Affair Cultural
Los excéntricos Byron
Hector Esqueda



Había cosas que a Ada Augusta Byron nunca se le facilitaron debido a varias  circunstancias en las que se vio envuelta: la poesía, la literatura y todo contacto con las letras de carácter artístico le fueron negadas intencionalmente desde pequeña por su madre, Lady Byron, quien apenas pocos días después de nacida Ada, se separó de su padre, el multicitado aún en nuestro tiempo Lord Byron, ilustre escritor inglés, dandy y poeta bohemio por excelencia. Tal parece que a la madre de Ada Byron le parecía tan poco sano el ambiente y la persona en la que se había convertido su al final ex esposo, que decidió alejar a toda costa a su hija de cualquier estimulo que tuviera que ver con esto.

Como a partir de cualquier acción surge una reacción, Ada fue victima de una educación rigurosa, presa de un matriarcado en el que ella era la única que resentía el yugo de su madre, quien rechazaba el modus vivendi de Lord Byron. Pero ese no era su único problema. Además de pasar varias veces por hospitales debido a las crisis histéricas de las que solía ser victima durante alguna época, al crecer Ada se encontró con un entorno en el que la discriminación sexual era cosa normal, y quizá aún ni siquiera se conceptualizaba como tal. Para ese tiempo ella ya había crecido lo suficiente y adquirido conocimientos acerca de ciencias exactas como para escribir con perfecta coherencia y sustentación artículos de interés técnico-científico que firmaba solo con sus iniciales, nunca con su nombre, ya que a las mujeres de la época no se les permitía por ningún motivo ser publicadas en cualquier tipo de revista, y aún menos en una de carácter científico, sin embargo, Ada se las supo arreglar para romper con esta regla.

La familia de los Byron, históricamente, había estado llena de ese tipo de personas que tienden a pisar o más bien, pisotear sin cuidado alguno las líneas que dividen la genialidad de la locura. Ada, a pesar de estar alejada del mundo “artístico”, danzaba a diario atravesando la línea de una realidad a otra. Si bien no era una mujer precisamente sana psicológicamente hablando, resultó ser una de esas mentes brillantes que se dan algunas veces en cada siglo, destacando en campos científico- matemáticos de lo más complejos.


A los 18 años de edad, Ada conoció al excéntrico científico Charles Babbage, quien se convertiría también en uno de los pioneros del arcaico mundo computacional de ese entonces. De inmediato Ada se interesó en colaborar con él y, a fuerza de constancia y por medio del asedio mediante cartas a Babbage, logró que este desesperara a tal grado de aceptar la colaboración de la joven Ada a fin de librarse de una buena vez de ella. La tarea que Babbage le encomendó fue la de traducir al inglés una conferencia que él mismo había dictado en Turín, en donde Babbage mostró por primera vez los planos de su máquina analítica capaz de sumar, restar, multiplicar y dividir, o en otras palabras, una calculadora analítica digital, precursora de las actuales computadoras.

Ada no solo tradujo perfectamente el texto, sino que además le hizo correcciones y anotaciones a los textos y a la maquina. Los textos que Ada agrego, de su autoría, resultaron ser tres veces mayores al producto original, con lo que se ganó el respeto de Babbage, quien la invitó a colaborar con ella. Juntos crearon prácticamente la primera calculadora y la primera plataforma de programación de la historia. Claro que ambos no lo sabían aún. Sus proyectos fracasaron prácticamente, sin encontrar un financiamiento adecuado, y de la mano con la enfermedad de Ada, que sufría de cáncer uterino. Ada murió a los 36 años, después de pasar un largo periodo de dispersión en el que se entregó al juego, el alcohol y el opio, entre otras cosas. Pareciera que al final Ada dio rienda suelta a una inevitable  vocación bohemia heredada por su padre. Nadie nunca, y menos su madre,  imaginó que la obra de Ada daría como resultado las modernas computadoras que tan al servicio están de todas las cuestiones artísticas posibles, de las que Ada fue privada. ¿La moraleja? Ninguna. Solo pareciera que los debates acerca de las peleas entre lo técnico-científico y lo artístico, debieron haber muerto en el momento en que la primera computadora y el primer programa artístico o lúdico fueron utilizados, ya que Ada Byron nos mostró que tanto el mejor poeta, como la científica revolucionaria, pueden venir de la misma familia. Con algo de locura incluida y quizás necesaria, claro está. No mas “La sonrisa de la Monalisa” o “Magnolias de acero”, aquí hay un guión mucho mas sincero, poderoso y humano que muchos producidos por hollywood.

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