Affair Cultural
La Calle de la Esperanza
Josue Picazo




Para Quica, Carlos, Serra, Roberto (por sus esperanzadores abuelos) y Ernestina (in memoriam, quizá)


Utilizada hasta el cansancio sin la certeza de que contenga una verdad, la frase "la esperanza nunca muere" se reinterpreta en esta calle de la céntrica —y proletariamente nombrada— Colonia del Pueblo.


Más que la inmortalidad, la condición que define la vida en esta calle es el insomnio inevitable y compartido: "La esperanza nunca duerme".


Si bien desde esta perspectiva la Esperanza pierde su perennidad, al menos sale ganando la vida eterna en la memoria de quienes en esta calle hemos retado el orden natural de dormir de noche y vivir de día.


El Güero

La noche, siempre la noche, ha sido estímulo para visitar la Esperanza. Quiero recordar aquella vez que, desesperanzados, algunos compañeros y yo nos empeñábamos en la búsqueda mental de un sitio donde rellenar los envases de cerveza que la alegría de estar reunidos había consumido pronto (y temprano, muy de madrugada). Con singular certidumbre, casi por inspiración divina, alguien tuvo la respuesta: "Vayamos donde El Güero".

... Y lo que dijo se hizo, y vio que estaba bien hecho, pues efectivamente, desde su esquina, el local del legendario Güero, infatigable expendedor de cerveza, emitía un inconfundible fulgor, como faro marino, guía para los noctámbulos que gustan de nadar (eufóricos, empapados) en las tibias aguas de la noche.

Construida de madera, la cabaña del Güero es una auténtica tabla de salvación en épocas de crisis morales, económicas, emotivas o electorales (sólo hay que recordar el aciago 2 de julio —y la madrugada del 3— cuando con todo y Ley Seca encima, el Güero alivianó a más de un pejista de boca seca, de aquellos que siguieron por TV el reality show electoral, eufemísticamente llamado Programa de Resultados Preliminares).


La prosperidad que, según cuentan los vecinos, ha alcanzado “El Güero” en la última década, realmente debiera ser motivo de orgullo para todos sus clientes: Cada piso extra que le echa encima a su casa, cada propiedad contigua que anexa a su patrimonio, es fruto de muchos agobiantes fines de quincena, contribuciones generosas de sus compradores para construir un hogar, un monumento a la felicidad que surge de madrugada en los corazones de amigos y amantes, templo dedicado a las risas y a la tranquilidad y al sopor, homenaje al bien estar que produce la cerveza fría durante las calurosas noches del puerto, deseo materializado de properidad y ¡salud!



Los amigos

Calle amistosa, calle de amigos que invitan a comer, a beber, a ver cine, a conversar, a divagar, a vivir, a beber…

Ahí está el buen Carlos, nativo de la Esperanza, habitante de su llamativo y verde hogar, quien en más de una ocasión ha abierto las puertas del bunker que tiene por habitación o ha ofrecido la refrescante altura de su azotea adoquinada para fraguar reuniones, cónclaves de almas errantes. El motivo es el de siempre: un rato de la felicidad que es nocturna y efímera.

La Esperanza también ha sido hábitat de Quica, mi estimada y hospitalaria amiga, quien procura sobrevivir dentro de su peculiar casita que tiempo atrás fue una bodega para fayuca (¿o falluca?) china, y también refugio para homeless de confianza.

Desde su jardín —vulnerable festín para hormigas, orugas, imaginarios tlacuaches y otros seres herbívoros adictos a las flores— es posible ser testigo de cómo la Esperanza pierde el sueño: Sus habitantes, sentados sobre la banqueta o sobre sillas, a la intemperie, sin techo que los separe de la noche, toman el fresco; durante horas permanecen relajados, pacientes, como a la espera de un repentino baño de rocío matinal. A sus pies, por supuesto, reposa una cerveza con actitud de mascota fiel (perro, gato o tortuga… caguama).

Ernestina, es una de las nuevas vecinas. Con preponderantes hábitos nocturnos y siete vidas a cuestas, la joven y felina Ernestina se ha convertido en paradigma de lo que una estancia en Esperanza puede hacer por un desahuciado: del desamparo total en el que se encontraba hace unas semanas, actualmente ha llegado a ser organizadora de jolgorios, asesora de proyectos académicos y consumada bebedora de cerveza (adaptación que le permitió sobrevivir largas temporadas durante las cuales el agua y la leche escasearon).

Las cuadras

A pesar de sus ocho o nueve cuadras (que hacia el Oriente concluyen en las aguas del Canal de la Cortadura), para mí, la Esperanza tiene sólo cuatro o cinco cuadras, las pequeñas cuadras que más he conocido y de las que, quizás momentáneamente, he formado parte.

Antigua zona roja, territorio de grandes murciélagos e innumerables gatos, corredor de talleres mecánicos. Unas pocas cuadras para aquellos que buscan una esperanza o para los que ni siquiera eso basta, para quienes las horas del día no son suficientes —ni las de la noche tampoco—, para los insatisfechos, para los sonámbulos, para los muertos de hambre, de sed, de risa, de vida, para los alcohólicos no anónimos.

Recorra, pues, esta calle, camínela, encuentre en cada esquina un pequeño letrero amarillo con la leyenda “Esperanza”, quizá un aliciente, quizá recordatorio. Visite a sus habitantes, visite un amigo, visite al Güero —hágase su amigo y, si puede, invite—.

ººº


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