La tardeera soleadapero el viento refrescaba a los pocos que habíamos acudido al llamado Concierto Verde, evento realizado el pasado 6 de junio, en la Laguna del Carpintero, por la Subdirección de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Tampico como parte de las actividades destinadas a ¿conmemorar? ¿celebrar? el Día Mundial del Medio Ambiente.
Paranoid, una banda de adolescentes, fue la encargada de iniciar el concierto. Al fondo, el agua de la laguna se teñía de un peculiar azul y, más atrás, la verde franja de vegetación y mangle que crece en la margen de la laguna nos recordaba recientes polémicas. En un tercer plano, gris e inamovible, el Centro de Convenciones, el Espacio Cultural Metropolitano, el resto de la ciudad…
Frente a los músicos, una amplia zona de pasto y tierra seca remarcaba la ausencia del público o la indiferencia de la gran cantidad de personas que esa tarde se encontraban en la zona de juegos infantiles y la palapa del Parque Metropolitano. Al término de cada canción, los rockeros agradecían a una inexistente audiencia y los únicos aplausos provenían de las palmas de la bióloga Ariadna Contreras, jefa de programas y educación ambiental del ayuntamiento porteño.
A pesar de sus canciones, habrá que decirlo, los chavos de Paranoid no tocaban mal —mejor no hablar del vocalista— pero era evidente el desánimo que se manifestaba en ellos al tocar para nadie. Con la rola “Nada es divertido”, título que bien pudo funcionar como epílogo, finalizaron su presentación sobre ese escenario adornado con macetas y plantas decorativas… verdes por supuesto.
Eso sí, el evento no estuvo desprovisto de irónicas imágenes: la leyenda “Osos polares” —nombre muy ad hoc con el calentamiento global— escrita en el parabrisas de la camioneta que brindaba el soporte técnico; el locutor de radio que vilmente mentía a sus escuchas al narrar, con entusiasmo desmedido, cómo un club de fans aclamaba a los músicos que acababan de tocar “y las chavas quieren tocarlos”; o los enormes botes de basura colocados en el centro del terreno que, estoicos, de pie, soportaron todo.
Aún sin público —acaso alguna mamá con carriola se quedaba un par de minutos frente al escenario—, los metaleros de Aireart subieron al escenario quizá con mayor ánimo —y humor— para meter algo más de distorsión e intensidad al desangelado evento.
Es cierto que el público tampiqueño no se caracteriza por su entusiasmo, pero basta recordar eventos como la “Marcha por la laguna y el Megaconcierto”, realizados en enero de 2008 como protesta en contra de la construcción del centro comercial que formaría parte del Megaproyecto en la margen de la Laguna del Carpintero. ¿Será que el público encuentra cierta contradicción en eventos como el Concierto Verde? ¿será aversión hacia el rock tampiqueño? ¿o será, simple y llanamente, la gran indiferencia que todo lo invade y lo devora? ¿será que más tarde, los fans de bandas como Código Zero, Sensor y Grim sí se animaron y dieron vida al Concierto Verde?
Por lo que respecta a quien esto escribe, habrá que reconocer que fue el morbo el mayor aliciente para presenciar lo ocurrido; pero innegable fue también que el calor y el desánimo requerían un paliativo. Y ya en la onda ambientalista, daban ganas de ser como el atún, “amigo del delfín”, sólo que, en este caso, El Delfín es un fresco bar al que se llega con sólo cruzar el Boulevard Perimetral.