Cuando supe lo que Celeste Alba Iris estaba organizando me imaginé una especie de claustro alejado de todo donde las horas pasarían sin saber la diferencia entre el día y la noche, como en un casino de Las Vegas. Y de pasadita, habría oportunidad de algún masajito con piedras calientes desfilando por la espalda o un chapuzón en traje de baño en la alberca. La realidad no fue de esa manera, y creo que hasta salió mejor, sólo faltó el temazcal.
La ex hacienda La Florida, ubicada a unos kilómetros de Jaumave, es un lugar deliberadamente austero por aquello de su giro ecoturístico pero no por tal desprovisto de la palabra belleza. La convocatoria fue sencilla: alejarnos del mundo un par de días con el propósito de otorgarnos un tiempo propio compartido con creadores y creadoras de la entidad o fuera de ella. Y se cumplió.
Foto: Joaquín Peña Arana
Lo de “Los Santos Días de la Poesía” se sobrentiende por su realización después de la Semana Santa. Como todo buen proyecto se realizó sin un quinto de por medio. La logística de traslado se resolvió como se resuelven los mítines políticos, quién sabe cómo pero la suma de diferentes fuerzas dio como resultado la reunión de los convocados.
Estuvimos diecinueve, al final. “Oye, pero ¿y fulano?” “pues dijo algo así que como ya es una leyenda viva no iba si no le pagaban todo". “¿Y mengana?” "pues, no sé, creo que esto le quedó chico”. Ni modo.
Bendita sea la buena chamba de algunos (en mi vocho no hubiéramos llegado ni a la esquina) porque el trayecto desde Ciudad Victoria –se convocó como punto de encuentro frente a la iglesia del Sagrado Corazón y de ahí Celeste nos llevó a su casa donde nos atendió como reyes– se realizó en vehículos propios. En bolita o invididualmente llegaron desde Nuevo Laredo, Matamoros, Tampico y Monterrey, además de quienes hicieron el viaje a la capital tamaulipeca en autobús desde la zona conurbada y Ciudad Mante.
Como todo buen principio, se formaron los grupitos. Los de Nuevo Laredo por allá, los que ya se conocen por acá, los más jóvenes como que no les llama congeniar con la momiza ¿y esos dos de allá, qué onda, tú los conoces? Pero hay rostros que, a estas alturas de la existencia, no necesitan presentación. Desde la casa de Celeste y Víctor Hugo, la inesperada aparición de Arturo Castillo Alva inmediatamente acaparó las miradas. “¿Ya viste quién está ahí?”, y él tranquilo, buena onda, nada de poses como uno hubiera pensado, charlando con Carlos Acosta como quien reconoce al otro veterano de las mil batallas de nuestra poesía estatal.
En vehículos nos trasladamos al punto de inicio, un claro de bosque cercano a las tentadoras cabañas de masajes y pedicure. Tras caminar casi cien metros entre brechas y riachuelos aparecieron mesas, sillas, micrófonos y el cartel oficial del encuentro, todo al pie de El Abuelo, un árbol con más de 250 años de edad. El ingeniero Jaime, cuya familia ha sido dueña de estas tierras por generaciones, fue quien tuvo el privilegio de las primeras palabras para compartir los orígenes del lugar que pisamos. La bienvenida corrió a cargo de Celeste y "Los Santos Días" iniciaron.
¿Nervios? ¡Pues claro! Si a uno que es primerizo lo avientan por delante como si fuera grupo telonero. Pero no les fue mal a Ruth Martínez, Minerva Castillo, Joaquín, Nora Ileana Esparza y Cynthia Rodríguez Leija. Y de pronto, uno cae en cuenta cómo carajos se logró que estuviéramos ahí. Hubo electricidad para el sonido, mesas con mantel, hasta cafetera y galletitas, pero estábamos en medio de un bosque tamaulipeco. Como si celebráramos alguna especie de rito sagrado. “Pero si eso es lo que estamos haciendo aquí”, me contesté. Ya no hubo espacio para mayores dudas.
Foto: Joaquín Peña Arana
La siguiente tanda de poetas acabó por calentar los motores plenamente. Fernando J. Elizondo (¿quién?, ah, el de la barba), Ramiro Rodríguez, Celeste, Alejandro Rosales Lugo. Ericka Said Izaguirre fue quien sacudió a todos con su ensayo sobre los problemas de la escritura joven en el siglo XXI por su impecable manejo de conceptos cuasi una Monsiváis doméstica (citando o mencionando a Arthur Rimbaud, Rainer María Rilke, Xavier Velasco y otros nombres apantalladores) y en contraparte porque colocó en un solo recipiente a López Velarde, Neruda, Agustín Lara, Sabina, ¡José José! y Sabines para, con un breve movimiento, arrojarlos a la basura. Bueno, esa impresión dio, aunado al desdeñoso tono que utilizó para su lectura (“yo no pensé que iba a causar polémica” dijo después con cara de ah caray, concluido el acto y entre una y otra felicitación recibida). El otro extremo estuvo representado por Marisol Vera, ella sin imagen elaborada, nada de colores vivos, ropa llamativa, pulverizando aquello de que para ser intelectual primero hay que parecerlo. Su Vagabundeo sobre el Quehacer Poético sorprendió por preciso, claro, honesto podría decirse. Poeta, poeta en sí. Estuvo de más la polémica iniciada por Elizondo porque Marisol citó la sosería de un poeta regiomontano que se ocupó de una salchicha oxxorera (en realidad era de un Seven Eleven) pero, bueno, tenía que defender al paisano. Esa tarde, en la noche, al día siguiente, preguntando aquí y allá, claro que hubo varios nombres que destacaron, pero sólo uno se fue en inmácula: Marisol Vera.
Y tras esa segunda tanda se acabó Alejandra Pizarnik, porque ya no nos volvimos a ocupar de ella. No fue una acción deliberada sino que "Los Santos Días," como si tuviera vida propia, agarró mochila y tomó su propio camino. Celeste explicaría después que el elogio a Pizarnik tuvo la doble intención de ofrecernos el conocimiento de otras fuerzas creadoras de la poesía y el por ser mujer, actitud sexista que se comprende en el sentido del poco espacio que (habitualmente) reciben las creadoras.
La noche fue para novedades. Un saloncito permitió conocer un poco más qué carajos se está haciendo. Marisol Vera presentó y obsequió ejemplares de la revista Anábasis, un buen esfuerzo, pero lamentablemente “es debut y despedida” explicó Marisol, pues se quedó sola con el proyecto. Las chavas de Alquimia Roja, de Nuevo Laredo, presentaron los ejemplares artesanales de su revista Labrys, todo un caso, una revista cuyos ejemplares son irrepetibles, hechos a mano pero manufacturados con el corazón.
Alejandro Ramírez Estudillo tuvo siempre el temple para darnos a entender que no hubo truco en la monumental obra de hacer un CD del mapa poético de México, titulado Del Silencio hacia La Luz. La bronca es que se recopiló una extensa selección de poetas, más de seiscientos, estado por estado, nacidos entre 1960 y 1989, con requisitos como haber obtenidos ciertos premios, tener cierta edad, ah, y claro, haber respondido a la convocatoria. Eso dejó fuera a no pocos. Claro, el morbo se concentró en Tamaulipas. Cuando por fin se llegó, la sorpresa: ¿sólo ocho? Todos se voltearon a ver. Celeste de plano expresó un “yo no estoy
de acuerdo” con el método de selección, serena aunque encabronadísima por
dentro. A petición de los regiomontanos se recorrió Nuevo León y el resultado fue similar, “ése sí lo conozco, muy bueno; ese también pero ¿y ése? ¿y ése otro?”. Y Alejandro, sin inmutarse ni sudar, fiel a los principios en que se fundamentó el trabajo que, como él mismo dijo, recoge un titipuchal de poesía. Todo en un solo disco. “Oye, pero entre los enlistados en Tamaulipas sale Alejandro, qué casualidad”. Bueno, no se le puede reprochar, se ajusta a los parámetros de la convocatoria.
Encantadora fue la manera en que Carlos Acosta nos adentró a la tradición de las marotas y su evasivo rito para engañar al diablo cubriendo los cuerpos masculinos con las formas de mujer. Demasiado breves son estas líneas para intentar reseñar no lo escuchado sino lo sentido.
La fogata. Ah, esa fogata. Primero se alzó como un diablo, el calor acariciaba a metros de distancia. Ojalá el cuerpo que anhelo sentir sea igual o parecido.
Foto: Joaquín Peña Arana
El resto de la noche fue la lectura libre de poemas. En la oscuridad, iluminado por una lámpara de mano, Arturo Castillo Alva agotó como fantasma poético las cien frases de su A Pesar de Todo. Tiene una voz que suena a juez y acusador, verdugo y sacristán. Sabines/Neruda/Sabina/Castillo. Siguió Leticia Sandoval y sus poemas de acertijo sensual. Después, tomaron el micrófono quienes desearon compartirnos su obra, prefiero saltarme la parte de la enumeración de participantes para evitar algún yerro. A esas alturas, y mientras escuchábamos la poesía en viva voz, el sonido de las latas de cerveza in crescendo. Concluidas las lecturas, de algún lado salió una guitarra y se formaron dos grupos, los bohemios de vieja guardia y dos tres más por un lado, la chaviza y anexas en prolongado semicírculo. Carlos Acosta toca y canta bien pero, chin, maldita cuerda sexta cuya clavija acabó por ceder y se acabó la música. ¿Mencioné lo del tequila? No sé de dónde salió pero, uf, corrió como el riachuelo donde nace el Guayalejo.
Y entonces, el encuentro se adentró en otra etapa, un ¡fuera máscaras!, porque ahí escuchamos el entretelón, no chismorreos de “ése me cae mal” o “qué bueno que botaron a Mier y Terán del ITCA”. Se habló de trabajo, trabajo poético, literario, no sólo el ejecutado en el proceso creativo sino el que se desarrolla en las calles, en las oficinas de gobierno o culturales, cuando se terquea tocando puertas, sacando proyectos, lidiando con quienes hace ya tiempo que perdieron piso. Fue ir de la grilla a la sinceridad pasmosa. Muchas netas en boca de quienes las viven y profesan. Para los novicios fue un deleite asomarnos a ese lado oscuro de la luna. Qué dejopen si me lo hubiera perdido.
Como yo deserté a las tres de la mañana (dicen que se acabó a las cinco) estaba más o menos fresco para la última etapa de los Santos Días, desarrollada en la Palapa Bar del Tigre. Alejandro Rosales Lugo ofreció un viaje relámpago sobre la imagen en su conferencia Lo Virtual y lo Concreto de la Poesía. Pasional, visceral a veces y belicoso otras tantas –por terco, más que nada- es también alguien que hace poesía, ensayo y se las sabe de historia de arte y diseño gráfico. Además de sus conocimientos me obsequió una frase que usaré para alguna ocasión (y eso que fui a lo de Tunick) cuando, al explicar que en Barcelona no está prohibido estar desnudo en público y alguien de los presentes le preguntó si él lo haría, respondió con toda soltura “no, porque mis vergüenzas son latinas”.
Desde que llegó al encuentro Juan Miguel Pérez Gómez parecía una especie de James Dean silencioso, distante, sentado aparte del grupo. Si la noche anterior descubrimos que sí podía hablar extensamente (alguien le encontró explicación al número de cervezas por él ingeridas), esa mañana sorprendió por su poesía sexual sin tapujos. Vi varias caritas femeninas sonrientes, fascinadas.
¿Poesía en doce lecciones? Lizeth Alvarez presentó su libro Guía para Aprendiz de Poeta, buen libro para iniciar a los no iniciados, bara bara llévelo llévelo. Linda González, Carlos Acosta y Ruth Martínez cerraron el ciclo con sus lecturas poéticas.
Foto: Joaquín Peña Arana
Tremenda Celeste. Cuando empezó a germinar "Los Santos Días de la Poesía" brotó en una mesa victorense donde los presentes se comprometieron y al final la dejaron sola y, sin embargo, buscó que saliera lo mejor posible, mandó a hacer gafetes adhesivos para poner nuestro nombre, el pendón oficial omnipresente, nos llevó a un lugar que muchos ni conocíamos siquiera, cuando en nuestra trinche vida habíamos estado en una ex hacienda. Y hasta tuvimos diplomas de participación y nuestro CD con la memoria escrita de lo aportado al encuentro. Tremenda Celeste. Y junto a ella, aquí, allá, sin intervenir en lo que hacíamos sino contribuyendo a que ocurriera, estaba Víctor Hugo. Para ser menos técnico: tener un marido así o ser un marido así no tiene madre.
De antemano acepto mi culpa: no me considero un poeta, no al nivel de lo que leí
y escuché. Pero cuando supe de esto dije, “chale, suena bien” y me colé. ¿Qué me quedó? Varias cosas, de entrada, adentrarme en este mundillo a veces tan cerrado a veces tan enigmático a veces tan soberbio y mamón -porque hubo el riesgo que uno o dos de los convocados se la pasaran volando entre nubes de vanidad; pero finalmente no ocurrió- , fue gratísimo descubrir a un grupo de personas dotadas de sensibilidad y talento pero a la vez tan humanas y comunes como cualquiera. ¿A poco creen que los poetas se la pasan hablando de metáforas y endecasílabos? No, no, no no, no. “Sí, dejé a mis hijos encargados con mi mamá, es que soy divorciada”, “a mí el champú que me funciona es el otro, el verde”, “ya tengo como cinco años de hipertenso, ahora tomo otra porque el Captopril ni cosquillas me hizo”, “ah, porque eso sí, ella muy poeta muy poeta pero cómo ronca”.
Lo sorprendente para uno que no es versado en esto, es descubrir a personas en verdad comprometidas: lo viven, lo gozan, le tienen pasión. Mucha pasión.
Digan lo que les digan, desde hace mucho que se asumieron poetas.
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A veces lo que uno intenta decir se rompe al descender por la escalera de la boca y termina convertido en algo extraño. Bueno, quien guste husmear en el ensayo que leí en este evento, puede hacerlo a través de mi blog www.mujerespejo.blogspot.com Hice al respecto algunos ajustes para puntualizar el sentido exacto de mis palabras (espero haberlo conseguido). No me gustaría que se entendiera que desvaloricé las expresiones posmodernas. Todo lo contrario. Escribo hasta ahora, uno: porque acabo de leer la reseña; dos: apenas me hice un blog. Saludos.