| Miguel Domínguez |
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| Conocí a Jorge Morenos en el 2004. Fue en el Museo Tamux de Ciudad Victoria durante la entrega de becas del FONECAT; él estaba ahí para recibir el apoyo que el estado le brindaba para realizar su labor musical, mientras yo recibía un cheque para darle color a la revista Síntoma. Recuerdo que estaba sentado justo a lado de mí y me llamó la atención el instrumento que -metido en una funda- llevaba colgado del brazo. Era una jarana. Me intrigó el hecho de que la tuviera justo en ese momento, cuando evidentemente no la utilizaría.
Casi tres años después, puedo decir, que aunque no han sido muchas las veces que lo he vuelto a ver en persona, en ninguna de esas ocasiones ha faltado la jarana colgada al hombro.
En ese tiempo, me contó que tocaba la jarana, el motivo de su beca era lo peculiar de su propuesta. “Yo arpegio la jarana”, me dijo con ese acento que tienen los huastecos en el exilio. La ortodoxia huapanguera reza que la jarana se rasguea, punto. No se arpegia.
Debo confesar, que aunque me pareció extraño lo que me comentó, no tardé en olvidarlo, quizá un poco motivado por el éxtasis que me generaba la exorbitante cantidad de dinero con la que a partir de ese momento contaba la revista Síntoma. Lo cierto es que hoy día, y después de acercarme a su trabajo (injustamente desconocido por la mayor parte de la población porteña) puedo opinar que Jorge Morenos es un gran artista, quizás junto a Evaristo Aguilar, el de mayores méritos en lo referente a la creación y a la búsqueda.
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| En 2005 presentó su disco titulado “Vetas del gran árbol del Son Cuexteco”, con apoyo de CONACULTA y de la Asociación Cultural Xquenda. En 17 tracks, el maderense nos presenta una muestra de la musicalidad que corre por sus venas. La vanguardia en la ejecución de la jarana, la lírica comprometida con la poética tradicional, la urbe mexicana mezclada con el campo huasteco, y la presentación del disco que físicamente puede catalogarse como arte objeto, sitúan el trabajo de Jorge Morenos en un plano muy importante.
Se trata del primer disco de un artista cuya búsqueda creativa le ha valido el reconocimiento de la crítica nacional e internacional. Tristemente, nuestra ciudad -empezando por sus autoridades culturales- lo ha ignorado. No sólo lo han ignorado, pues según me contó, ha sido rechazado por las personas encargadas de dirigir y promover el arte en Tampico.
Caguama de por medio, versos en el aire, objetos de la insalvable mirada del maestro Laco Alvarado de Colatlán Veracruz, recuerdo que Jorge me contaba con tristeza la manera en que las autoridades de Tampico se negaron a facilitarle un foro para presentar su material en nuestra ciudad.
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| Una vez más lamentamos el olvido cínico con que las autoridades han condenado a nuestros músicos tradicionales. Después cambiamos el tema, sabedores de que ninguno de los dos descubría el hilo negro, y casi seguros de que las cosas no cambiarían por un buen rato.
Llegué a mi habitación, y en lugar de descansar escuché una vez más su voz arriesgada, descarnada, puse atención a su versería y en medio de ella, descubrí otra vez su profundo amor por la Huasteca.
Me volví a convencer de que la propuesta de Jorge es una propuesta respetuosa de la tradición, ¿Cómo podría no serlo si se trata de un huapanguero hecho y derecho? Su trabajo es vanguardista más ello no significa ninguna ruptura; se trata de un homenaje a los grandes trovadores, se trata de los arpegios de una jaranita que aunque pequeña, aspira a ser longeva como el cedro del que está hecha. No cometamos el mismo error que cometieron los que, deslumbrados por las luces de artificio, ignoran que no hay árbol sin raíz.
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