y superestrella senil. El rumano fue reconocido como pedagogo y apacible patriarca legendario, a pesar de que no le gustaban las grabaciones ahora resulta que tenemos un considerable acervo de sus actuaciones, y si no le gustaban las grabaciones de estudio parece que era un actor muy lucido. Apostilla de la historia: ambos tuvieron pleitos por instrumentistas de aliento, Karajan se disgustó con su orquesta por querer imponer una  clarinetista, Celibidache se enredó en una disputa con la trombonista principal pero no con la orquesta…

Sergiu Celibadache (1946)

De los grandes directores de la siguiente generación no queda muy claro quién tiene derecho a proclamarse sucesor, claro que están Giulini, Abbado, Muti, Salonen, Pletnev, Gergiev, mejor ni seguimos, y eso que nos saltamos la generación intermedia de Markevitch y contemporáneos; para qué sufrir, se nos va a olvidar alguien de todas formas.

La moraleja de la historia es que para disfrutar verdaderamente de la música tenemos que ir a la sala de conciertos que nos quede más próxima, así haya que viajar a veces fuera del terruño, pues la experiencia debe ser sensorial y emocional. Algunos de los momentos más sublimes que he experimentado, musicalmente hablando, han sido en un modesto auditorio y con no mucho público, por contraste se puede asistir al más sofisticado teatro del mundo y ser testigo de una función pedestre.



Publicado: 9 de mayo 2009

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