Mezcla de tradición, catarsis colectiva, freak show y desfile comercial es el Carnaval de Tampico.
Aunque lejos han quedado aquellos inolvidables carnavales en los que la fiesta y la cerveza recorrían todo el centro de Tampico, la actual versión del carnaval porteño sigue siendo la fiesta popular más importante de la región sur de Tamaulipas.
Este año, los días de carnaval coincidieron con la entrada de un frente frío que poco mermó el ánimo de las comparsas y de las chicas bailadoras que sabiéndose porteñas y tropicales, dejaron piernas, hombros y ombligos a merced del invierno tampiqueño… y de las miradas.
En el carnaval todos quieren ser vistos. Por única vez en el año la gente común, desinhibida, recurre a toda clase de accesorios y vestuarios para entrar en sintonía con la fiesta callejera. En estos días de fiesta los muertos también quieren ser vistos y vuelven de la tumba; al menos cuatro Michael Jackson se tomaban fotografías con los transeúntes.
La vegetación de plumas, tocados, faldas, capas y colas daba textura y vibrante vitalidad a un atardecer porteño que sin carnaval hubiese sido otro aburrido y gris ocaso de media semana.
Cómo no mencionar a los travestis que des-vestidos se contoneaban con sus grandes plumas de arco iris y esa noche bailaban, reían con el público y eran las reinas auténticas de su desfile en una ciudad que no precisamente es ejemplo de tolerancia.
Todos vinieron a divertirse, nada más, algo tiene de elemental, irremplazable y contagioso mirar a otros mientras la pasan bien. En las fiestas uno siempre termina viendo a los otros bailar, cuando no bailando uno mismo. Así, ver pasar el carnaval divierte con el simple gozo de quien se olvida que el año ya va iniciado y todo sigue igual o peor.
¿A quién contar esto? Tal vez a quienes nunca han ido al Carnaval de Tampico, tan pequeño que se ve al lado de las imágenes televisadas de las fiestas de la carne en el mundo. Seguro que es pequeño, y aunque la música predominante sea el refrito y el remix de los éxitos radiofónicos, existe un regocijo franco en el rostro de las personas que por ahí pasan, se quedan, se asoman.
Martes de carnaval. Última oportunidad para dar rienda suelta a los deseos profanos. ¿Será? Quizá en otro tiempo y en otro lugar. Cándido Carnaval de Tampico; más que religioso, municipal; carnaval donde lo más pecaminoso quizá sea tomarse una fotografía junto a una modelo de la cerveza Corona para perpetuar la libidinosa ilusión de sus estrechos y cortos pantaloncitos deportivos.
Y por ahí, moviéndose entre la gente, disfraces y carros alegóricos, está el que vende los chicharrones rebosantes de verduras, queso fresco, salsa Valentina y otros ingredientes secretos. También están los algodones de azúcar, el atole de piña, tamales, palomitas de maíz y la infinita comparsa de los trolelotes y sus carritos humeantes, y tanta cosa más (otra oportunidad para pecar)…
El carnaval fluye por la calle Colón, es como un río, un caudal festivo contenido por los bordes de espectadores, tampiqueños de aquí y de allá que sentados sobre la banqueta o desde la altura de una gradería disfrutan aquel movimiento, aquel ruido colectivo que se anuncia, sucede y pasa, dejando tras de sí una estela de aplausos y risas amontonadas.
El martes de carnaval termina y al día siguiente los fieles habrían de untar sus frentes con negra ceniza. Yo me conformo con escuchar a los Caifanes, pensando…