| Miguel Domínguez |
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Me encuentro en la oscuridad total de la Sierra de Tanchipa, en el municipio de Tanlajás, San Luís Potosí, rumbo a la comunidad de K’el’avitab.
Es dos de noviembre, son aproximadamente las nueve de la noche, y mientras las luces de la camioneta en que viajamos devoran la neblina que se levanta conforme nos internamos cada vez más en el cerro, por mi cabeza no dejan de rebotar una y otra vez las notas del violín que durante todo el día acompañaron la danza de los huehues*.
Después de varios minutos, el negro de la noche se ve interrumpido por un tono cercano al ámbar, nos acercamos y el ámbar se vuelve rojo intenso, el olor a tamales, aguardiente, y copal me revuelve el estomago, estamos en el panteón de K’el’avitab.
En el lugar sólo hay varones velando a sus muertos, bebiendo aguardiente, rezando, cantando, bailando. Cada tumba es un altar, con el arco de estribillo, los pétalos del cempazuchitl, las velas; el aguardiente humedece la tierra que pisamos.
-Estamos aquí para difundir sus tradiciones, para que las conozcan en la ciudad- explicamos en una difícil conversación con la autoridad. La idea no los emociona demasiado, y razones les sobran ¿cómo podría eso beneficiarlos? Por el contrario, estamos transgrediendo un momento cuyas implicaciones místicas apenas podemos entender.
A regañadientes, deciden tolerar nuestra presencia, pero deciden también que no podemos ser sujetos que simplemente observan, ello también representaría un insulto, la integración está consumada… Nuestros ojos no ven más allá de los limites del camposanto, todo lo que lo rodea nos es ajeno. Este día, en este instante, no hay más realidad, el mundo se limita a este panteón tének donde apenas nos hacemos entender en español.
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| En el espacio central del cementerio, frente a la ofrenda mayor, se encuentra la música. Un hombre de unos cincuenta años, toca un violín que luce como si hubiera sido construido hace mucho tiempo. Junto a él, su compañero ejecuta lo que parece un precario antecedente de nuestra jarana huasteca: cuatro hilos para pescar atraviesan el cuerpo de cedro, y resuenan por encima de una boca tan pequeña que apenas permite la expansión del sonido.
Unos pasos en frente de ellos se encuentra el hombre de mayor edad. Con una suerte de morral colgado en uno de los hombros, mueve sus pies al ritmo de una sonaja que él mismo hace sonar. De color rojo, con una flor, y unos listones que caen hasta el suelo, ese objeto lleva el mando, no sólo de la música sino de todo lo que acontece esta noche.
Los músicos apenas se detienen de vez en cuando para afinar los instrumentos. El viejo de la sonaja se acerca tanto a mí que alcanzo a mirar una lágrima que brota de sus ojos; el ambiente es absolutamente hipnótico, la música es circular y no lineal, siempre vuelve al punto donde comenzó. El humo de las velas nubla inevitablemente la mirada, y el copal aturde el resto de los sentidos.
Pienso entonces en la oscuridad que rodea a K’el’avitab. Allá afuera, lejos del copal, del rojo intenso, lo único que podría percibirse es la música ejecutada por estos tres interpretes, pienso en la sonaja con la flor y los listones, en la lágrima del viejo, pienso en su música como la auténtica raíz de nuestro huapango, pienso en ella como patrimonio invaluable de todos los que nacimos en el Huastecapan, me pregunto entonces lo que pasará cuando el viejo muera. Ante el temor… la resistencia.
*Danza que se baila en la Huasteca durante diversas festividades, en la que un grupo de hombres se disfraza de huehues (viejos), mujeres, muertes, diablos y bailan al ritmo de los sones tradicionales.
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