Literatura
Trance
Dionisio Valderrama


Mar 21, 2007   



Dionisio Valderrama


Arrastramos a cuestas el pasado y estamos condenados al futuro. El presente es lo único que es nuestro y, en un domingo cualquiera, el presente apesta. Por eso odio los domingos. Son siempre  finales dilatados más de la cuenta. Largos, aburridos, nunca precisos, normalmente desperdiciados como las orillas del pan blanco y las erecciones más insignes. Es un día de culpas, donde,  desde que abro los ojos, se comienza a acumular sobre mis hombros la carga, progresivamente más pesada, de todo lo no realizado durante la semana. Me vuelvo un Atlas que lleva en su espalda un mundo de  errores y omisiones, el monstruoso peso muerto de la posibilidad infinita desperdiciada que, para cuando muere la tarde, está aplastando mi cara contra el piso. Y desde ahí las cosas se ponen aún peor… y el domingo no cede,  se hincha y prolonga, no da tregua  vitalizado por mi insomnio crónico que se acentúa en ese séptimo día. No hay escape de su espectro, que no es otra cosa que realidad demasiado sincera:<<No estás haciendo lo que deberías hacer>>, <<No estás yendo a ningún lado>>,  <<No estás haciendo nada con tu vida>>.

Dionisio Valderrama


Por eso, desde que amanezco un domingo, dedico todo esfuerzo conciente a buscar un escape que casi nunca encuentro, mientras que mi inconciente emplea su tiempo encontrando  nuevas causas para martirizarme. Normalmente el inconciente vence,  aunque por fortuna, de vez en cuando, soy capaz de hacer una incisión en el tejido de la rutina lo suficientemente grande para trasladarme a espacios, sino atemporales, al menos bastante distantes del díes Dómini.

    Los escapes de los que hablo no se dan con el tanque lleno de combustible y un mapa de carreteras, ni con dosis exuberantes de alcohol (o cualquier otra sustancia)  difuminando mi entorno y  haciéndolo más digerible. No. Mi escape se logra sobre un sofá reclinable, frente a la Wega de 29 pulgadas que sintoniza un canal sin transmisión (normalmente el 92), donde ruido granulado en blanco y negro llena la pantalla mientras las bocinas  emiten un  sonido agudo, mareante,  similar al que afecta tus oídos cuando en alguna parte del mundo alguien habla mal de ti. Mantengo mis ojos fijos sobre esa pulsante orgía dicromática mientras los minutos se acumulan, intentando que conciente e inconciente se fundan en ese espacio crispante, distrayéndolos así de su rutinaria competencia dominguera. A veces lo logro. Comienzo a ver patrones de figuras en la pantalla que después se convierten formas y que eventualmente adquieren color, y así, de pronto,  ya no estoy en el reclinable desperdiciando oxigeno frente a la Wega,  sino que navego a  discreción en mi psique, que ya no es solo mi psique, si no que es la suma de las mentes de todos los que, como yo, navegamos en esa misma frecuencia; una especie Internet mental que se ejecuta sobre un vibrante fondo bicolor. Veo imágenes e historias que nunca podría concebir, tan maravillosamente distantes a mi realidad que ni siquiera me atrevo a intentar describir. También se escuchan sonidos, principalmente voces ininteligibles, emitidas sin duda por viajeros más experimentados que, ya no satisfechos con hurgar en esa psique colectiva, buscan establecer contacto con otros navegantes. Yo no estoy interesado, no quiero llegar a tanto. Solo busco un escape semanal, una cura para el insomnio, un domingo sin culpas para iniciar revitalizado la semana. Aunque debo decir que el  jueves pasado intenté una conexión, pero es la única vez que lo he intentado un día distinto al domingo.

Dionisio Valderrama


La razón fue que el domingo de hace dos semanas, mientras miraba con paciencia la no trasmisión del canal 92, esperando poder pasar el umbral hacia la psiquenet, apareció en el centro de la pantalla un punto negro, tan pequeño que al principio se camuflajeó con el resto de la masa danzante, pero que progresivamente fue aumentando de tamaño. Comenzó a adquirir rasgos y de un momento a otro lo que estaba en el centro de la pantalla ya no era solo un punto, sino un pequeño reposet, tripulado por una forma humana. La imagen siguió aumentando sus proporciones  y, acercándome hasta rozar la pantalla, pude ver entonces que el tripulante sobre el mueble era mujer de edad mediana, cabello suelto alborotado, delgada, piel blanca, en bata de dormir y shorts. Me miraba fijamente, gesticulaba, parecía estar diciéndome algo. Yo estaba estupefacto, nunca había visto a otro viajero. La mujer seguía mirándome y comenzó a agitar su mano en señal de que me acercara. Sin embargo mi frente estaba ya contra la pantalla. Lo único que pude hacer fue acercar mi oído a la bocina del televisor, y así logre escuchar la última parte de una oración: <<<…deberías venir los jueves. Pasan cosas bien chéveres>>>. Cuando volví a ver la pantalla la figura había desaparecido. Esa es la razón por la que intente una conexión el jueves pasado, pero no lo logré, y está bien, mejor así. El navegar en la psiquenet podría volverse una adicción, y no quiero otra. Ya tengo suficientes para una vida.

    Pero lectores, recuerden: si odian los domingos, consideren que la transmisión del canal 92 puede ayudar a hacer esos días  más llevaderos.


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