“El dibujo no es la forma, es la manera de ver la forma” Degas
Dentro de los elementos de diseño que intervienen en el desarrollo satisfactorio de una obra artística bidimensional o tridimensional, la línea es la encargada de escribir la forma y es también la fuerza que crea las tensiones dentro de un cuadro o una escultura articulando espacios. Es, concretamente, la que determina los valores energéticos en la plástica y quien refleja el pulso del corazón humano.
Cada artista será responsable de las líneas que invente o reproduzca de acuerdo a sus preferencias y ritmo en las diversas etapas de la vida; tomando en cuenta que el hombre se expresa según los estados anímicos en los que se encuentre y dependiendo de su energía vital. (Observemos que las líneas que aparecen en la letra manuscrita, van cambiando según las edades o circunstancias físicas de quien escribe ).
La línea cuando es espontánea delata la personalidad de su autor y también si ésta se manipula artificiosamente en un dibujo, es seguro que el espectador sensible al arte captara que “algo le estorba” en ella, aunque no sepa expresarlo con claridad. Por todo ello, es importante que la congruencia entre los estados del alma y la obra sea la invitada de honor .
Podemos pensar que en sí misma la línea no representa nada aunque siempre signifique. Por medio de ella establecemos límites y diferenciamos la serenidad de la exaltación, la agresión de la delicadeza, el movimiento de la quietud, la violencia de la sensualidad; ya sea que estas emociones estén vinculadas a los ambientes externos o partan de los paisajes internos del artista.
El dibujante puede ver las líneas en la naturaleza o bien inventarlas y con ellas construir, no las imágenes en general, sino sus imágenes, las que le conmueven particularmente y que le significan algo conectado con su inconsciente. Es bastante común escuchar que el mismo autor de un dibujo queda sorprendido al ver plasmadas sus ideas y sentimientos, antes “desconocidos” para él mismo.
Escribir es también dibujar y dibujar es pensar, pero pensar distinto al común denominador, pues el artista plástico es quien manifestará la idea de su sentimiento utilizando la inteligencia espacial -asociativa; esta guardiana del equilibrio interior que organiza, construye y al final crea objetos táctiles y visibles.
Sin embargo, no todo es vida y dulzura para quien dibuja, ya que la línea es también portadora de mensajes directos y de alguna manera funge como conciencia veraz que nos muestra lo que somos o como estamos anímicamente en un momento dado. Esto no siempre es cómodo.
La ausencia de color en un cuadro propicia que la estructura interna de un artista quede al descubierto y se abra la imposibilidad de escapar de un espejo blanco y negro que le regresará su sombra o, si tiene suerte, las líneas abiertas a la vida. Quizá por ello no son muchos los artistas que acostumbran abordar la disciplina del dibujo.
Podemos afirmar que para poder dibujar profesionalmente es necesario el adiestramiento de la percepción visual a través de la concentración, la observación de los bordes, los planos, los límites y espacios, las luces y sombras de las formas, así como también vivir en un estado de alerta continuo fuera de lo convencional, estableciendo relaciones entre los objetos y formas.
El que dibuja debe moverse siempre buscar su particular punto de vista. Aprender a ver con el hemisferio derecho de cerebro es básico, más que el mismo desarrollo de habilidades y técnicas, las cuales hacen oficio, mas no necesariamente obras interesantes.
Quienes hemos tenido acceso al dibujo artístico sabemos que después de un rato de estar practicándolo se presenta un estado alterado de la conciencia desde el cual se pueden captar intuitivamente las relaciones “no comunes” entre las formas y los espacios, al mismo tiempo que se detectan con facilidad las zonas de silencio y de conflicto visual dentro de la obra. Justamente desde esta serie de asociaciones y buscando analogías es donde surge la magia de la obra abstracta.
El dibujo hecho de líneas, formaso manchas es autónomo e independiente y su personalidad no se presta para “servir” a otras disciplinas; pues si bien es un compañero generoso de la pintura, la gráfica o la escultura; es también un rey que controla su propio territorio. Sería importante observar que la personalidad que demuestra quien está dibujando, es casi opuesta a la que visualizamos en quien está pintando (con lo que no trato de decir que un artista deba decidir por una u otra disciplina, sólo sugiero no empatarlas y mucho menos someterlas a la misma ley).
Si queremos disfrutar de la riqueza y la amplitud expresiva de los grandes maestros de las artes plásticas en la Historia de Arte, habremos de recurrir a todas sus obras, incluyendo sus magníficos dibujos que no fueron sólo bocetos, sino obras terminadas llenas de expresividad a pesar de estar fuera del color. Desde tal plataforma, podremos constatar que los mejores artistas siempre dieron el valor real a la poderosa línea que es el elemento quizá más firme, abstracto, espiritual y sublime de las artes plásticas.
No caigamos, pues, en el error de discriminar el dibujo simplemente por el desconocimiento de un lenguaje discreto en apariencia, pero profundo en su esencia.