Literatura
Distópicamente Hablando...
Liliana V. Blum


Sep 16, 2006


"Totalitarian dictatorships, however different the costumes, share the same climate of fear and silence"
MARGARET ATWOOD





Muchas de las películas y libros que me gustan rayan en el realismo absoluto, o bien, son distopías. Debe ser esta manía malsana que tengo de siempre pensar lo peor, de ver las cosas como son  en lugar de pensar en cómo deberían de ser. Imaginar qué tan mal podrían ponerse las cosas es un pasatiempo perverso y ocioso, y al parecer no soy la única que lo practico.

Según la Real Academia de la Lengua Española, la palabra “distopía” no existe en nuestro idioma, pero podemos pretender que sí:  la Wikipedia cuenta con una entrada .  El género del que hablo no es sinónimo de ciencia ficción, porque en ésta suceden cosas que no son posibles hoy, pero que podrían serlo una vez que la tecnología se desarrolle
más.

En la distopía, en cambio, suceden cosas que los seres humanos ya han hecho, o están haciendo en el presente, o harán el día de mañana. A la distopía podría llamársele ficción especulativa, o bien, una forma negativa de la utopía. Recordemos que una utopía es una sociedad perfecta; de hecho la palabra significa “en ningún lugar”, y el término fue usado por Tomás Moro en su discurso del siglo VI sobre los gobiernos.

 

 

Tanto las utopías como las distopías tienen que ver con el diseño de sociedades: buenas, en el caso de las primeras; malas, en el caso de las segundas. Los libros y las autores que las abordan, en mayor o en menor grado, crean sus sociedades tocando los siguientes problemas: distribución de la riqueza, relaciones laborales, estructuras de poder, protección de los más desposeídos, planeación urbana, control de la población, crianza de los niños, censura, justicia, libertad, y la privacidad (o invasión) del individuo.
 
   En todos los casos, las distopías son el resultado de una revolución y muchas veces, el caso es que una revolución se limita a su acepción mecánica: un giro, una vuelta en la rueda de la fortuna, que lo único que hace es mover a los que estaban abajo hasta la parte superior, asumiendo así la posición de poder y hacer exactamente lo mismo que los predecesores. Esto es lo que sucede en la novela La rebelión en la granja, de George Orwell, cuando los cerdos encabezan la revolución en contra de los humanos con el lema “Todos los animales son iguales”, mismo que, una vez que el cerdo Napoleón y los de su círculo más cercano están en el poder, cambia ligeramente a: “Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros.”

 


Como decía Margaret Atwood, debemos temer de todos aquellos líderes que llenan el paisaje con enormes retratos de sí mismos, como el cerdo Napoleón, Hitler, Franco, Mussolini,  Mao, Castro, Stalin, Pol Pot,  Kim Jong-Il, Ceaucescu, Mugabe, y otros dictadores de cabecera. Y si algo hay que aprender aquí es que las dictaduras siempre llegan en malos tiempos, cuando la gente se encuentra en tal males condiciones que está lista a ceder su libertad (o gran parte de ella), a alguien, quien sea, que tome el control y les prometa tiempos mejores, o lo que sea que quieren escuchar. Desde luego, hay quien alega que no se puede hacer un omelet sin romper los huevos, que el fin justifica los medios; y claro, los dictadores en potencia dirán  que no hay fin más noble que el que ellos proponen ni persona más idónea que ellos para lograrlo. Y más tarde, nos encontramos con que en pro de la libertad, se sacrifica la propia libertad. En nombre de la gente, es la gente la que termina sufriendo. Se idealiza a la gente, pero se reprime al individuo. De alguna manera, la sociedad sin clases nunca se materializa, porque siempre la cúpula del poder es una clase aparte y privilegiada: las nuevas castas. Igual que  en La rebelión en la granja, al final la gente termina gobernada por cerdos autoritarios que usan látigos para reprimir a los que disienten.

    Se puede alegar que no existe una forma de gobierno perfecta. Eso es precisamente una utopía. Pero tenemos a la democracia, que, con todos sus errores, se define, entre otras cosas, por su posibilidad de alternar entre sus líderes, por el acatamiento de las leyes y la libre expresión. Repito: no tener un mismo líder hasta que muera y deje su heredero, al más puro estilo monárquica. Repito: respetar las leyes y no pasarlas por alto en nombre de cualquier causa, no importa lo sublime o divina que sea. Repito: poder estar en contra del bloque de personas que se asumen los únicos poseedores de la verdad y así decirlo.   Creo que me gusta leer distopías sólo para asegurarme de que el lugar en el que vivo no se ha convertido –todavía, al menos– en una.



+Ilustraciones. Ramón Guevara



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