Teatro : Festival Internacional de Teatro Experimental del Cairo
Día 6: Otros foros, el metro y ese idioma tan familiar
Josue Picazo


 Callejón de El Cairo                                                                  Fotos: Josue Picazo


El miércoles por la tarde, los integrantes de la Compañía de Teatro del Espacio Cultural Metropolitano se dedicaron a seguir la pista de las obras que están dentro de la competencia del XXI Festival Internacional de Teatro Experimental de El Cairo, lo cual implicó que tuvieran que aventurarse a conocer nuevos teatros ubicados fuera del conjunto de edificios del Cairo Opera House.

El primero de los foros que visitaron fue el Miami Theatre, ubicado en pleno centro de El Cairo, en la Talaat Harb, una calle febril repleta de establecimientos comerciales. Los egipcios no suelen decir que no cuando se les pregunta por la ubicación de algún lugar, aunque no siempre estén tan seguros de tener la información correcta. Así, contrastando versiones, estableciendo una y otra vez ese vínculo lingüístico que se nutre de palabras de distintas lenguas, caminando algunas cuadras más que de costumbre, llegamos al foro indicado.

Escena de "The Shadow of the Basement Man" de Syria

Ahí se presentaría la puesta en escena “The Shadow of the Basement Man”, de la compañía siria The Union of the “Shabiba’s Revolution-Syria” que, inevitablemente, resultó una propuesta difícil de comprender por ser un texto en árabe y el desarrollo de la escena no suscitó mayor sorpresa.

Como suele suceder en este tipo de eventos, el festival no sólo es una oportunidad de presentar el trabajo ante otros públicos, sino el punto de encuentro para conocer personalmente a otros teatreros y no sólo teatreros. Mientras esperábamos en el lobby del Miami Theater –entre el humo de los cigarrillos pues en Egipto no existen las zonas libres de tabaco– escuchamos una palabra que ya no nos parece tan común: “¡Hola!”

En estas tierras escuchar un saludo en español es, invariablemente, reconfortante. Se trataba de Aya Ahmed, una estudiante egipcia que durante el festival es la intérprete de una compañía de Polonia y que, aprovechando sus conocimientos del español, quiso acercarse a conocer a los participantes mexicanos.

Luego conoceríamos a dos chicas que también se acercaron a nosotros por el idioma: Dorotea, de Alemania, y Luisa, de Colombia (¡por fin, alguien de Latinoamérica!). Ambas son parte de esa amplia comunidad de extranjeros que como población flotante residen en El Cairo. Ellas se habían enterado del festival y fueron al Miami Theater por pura curiosidad.


Luego de la función saldríamos apresurados pero desubicados, sin una idea precisa de cómo llegar al teatro Al-Talyaa donde en unos minutos se presentaría “I am Mohammed Fizuli” de la compañía YUG State Theatre, representantes de Azerbayán.

Con una seguridad que fue desvaneciéndose conforme avanzábamos cada cuadra, un amigo de Aya encabezaba la caravana de espectadores que querían llegar a Al-Talyaa, a los que también se habían sumado Luisa y Dorotea. Aunque descubrir la ubicación del teatro nos costó la función, pues al llegar al teatro el cupo ya se había completado, en el trayecto tuvimos que entrar por primera vez a una estación del Metro de El Cairo, sitio que usaríamos como túnel para atravesar bajo tierra Attaba Square, uno de los sitios de transborde de las dos líneas que tiene el metro.

Cuando volvimos a las superficie, el entorno –definido por los ríos de personas, angostos pasillos y apretujados vendedores ambulantes– nos llevó de golpe a sitios muy familiares, confirmando súbitamente una sospecha generalizada: El Cairo es muy parecido al Distrito Federal. De pronto Attaba Square era la estación Indios Verdes.

Decepcionados por haber perdido la oportunidad de ver la puesta en escena de Azerbayán, decidimos trasladarnos al teatro Al-Ghad, ubicado cerca de la margen oeste del Nilo, en la calle 26 de Julio. La polémica era cómo llegar: el amigo egipcio insistía en que tomáramos taxi –solución simple cuyo inconveniente menor sería el costo y cuyo inconveniente mayor eran los terribles embotellamientos que especialmente al anochecer saturan El Cairo– mientras que nuestra amiga colombiana nos proponía utilizar el metro y caminar; votamos por Latinoamérica.


Luisa, cuyo trabajo es “algo parecido a reportera”, no podía hacer que nos perdiéramos en esta ciudad que habita desde algo menos que un año. Entonces ingresamos al metro que, en lo general, es eficiente, limpio y seguro. Mientras caminábamos por los andenes y pasillos, Luisa y Dorotea nos contaban de los inconvenientes que este medio de transporte tiene para las mujeres que, en medio de una sociedad machista, viajan solas y suelen ser vulnerables al acoso desmedido de los hombres.

Aunque ellas acostumbran viajar en el convoy reservado para mujeres –donde nadie garantiza que no pueda subir un hombre–, decidimos no dividir el grupo de despistados mexicanos. Mientras viajábamos en un túnel por debajo del Nilo, Dorotea, quien lleva poco más de seis meses en El Cairo estudiando para ser traductora de árabe, confesó: “es la primera vez que viajo en el convoy mixto”. Alrededor nuestro sólo había hombres.

Luego de más de una decena de cuadras caminando y conversando en una noche especialmente fresca, llegamos al teatro Al-Gahd. Ésta era una función extraordinaria al calendario y al horario del festival. El día anterior, cuando nos habíamos quedado fuera de la función, el director de la compañía polaca Bialostocki Teatr Lalek nos extendió esta invitación especial para que no nos quedáramos sin ver su trabajo. “Facade” era el nombre del montaje.

La situación teatral iniciaba desde fuera del teatro donde un vagabundo, terriblemente borracho, daba la bienvenida al público –bueno, en realidad no hacía nada, sólo estaba tirado sobre el suelo, fumando a ratos–. Dentro del teatro nos esperaba un trío de músicos –guitarra, violín y acordeón– que increíblemente interpretaba “Cielito lindo”.

Actor vagabundo y polaco afuera del teatro Al-Gahd

Con lo mejor de la tradición del teatro de títeres de Europa Central, “Facade” es una puesta en escena en la que músicos, cantantes, actores y títeres dan vida a diferentes estampas: una anciana que es víctima de ataques de tos, la trabajadora doméstica que ayuda a la anciana, un director musical amargado, una enorme mujer-títere a la que le gusta bailar y enamorarse, unos padres que se la pasan discutiendo ante la mirada melancólica de su hijo, un vagabundo que sólo quiere abrazar a una mujer, darle regalos, tocar música…

Una puesta en escena en la que, prescindiendo casi en absoluto del diálogo, los actores destacan su habilidad para inyectar vida a los títeres y objetos, una historia que puede rayar en lo absurdo, donde pareciera no haber una historia lineal en sí, pero el sentimiento se comparte con intensidad y la música en vivo es una sutileza que va marcando el ritmo y la fuerza de la obra entera, para conmover y hacer reír también hasta el llanto. No pudo haber forma mejor de terminar el día que presenciando esta puesta en escena.





Siga la pista de la Compañía de Teatro del Metro en Egipto. Artículos anteriores:







El Cairo, Egipto, 16 de octubre de  2009

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