Breve justificación editorial.
(Me quedo con la definición del diccionario en la que se explica que
vagar es “andar por un sitio sin hallar un camino o lo que se busca”.
Con esta misma incertidumbre he transitado por las calles de esta
extraña ciudad, pasando cotidianamente por las mismas banquetas, frente
a las mismas ventanas, viendo a las mismas personas, con la única
certeza de no saber a dónde ir, pero confiado en que las piernas harán
lo suyo —entiéndase que el que esto escribe carece de automóvil y que
por lo tanto el desplazamiento pedestre, inevitablemente, se vuelve la
neta—. Aunque también importan las experiencias que se han adquirido
como micronauta y, a veces, como ciclista.
Paso Cebra es, pues, un espacio no solicitado por los creadores de esta
página, pero que, a costa de la dignidad de su autor, espera al menos
encontrar lectores entre sus cada vez menos amigos.
El autor considera que si algún incauto cibernauta llegase a leer las
líneas escritas por él, las horas invertidas en mantenerse al margen de
la población económicamente activa no habrán sido en vano).
Ahora sí: La esquina de las tragedias
Arrastrando los pies caminaba por la calle Obregón, en el centro de
Tampico, aquel mediodía sofocante en que descubrí escrita sobre un muro
la leyenda “La esquina de las tragedias”.
Vaya pinta mediocre, pensé en aquel momento y seguí mi camino. No
obstante, el daño ya estaba hecho. Quizá por el imperioso deseo de
llegar a casa, agobiado por mi estómago y mis parásitos que reclamaban
comida y bebida, abordé el primer autobús que
vi, tomé asiento y me dormí con la seguridad que sólo puede tener un
experimentado micronauta que es capaz de despertar en el momento justo
en que debe hacer la parada al chofer. Me olvidé de las tragedias.
Una o, quizá, dos semanas después, volví a pasar por aquel sitio. Era
de noche, acaso cerca de las doce. Caminaba como por inercia, con la
esperanza de que, nuevamente, algún autobús pasara pronto —si es que
alguno aún pasaba a esa hora— para emprender la eterna huída que es
volver al hogar (¿a dónde van todos?, me he preguntado al ver las
avenidas atascadas de automóviles, ¿a dónde vamos?).
Frente a la mencionada “esquina de las tragedias”, y motivado por la
oscuridad y la soledad de la calle, el morbo me invadió, comencé a
sentirme como si estuviera ante un portón con letrero de Cuidado con el
perro que alguien había dejado abierto. Esperaba que pasara cualquier
cosa; pero la perra tragedia o lo que fuera, nunca llegó.
Fisonomía de una esquina
La esquina de las tragedias no es una esquina, o al menos no en el
sentido estricto de la palabra; es más bien una “esquina truncada”. Es
decir, en ella no se encuentran dos paredes, sino que ella misma es una
pequeña pared, un muro que ha recibido el título de esquina por la
misteriosa mano que con algún tipo de pintura blanca (sigo pensando que
es corrector), escribió cinco palabras que la convirtieron en esquina.
Delimitada por dos paredes, la esquina trágica es la consecuencia de un
capricho del arquitecto que ideó el muro, y del temperamento trágico de
algún rotulista improvisado de negligente ortografía. No es el
resultado de un trabajo planeado; es un accidente.
| "Nada ha ocurrido, todo pasa indiferente a la supuesta naturaleza
trágica de esta esquina, las pasiones no afloran, la fatalidad no se
materializa, y yo me quedo ávido de tragedias" |
Esta esquina, es un muro que se quedó sin calle aledaña, que se
conforma con ser testigo permanente de todo lo que ocurre en la
revolucionaria y poética intersección de las calles Álvaro Obregón y
Sor Juana Inés de la Cruz.
La inevitable fatalidad
De pie, sobre la banqueta, en “La esquina de las tragedias”, cerca del
hombre cuyo rostro tiene una mejilla púrpura y tuberosa, y que, además,
vende golosinas en un carrito, he esperado la llegada de la Tragedia:
un accidente automovilístico mortal, un violento asalto, el dramático
rompimiento de una pareja o de un corazón, el triunfo de Madrazo o el
fin del mundo.
Nada ha ocurrido, todo pasa indiferente a la supuesta naturaleza
trágica de esta esquina, las pasiones no afloran, la fatalidad no se
materializa, y yo me quedo ávido de tragedias. Acaso ésta sea una de
las tragedias.
Por favor, no se me tome por uno de esos que ven una mancha en el horno
de microondas y ya creen que es la Virgen de Guadalupe. La peculiaridad
de este sitio radica no tanto en ser una esquina y estar en un sitio
específico de la ciudad, sino en el poder que le ha dado y que tiene la
palabra escrita para transformar un vulgar muro en un sitio que, al
menos entre los ociosos, ha sido capaz de causar un poco de expectativa
para sobrellevar la sombría existencia cotidiana, y que seguirá
inspirando esperanzas, aunque sean trágicas, hasta que al director del
Sol de Tampico se le dé la gana mandar pintar el edificio de su gris
periódico, o hasta que a alguien se le ocurra pegar un cartel de la
lucha libre o, aún peor, un anuncio de algún producto para adelgazar,
sobre la pinta que define a “la esquina de las tragedias”, teniendo así
su desenlace fatal, su tragedia, la tragedia de las tragedias.
ººº