Affair Cultural
PASO CEBRA: La esquina de las tragedias
Josué Picazo



Breve justificación editorial.
(Me quedo con la definición del diccionario en la que se explica que vagar es “andar por un sitio sin hallar un camino o lo que se busca”. Con esta misma incertidumbre he transitado por las calles de esta extraña ciudad, pasando cotidianamente por las mismas banquetas, frente a las mismas ventanas, viendo a las mismas personas, con la única certeza de no saber a dónde ir, pero confiado en que las piernas harán lo suyo —entiéndase que el que esto escribe carece de automóvil y que por lo tanto el desplazamiento pedestre, inevitablemente, se vuelve la neta—. Aunque también importan las experiencias que se han adquirido como micronauta y, a veces, como ciclista.
Paso Cebra es, pues, un espacio no solicitado por los creadores de esta página, pero que, a costa de la dignidad de su autor, espera al menos encontrar lectores entre sus cada vez menos amigos.
El autor considera que si algún incauto cibernauta llegase a leer las líneas escritas por él, las horas invertidas en mantenerse al margen de la población económicamente activa no habrán sido en vano).


Ahora sí: La esquina de las tragedias

Arrastrando los pies caminaba por la calle Obregón, en el centro de Tampico, aquel mediodía sofocante en que descubrí escrita sobre un muro la leyenda “La esquina de las tragedias”.
Vaya pinta mediocre, pensé en aquel momento y seguí mi camino. No obstante, el daño ya estaba hecho. Quizá por el imperioso deseo de llegar a casa, agobiado por mi estómago y mis parásitos que reclamaban comida y bebida, abordé el primer autobús que vi, tomé asiento y me dormí con la seguridad que sólo puede tener un experimentado micronauta que es capaz de despertar en el momento justo en que debe hacer la parada al chofer. Me olvidé de las  tragedias.


Una o, quizá, dos semanas después, volví a pasar por aquel sitio. Era de noche, acaso cerca de las doce. Caminaba como por inercia, con la esperanza de que, nuevamente, algún autobús pasara pronto —si es que alguno aún pasaba a esa hora— para emprender la eterna huída que es volver al hogar (¿a dónde van todos?, me he preguntado al ver las avenidas atascadas de automóviles, ¿a dónde vamos?).

Frente a la mencionada “esquina de las tragedias”, y motivado por la oscuridad y la soledad de la calle, el morbo me invadió, comencé a sentirme como si estuviera ante un portón con letrero de Cuidado con el perro que alguien había dejado abierto. Esperaba que pasara cualquier cosa; pero la perra tragedia o lo que fuera, nunca llegó.


Fisonomía de una esquina
La esquina de las tragedias no es una esquina, o al menos no en el sentido estricto de la palabra; es más bien una “esquina truncada”. Es decir, en ella no se encuentran dos paredes, sino que ella misma es una pequeña pared, un muro que ha recibido el título de esquina por la misteriosa mano que con algún tipo de pintura blanca (sigo pensando que es corrector), escribió cinco palabras que la convirtieron en esquina.


Delimitada por dos paredes, la esquina trágica es la consecuencia de un capricho del arquitecto que ideó el muro, y del temperamento trágico de algún rotulista improvisado de negligente ortografía. No es el resultado de un trabajo planeado; es un accidente.

"Nada ha ocurrido, todo pasa indiferente a la supuesta naturaleza trágica de esta esquina, las pasiones no afloran, la fatalidad no se materializa, y yo me quedo ávido de tragedias"

Esta esquina, es un muro que se quedó sin calle aledaña, que se conforma con ser testigo permanente de todo lo que ocurre en la revolucionaria y poética intersección de las calles Álvaro Obregón y Sor Juana Inés de la Cruz.



La inevitable fatalidad
De pie, sobre la banqueta, en “La esquina de las tragedias”, cerca del hombre cuyo rostro tiene una mejilla púrpura y tuberosa, y que, además, vende golosinas en un carrito, he esperado la llegada de la Tragedia: un accidente automovilístico mortal, un violento asalto, el dramático rompimiento de una pareja o de un corazón, el triunfo de Madrazo o el fin del mundo.
Nada ha ocurrido, todo pasa indiferente a la supuesta naturaleza trágica de esta esquina, las pasiones no afloran, la fatalidad no se materializa, y yo me quedo ávido de tragedias. Acaso ésta sea una de las tragedias.
Por favor, no se me tome por uno de esos que ven una mancha en el horno de microondas y ya creen que es la Virgen de Guadalupe. La peculiaridad de este sitio radica no tanto en ser una esquina y estar en un sitio específico de la ciudad, sino en el poder que le ha dado y que tiene la palabra escrita para transformar un vulgar muro en un sitio que, al menos entre los ociosos, ha sido capaz de causar un poco de expectativa para sobrellevar la sombría existencia cotidiana, y que seguirá inspirando esperanzas, aunque sean trágicas, hasta que al director del Sol de Tampico se le dé la gana mandar pintar el edificio de su gris periódico, o hasta que a alguien se le ocurra pegar un cartel de la lucha libre o, aún peor, un anuncio de algún producto para adelgazar, sobre la pinta que define a “la esquina de las tragedias”, teniendo así su desenlace fatal, su tragedia, la tragedia de las tragedias.

ººº

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