Las lágrimas se confundían con la lluvia que empapaba el rostro de los cuarenta mil que asistieron a ver el regreso “del más grande”. De todas formas nadie quería ocultarlas, era el llanto de la solidaridad, de la complicidad, del aguante. Era la manera de darle la bienvenida a un Charly García que volvió de los episodios más oscuros de su pasado, para poner una vez más los reflectores sobre su genio musical.
Buenos Aires es quizás la ciudad más roquera de América; la capital legítima del rock en español. Sus bares todavía cuentan las anécdotas de los jóvenes, que aun padeciendo las más crueles dictaduras militares, se colgaron una guitarra eléctrica al hombro y salieron a patear la calle y a hacer música.
Ahora, varias décadas después, hay para todos: están los rollingas, siempre fieles a los mandamientos de Mick Jagger y compañía; los ricoteros, que siguen con devoción a la legendaria banda Patricio Rey y sus redonditos de Ricota, y que rivalizan a muerte con todo lo que huela a Soda Stereo (un buen día, por ejemplo, salieron a pintar el rostro de Cerati en los muros de la ciudad con la leyenda “Viejo choto”). Además, el rock nacional -como lo llaman aquí- tiene su Olimpo donde se venera a Calamaro, Fito Páez, Luis Alberto Spinetta, Pappo. Y ese Olimpo tiene un ídolo supremo que no admite competencia: Charly García.
Para muestra, hay que recordar por ejemplo, que la mañana del 26 de agosto de este año, el obelisco porteño –el monumento más importante del país– amaneció envuelto con un gigantesco brazalete. Uno de esos que dicen Say no more, y que portan con orgullo los fans de Charly. Ese día, la mayoría de las estaciones de radio y los canales de televisión (todos, no sólo los musicales) estrenaron a las 12:00 horas, en cadena, el sencillo Deberías saber por qué, con el que García daba señales de vida creativa.
Por todo eso, el sábado era un día de fiesta para esta Argentina roquera. La espera había terminado y después de muchos meses de incertidumbre, Charly García volvería a tocar en su país. Lo haría el día de su cumpleaños y frente a cuarenta mil personas en el estadio de Vélez Sarsfield. En el ambiente había una mezcla de alegría, de emoción, pero también de nerviosismo: ¿estaba listo Charly –en pleno proceso de rehabilitación– para enfrentarse a tal cantidad de público? La respuesta llegaría más tarde: “Buenas noches, say no more”, saludó el músico desde el escenario e hizo enloquecer a los miles que lo esperaban.
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Ésta es una de esas ciudades en las que invariablemente hay que mirar en la televisión el estado del tiempo antes de salir a la calle, y además revisar el pronóstico para las próximas horas. Esta vez, los noticieros no se equivocaron. El inesperado día veraniego que rebasó los 30 grados trayendo hasta acá un poco más de nostalgia tampiqueña, dio paso a una noche de viento helado y a una de las tormentas más rudas de la temporada. La lluvia y los malos aires impidieron que el concierto se desarrollara con todo el lujo que se había planeado, pero de ninguna forma evitó que Charly García se reencontrara con su gente, y que su pueblo, el que hacía vigilias afuera de su casa durante las peores crisis, le demostrara que sigue estando, que nunca dejó de estar ni siquiera cuando el músico abandonaba el escenario en pleno recital, o cuando sus canciones, interpretadas en vivo, se parecían poco a sus canciones.
“Charly ya no es Charly”, decía durante el recital un chico que no tiene más de veinte años de edad, y que igual que todos los de nuestra generación, sólo guarda la imagen de un Charly García decadente, balbuceando incoherencias, lastimándose sobre el escenario y, la mayoría de las veces, “experimentando” con su música. “Éste es el buen Charly”, decían los mayores, los que hoy escuchan versiones impecables de sus hits. ¿Cuál Charly García estuvo sobre el escenario de Vélez? Uno nuevo, más gordo, más lento, que quizás no puede tocar el piano como lo hacía antes, pero que ha reunido a una banda de músicos chilenos y argentinos que tocan de forma impresionante. Y lo más importante: el que ha vuelto es un Charly vivo.
Cuánta agua cayó esa noche. Cuántos relámpagos hicieron juego con la iluminación y cuántos truenos se confundieron con la batería. “Say no more es impermeable”, bromeaba el cantante –ahora más que nunca, asume ese rol– mientras la gente entonaba al más puro estilo futbolero, al más puro estilo argentino, Porompompom, esta es la banda de Say no more. Y si parecía que el aguacero no podría ser más fuerte, la lluvia también tuvo su momento cúspide cuando Charly García presentó a Luis Alberto Spinetta. “Mi maestro, mi ídolo”, dijo el cumpleañero para recibir al flaco y cantar juntos “Rezo por vos”. El agua casi no dejaba abrir los ojos.
Así, uno a uno, pasaron cerca de treinta temas. Todos fueron coreados, gritados, por un público que bailó hasta con Chipi Chipi mientras que Charly García entregaba todo el rock que había guardado durante esos meses de incertidumbre, de caos, de hospitales, de habitaciones destruidas, clínicas de rehabilitación. El sábado terminaron esas noches en las que las redacciones del mundo esperaban la noticia de que finalmente García se había muerto. La noche del sábado, las mismas redacciones esperaban la crónica de su regreso. “Siempre que llovió, paró”, dijo el cantante sobre el escenario. Y pasada la medianoche, las luces se apagaron y la tormenta continuó.