Música
Crónica (sin mitología) de la Metamorfosis (fallida) de una mosca. |
| Dionisio Valderrama |
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Crónica (sin mitología) de la Metamorfosis (fallida) de una mosca.
Atraídos por una luz que no se ve pero se escucha. Atraídos por la promesa de cambio y de erradicación de dolores viejos. Atraídos por la promesa de evolución a un precio razonable…
El atajo resultó no ser la ruta más corta ni el guía el más indicado para el papel pero al fin llegamos. Son cerca de la una cuando escuchamos el primer beat a la distancia. El ayuno terminaba. Duró casi dos meses. No era para menos después de la conclusión del último evento. Se rumora que incluso el buen Samy, estelar esa noche, tuvo que caminar los kilómetros que lo distanciaban de su hotel con la laptop bajo el brazo. Una lástima; venir de tan lejos para eso. No regresará. Trato de pensar que no importa demasiado. Trato de pensar que no ocurrirá lo mismo. Trato de disfrutar la noche. Creo lograrlo. Ni siquiera el tener que volver a pagar los doscientos pavos (ja) por el boleto perdido me deprime demasiado.
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Un vehículo de la policía guarda la entrada. Armas visibles. Al menos dos escopetas con el cañón hacia arriba. El portador de una de éstas abre la puerta hacia los territorios que nos albergarán por está noche. Son amplios, verdes e indiferentes. No ocultan la bastardía que le confiere el ser naturaleza doméstica. Naturaleza sincera en medio de urbanidad y concreto. Adentro. La puerta se cierra tras de nosotros. Los custodios advierten de una revisión rápida para cerciorarse de la ausencia de armas, drogas y alcohol que no sea envasado en la Cuauhtémoc Moctezuma. Bajamos del auto. Primero una revisión corporal. Donkey y el autoproclamado Káiser son los primeros en ser esculcados. Les hacen sacar la cartera, las llaves, mostrar identificación. Nada. Luego mi turno. El manoseo resulta menos enérgico que a mis compañeros, me parece. Quizá les doy mejor finta. Quizá les parezco menos manoseable; al menos a mi Gina nadie la toca. Después es el turno del auto. - ¿Algo comprometedor? - pregunta el tipo que acaba de catearme. Veamos: condones ansiosos en la guantera (quizá demasiados); botellas vacías de Heineken bajo los asientos; la cajuela repleta de Barbie’s decapitadas con clavos en sus pezones imaginarios; un disco de Panda; la sangre del último anciano atropellado en la parrilla… -No, nada… De todos modos revisan. Se han demorado ya tanto tiempo que casi puedo verlos sacando guantes de látex para proseguir con una revisión más profunda. No lo hacen, están satisfechos. Aparcamos justo frente a la puerta, trompa hacia el frente, listo para embestir en caso de ser necesario. ¿Paranoia?...yeah…hasta la medula. Demasiada cafeína y una dosis más allá de lo recomendable de bebidas con taurina y guaraná no me ponen calmo exactamente; en algo tiene que entretenerse el cerebro. Además, un lugar de evolución no tiende a ser un parque de diversiones... Soy como macho mantis apareándose: sí, se divierte; sí, intuye peligro.
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El altar-escenario al centro. En éste dos torres de altavoces se yerguen a cada costado del púlpito donde dos hombres ofrecen su ceremonia. Tres fortines que expenden botes de Tecate roja y clara lo resguardan, uno en cada costado. La asistencia no es tan nutrida como esperaba. Tampoco es escasa. Distancia, costo del ticket y tal vez miedo han alejado a buena parte de los potenciales danzantes. (Huelo a decadencia. A enfermo que dice estar bien mientras bulle por dentro la ruina).
De los que están pocos bailan realmente. La mayoría se contenta con moverse un poco y esperar que el ritmo mejore. (La espera será larga.) Nos ubicamos en el corazón de la masa danzante, hoy no estoy de humor para las fronteras, ahí es donde dicen que empieza la dislocación. Lo dicen y les creo. Lo sé, porque lo he visto. En cercanía la docilidad de la naturaleza es puesta en duda; en la oscuridad alejada parece estar planeando algo. Hostilidades, posiblemente.
Después de todo bajo del concreto la naturaleza palpita (y hasta lo agrieta). Mejor ignorarla, mantenerse en el centro y hacer como que no se le ha visto pulular. Mejor entretenerse con el espectáculo de cadenas, fuego y sacate quemado. Mejor ver a Gina intentar montarse en un ritmo para poder surfearlo sin lograrlo. <<<Este tipo es de los que acaba 15 segundos antes de que la chica se venga>>>, dice. Gina no miente, los ministros frente a las tornamesas no hacen bien su trabajo. Son egoístas. Abortan sus hijos melódicos antes de que alcancen su apogeo. Hacen que la danza se siente forzada, que la sinfonía proveniente de los altavoces no invite. Por si fuera poco fuman y beben: introducen dos depresores a su sistema cuando deberían introducir algo que los haga ir más rápido… Donkey abuchea cada vez que puede y lo bautiza como “dj prrrrrrr”, una cacofonía del efecto que repite desde su pulpito cada dos o tres minutos. Los asistentes parecen bailar por hambre y por compromiso; después de todo hoy se rompe el ayuno; después de todo para eso vinieron. Demasiados silencios….silencios que no son un preludio de la tormenta sino simplemente un vacío creativo y la incapacidad de enlazar. El dj cambia, pero el mensaje proferido sigue siendo el mismo. No hay panacea. Mejor olvidarse de soluciones divinas porque aquí no hay mensajeros. Mejor cambiar de actitud o ir a esperar la sabiduría a otro lado… Cierro los ojos. Después viene un (largo) interludio.
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El tiempo pasa. El dj cambia de nuevo y el ritmo mejora. Los cuatro estamos más animados. Nuevas sustancias y por tanto nuevos químicos rondan por nuestro cuerpo lubricando el movimiento. Bailamos sin parar mientras las horas se acumulan. Se acercan las cinco. Hay que saber retirarse mientras el viento aún sopla a favor. Nos vamos. La oleada de euforia aún late melódica en nuestro sistema cuando subimos al auto. Cuatro puertas se cierran, auto en marcha, salida fácil. Un policía baila junto a la puerta. Gina baja el vidrio para despedirse de otro. No la entiendo ni necesito entender. La ciudad está calma y mientras el velocímetro sube en compañía del kilometraje y la música se empieza a quedarse atrás pienso que no sé los demás, pero al menos yo me siento igual de larva.
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+Fotografía Aniria Mariella Nava Ponce
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