Literatura
Déjà vu a la inversa
Joaquín Peña Arana



Fotos / ilustraciones: Josue Picazo

Él era…¿cómo decirlo?… un verdadero latoso. El típico que se las da de intelectual: chocante, vanidoso, hocicón, grosero. ¿Les ha tocado conocer a alguien así? A mí también.  ¿A quién les recuerda? Sí, eso pensé.

Ya se imaginarán lo que era asistir a un recital de poesía, una conferencia, una exposición o una obra de teatro, coincidir con él en el mismo tiempo y lugar y estar escuchando sus comentarios en voz alta: “qué estúpidos”, ”mira qué idiota pinta ése”, “de verdad que los organizadores no saben hacer las cosas, son unos ineptos”, “újule, a poco van a servir eso de coctel, esas son porquerías, yo ese queso no me como, mmm, no señor”.

Ah, y esa maldita costumbre, la de convertirse en una estampilla humana: de pronto se te pegaba, así nomás. Me lo encontré en una exposición de pinturas y después de escucharlo como veinte minutos  destrozar todas las obras  –“ya le he dicho a Martín que deje de pintar esas manchas horribles”– quise continuar mi recorrido pero en cada movimiento que yo hacía, ahí estaba él: me siguió de sala a sala, de piso a piso, entré a un taller para saludar a un cuate y ahí detrás de mí estaba hablando quién sabe cuanta tontería. Alcancé a ver el rostro del instructor: tenía cara de estar a punto de soltarle un guamazo. Cosas así me ocurrieron en varias ocasiones, cada vez que iba a ese museo no podía evitar encontrármelo, él trabajaba ahí.


Porque ésa era otra. Se la pasaba echando pestes de todos, incluyendo a directivos del sistema educativo y cultural, pero por alguna razón siempre conseguía chamba en el gobierno. Me parecía extraño. No era un secreto que él se refería a cuanta persona se  le atravesara con insultos y calificativos, casi a gritos, pero por algún misterioso motivo siempre conocía a alguien que lo metía a estar succionado la parte que le tocaba del presupuesto gubernamental. A veces me lo imaginé paradito de puntitas con el hocico pegado a una inmensa ubre.

Como todo se le hacía fácil, una noche, faltando poco para que el museo cerrara, se divirtió burlándose de una pareja cuyo aspecto los alejaba de parecer intelectuales o gente adinerada. Con los primeros no tenía piedad, con los segundos se arrodillaba; pero cuando se trataba de gente común, hacía lo posible para humillarlos evidenciándoles lo ignorantes que eran. Desconcertada, la pareja no supo responder cuando él les preguntó sobre corrientes pictóricas, autores, sitios históricos vinculados con el arte. “¿Pues entonces qué hacen aquí, a poco creen que la cultura se pega por ósmosis? ¿Sí saben lo que es osmosis o no? ¿Sí saben lo que es un diccionario? Pues búsquenlo ahí”.

La pareja se retiró sin decir nada. Yo ese episodio lo vi, de eso no me pueden contar. De lo demás sólo sé lo que dicen.

Me queda en claro que así como él, sobra gente en el mundillo intelectual que vive una vida paralela al mundo real. Saben de la pobreza porque lo han visto en las noticias, de la crisis porque ya no pueden ir a Las Vegas más que tres veces al año y de la violencia del narco igual, por las noticias, pero también por lo que han escuchado decir en el Club Rotario o en la mesa de amigos de los jueves. Supongo que por eso él no pudo reconocer las características de la pareja. Ella muy joven, ropa decorosa, aspecto normal, pero él con lentes oscuros, botas de piel de avestruz, cinto piteado con tamaña hebillota y dos o tres celulares y un radio.  Ay, por favor, no se hagan, ustedes saben mejor que yo que ese hombre tenía todas las características de pertenecer a eso que eufemísticamente se le llama el crimen organizado. Pero él, por supuesto, no lo sabía.


Por eso, al salir del museo aquella noche, jamás pensó que le iban a caer un par de tipos que lo arrojaron a una camionetota ostentosota, le dieron un par de cachetadas –lo cual fue suficiente para no dijera ni pío durante todo el camino– y lo llevaran con rumbo desconocido hasta un lugar que parecía una especie de fábrica abandonada. Ándale, como esa en la que estás pensando. Lo llevaron frente al hombre, quien resultó ser el líder de la banda. A su lado estaba la mujer. Hasta donde sé, resultó que ella sí era leída y escribida y le gustaba eso de las artes, por eso le pidió a su esposo que la llevara a ver la exposición mientras afuera un grupo de cinco a diez personas fuertemente armadas aseguraban que no hubiera sorpresas. 

Esa noche cambió la vida del latoso: se volvió parte del crimen organizado.

A lo mejor al líder de la banda le cayó bien o se le hizo gracioso verlo llorar desesperado mientras se abrazaba a sus piernas suplicándole por su vida, el caso es que el líder de la banda no sólo lo perdonó sino que en ese mismo instante pasó a ser asesor cultural de su esposa. ¿Se acuerdan de ese periodo en que ya no lo vimos  aquí en la ciudad? Fue eso. Logró, en cosa de meses, viajar por donde se le antojó con el pretexto de estar cultivando a la esposa del cabecilla. Lo que tú menciones, estuvo ahí: el MoMA, Louvre, el Museo del Prado, China, Japón, Machu Picchu, Londres, Buenos Aires, Medellín, Nueva York, Atenas. Lo que se te ocurra. El problema es que se acostumbró tanto a la buena vida que se le olvidó que no estaba con su grupo de intelectuales domésticos sino con personas menos tolerantes. Un día, mientras le daba a la esposa una clase sobre la técnica de pintar al temple, perdió la paciencia y le dijo algo así como “si serás bruta, gente como tú jamás aprende”.  El idiota se confió que en el taller sólo estaba un guardia, pero ese guardia tenía instrucciones de comunicarle todo al patrón.

No me acuerdo cuánto tiempo estuvo en el hospital pero fueron meses. Lamentablemente para él no murió, tardó en recuperarse y no volvió a caminar bien; pero fuera de eso pudo seguir con su vida. Digo que lamentablemente no murió porque, ya ves, después de eso quiso reintegrarse al mundo del arte local pero no pudo. Todos le rehuían o simplemente lo ignoraban. Hacían como si no existiera. Y tú bien sabes que en esto no hay peor cosa que nadie te pele.




Publicado: 23 de enero 2010

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