Música
Menos coreografía…
Miguel Domínguez



Muchos de los conocidos con los que tuve contacto el pasado fin de semana se despidieron de mí diciendo: “nos vemos en el huapango”, “hasta el domingo”, o “te veo en el festival”; se referían al Festival de Huapango que cada año se celebra en el mes de Abril, frente al Pórtico del Palacio Municipal. Aunque a la mayoría les seguí la corriente, la verdad es que no asistí, y nunca pensé hacerlo.

Para quien tipea este texto, han bastado un par de asistencias al festival anual para convencerme de que en él se reúnen muchos de los elementos que durante mucho tiempo han hecho daño a nuestra tradición musical. Vayamos por partes:


En el Festival de Huapango siempre termina por evidenciarse el desprecio de las autoridades culturales del ayuntamiento de Tampico por el género en cuestión. Desde luego, por irónico que parezca, para ellos este evento constituye su más valioso argumento para expresar que sí se apoya el huapango, seguramente el hecho de cerrar la calle del palacio debe significar un gran apoyo, y los artistas huastecos, acostumbrados desde hace mucho tiempo al abandono institucional, están obligados a agradecerlo.


Después viene la parte meramente artística, y que en buena medida es la más preocupante. El festival de Huapango conjunta muchos de los vicios que rodean al son huasteco y que de a poco lo han ido convirtiendo en un género de folclor y no de tradición, más cercano a la visión turística de museo, que a la expresión viva de un pueblo.


Esto de ninguna manera quiere decir que el huapango deba entenderse como hace cien años, todo lo contrario, como un ente cultural debe ser dinámico, la evolución siempre es bienvenida; lo que se critica es su anquilosamiento. Para hablar de hechos, mencionaré la excesiva tendencia a privilegiar los grupos   folclóricos, cuya función primordial es mostrar de una manera estilizada los bailes y la música de las distintas regiones del país. Estos grupos fueron creados hace muchos años por el gobierno mexicano para “rescatar” la cultura de nuestro país, y de paso, presumirla en cuanta embajada mexicana en el extranjero se pudiera.


Su vestimenta (muchas de las veces inventada), sus pasos de baile, sus estilos pues, han ido alejándose cada vez más de la tradición: la búsqueda de la espectacularidad, la rapidez en el zapateado, y la necesidad de darles formato de canciones modernas a los sones tradicionales a causa del tiempo limitado, son algunas de las características que convierten a los grupos folclóricos en atracciones turísticas.

Miguel Domínguez.Fandango del "viernes de marzo" en el Hato, Veracrúz.

Hace varios años, en el Hato, un rancho ubicado en
Tres Zapotes, en la región de los Tuxtlas, con el fandango del llamado viernes de marzo desarrollándose en todo su esplendor, Gilberto Gutiérrez, el creador del grupo de son jarocho Mono Blanco, y uno de los principales impulsores del “movimiento jaranero”, me hablaba del dilema -semántico si se quiere- entre folclor y tradición. No es muy difícil de comprender: la tradición está viva, el folclor es estático.

Miguel Domínguez.


El llamado movimiento jaranero inició hace varias décadas y actualmente, aún con sus defectos, debe ser ejemplo para el resto de las regiones del país por la vitalidad que han inyectado al son jarocho. El mismo Gilberto me contó lo difícil que había sido alejarse del estereotipo del músico jarocho, con su vestimenta blanca, impecable hasta el calzado, el pañuelo rojo y el vocabulario lleno de groserías.

Me contó que la principal virtud de su proyecto estaba en haber reconocido en el son jarocho su absoluta identidad rural, el campo sería desde ese momento, el sitio donde se gestaría la revitalización de un género que igual que el nuestro, agonizaba. La fiesta del fandango, con la que habría nacido el son jarocho hace ya varios siglos, se volvió a poner en marcha, se les dio el lugar de honor a los viejos, el son volvió a su estado natural, sin coreografías ni limite de tiempo.


Surge entonces la inevitable pregunta ¿Por qué no copiar el proyecto que funcionó tan bien en el Sotavento para implementarlo en la región Huasteca? Cierto, las diferencias culturales sin duda deben ser significativas; entonces la pregunta podría ser más general: ¿Por qué no privilegiar el apoyo a la tradición más que al folclor? ¿Por qué no invertir en proyectos que fomenten de manera auténtica el desarrollo de la música huasteca? Alejémonos de las coreografías y los vestuarios, démosle su lugar al campo, a los viejos; las huapangueadas en los pueblos de la Huasteca, sin duda, son un buen síntoma, llevémoslo más allá, seamos más rigurosos, sólo así la tradición volverá a respirar.


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