“Leer es violar la oscuridad, es el deseo de poseer un secreto”, frase de Sartre que de vez en vez se me viene a la cabeza, más cuando alguien pregunta qué encuentro en el acto de la lectura. Me parece que el lector sostiene su relación con la literatura a partir de los hallazgos que pueda hacer en ella; la necesidad de intimar con las palabras ajenas constituye el dulce, ácido o amargo placer literario. Tonos confesionales como el que Marguerite Duras maneja con agilidad en El amante sustentan el vouyerismo que de algún modo es la lectura, aunque habrá que reconocer que tanto la lectura como El amante son más que eso.
La protagonista, una francesa que radicó en Indochina, rememora el trayecto de su vida, una de sus primeras afirmaciones resulta contundente: “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde”; desde ese momento la autora despliega un juego poco sutil con el espacio, el tiempo y las imágenes. La mujer se desmiembra fotográficamente, en cuadros que la transportan a un presente indefinido, incluso llegarán momentos de un total desprendimiento, momentos en que sólo fuera de sí, será capaz de reconocer sus rasgos y los de quienes también formaron parte de su historia.
Sin embargo, ha emprendido el viaje –porque el recuerdo también es viaje– para llegar al instante crucial que definió su destino: su encuentro con el deseo. Se mira de quince años y medio, observa su cabello, el carmín de los labios, el sombrero de hombre y el gesto que aún desconoce el placer del erotismo. Ha dejado de ser niña, ha empezado a ser observada e inicia el camino oscuro e inexplicable del amor y el deseo, su primer amante, un chino doce años mayor, comienza a profesarle una pasión desbordante pero sin futuro.
Entre la pasión que el primer amante implica y el descubrimiento del poder de su sexo, también devela la difícil situación familiar con la madre y los dos hermanos: el mayor, holgazán y abusivo; el menor, frágil y atormentado. La figura materna no es borrosa, es quizá demasiado definida, acaso el motivo que la inclina a separarse de la familia, emprender el éxodo a Francia y sitiarse en la soledad. El personaje examina cada decisión, cada pensamiento, vaticina el futuro en su pasado, tal como si fuera posible volver, estar ahí para explicarse la vida. Entramos en contacto con la nostalgia y el pesimismo fundidos en un vaho presente tras cada página. La reflexión acerca de la escritura aparece en ocasiones, asidero indispensable de una voz que no halla lugar sino en la palabra y razón más para el exilio.
Marguerite Duras con certero sintetismo rodea temas escabrosos como el odio, la muerte, el tiempo, además del deseo y el amor; sí, los más concurridos y por ello mismo, los más peligrosos, pero sin duda decir poco basta para lograr verosimilitud. No obstante la sencillez del lenguaje, concibe una novela tan gráfica que nos sitúa en un ángulo privilegiado para observarlo todo, además de permitirnos una mirada al interior del personaje principal.
Llama la atención este ir y venir del exterior al interior y viceversa, la habilidad del desdoblamiento que considero una de las mayores riquezas de la obra. Los detalles son esenciales, muchas veces nos parece estar ante la lectura de un pie de fotografía, valoro las digresiones que funcionan como la mecánica del recuerdo: rostros, objetos, paisajes, conclusiones y otros hallazgos; primeras, segundas e infinitas certezas.
Si es literatura autobiográfica o no, poco importa, no creo en tal como etiqueta, en tanto que el acto honesto de escribir contiene posibilidades intrínsecas para cada ser humano que se vuelven lenguaje universal, en cuanto son tangibles por un individuo o colectividades, en cuanto asomarnos al deseo o la soledad también signifiquen hallazgos interiores, hecho que Marguerite Duras desarrolla con gran destreza y mesura, sin dejar de provocar la convicción de estar frente a un descubrimiento propio.
Duras, Marguerite. El amante. Barcelona: Tusquets, 1997, 146 pp.