| Sandra Muñoz |
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| Hay algo que ineludiblemente comparten los estudiantes de escuelas
profesionales de Teatro en el DF: TODOS tienen que pasar por las manos
de Monroy. Él da clases en el CUT, en la ENAT y en la UNAM, así que ¡no
hay salida posible! Y el pasar por las manos de Monroy tiene sus
bemoles, porque tiene uno que estar dispuesto a sentirlo todo.
Nunca
olvidaré cuando al final de un ensayo de la puesta en escena de
“Electra"–que él dirigía- salí en silencio del salón, crucé, en
silencio también el puente que divide uno y otro lado de Tlalpan,
caminé a mi casa, preparé, en silencio, la cena para Marcial y para mí,
cenamos en silencio, servimos un tequila, en silencio, lavamos los
platos, en silencio, me bañé, en silencio, me puse el pijama, me senté
en el borde de la cama, en silencio y de repente me descubrí a mi misma
llorando en sollozos incontenibles, jalando la respiración de todos
lados, con la cara distorsionada por las lágrimas, los mocos, lo rojo
de la sangre agolpada en mi cabeza. Marcial, sabio como es, sólo me
tomaba la mano diciendo “es por lo que dijo Monroy” No es que Monroy me
hubiera dicho que el ensayo estaba mal, o que no estaba llegando al
personaje –que según yo no tenía naaada que ver con mi vida ¿cómo
carajos iba yo a parecerme a una mujer a la que le mataron a la hija y
quien a su vez asesinó a su marido? ¡Yo ni hijos tengo, ni pienso tener
y no soy capaz de matar ni a las cucarachas! . Pues me equivoqué, claro
que me parecía (me parezco) bastante a esa traicionera y vengativa de
Clitemnestra, pero uno siempre cree que es bueno y luminoso…bueno, pues
Monroy se encarga de hacerle saber a uno que no. Pero no se asuste, no
es para mal, Monroy no lastima a las personas (por lo menos no a
propósito) al contrario, les abre, nos abre, un caminito apenas visible
de “conócete a ti mismo” ¡y ya uno sabrá si lo sigue o no! porque
seguirlo es adentrarse en un bosque tenebroso en el que, con suerte,
saldremos mejores personas y finalmente se supone que para eso es el
teatro ¿no? Martínez Monroy fue mi maestro en la UNAM y me ha dirigido
en tres ocasiones, dolorosas las tres, pero le juro que ha valido la
pena. Se lo presento. Le prometí hacerle sólo tres preguntas.
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| Sandrita.- ¿Cuál es el lado oscuro y cuál es el lado más luminoso del teatro? Fernando.-Bueno,
el lado oscuro está uno abordándolo siempre, es decir, uno hace teatro
por responder preguntas, uno hace teatro por resolver inquietudes,
entonces hay descubrimientos…cada obra de teatro, nada más porque a uno
le guste o que le interese, hay algo de uno rondando ahí. El ejercicio
mágico del teatro es que al adentrarnos en eso, salta de adentro de uno
la energía, es decir que todo el pozo profundo, toda la energía para
que uno pueda realizar las cosas surgen siempre del lado oscuro…
Sandrita.- ¿No del lado luminoso? Fernando.- No
del lado luminoso, no porque el lado luminoso es todo aquello que ya
salió a la luz y ha sido trabajado y conocido y manejado; el lado
luminoso es aquello de lo que uno ya es dueño. Trabajar sobre las zonas
oscuras es lo que las vuelve luminosas, es decir, uno trabaja para
ganar luz. Tocar zonas prohibidas, zonas oscuras siempre resulta en un
susto tremendo, son zonas de dolor, son zonas de cosas que no gustan,
porque uno siempre está pensando que es algo y resulta que es otra
cosa. En puestas distintas eso sí me pregunto ¿porqué estoy haciendo
esto? ¿qué es lo que me llama la atención? Y de repente uno va
descubriendo. Generalmente son cosas que no gustan. Son cosas de uno
con las que tiene que aprender a convivir…el asunto es ése, qué hay
dolor, hay susto...lo que podría decir de manera general es eso: que
son cosas que uno no acepta y no le gustan, y que están cargadas de
dolor y que están cargadas de rencor y que están cargadas de una serie
de historias, reales o inventadas, pero que están latiendo, entonces el
trabajo con las obras ayuda a que todas estas cosas se vuelvan más o
menos conocidas o manejables… otra cosa es poder aceptarlas.
Un amigo
mío que es psicoterapeuta me estaba diciendo qué es lo que no le gusta
del teatro. Me decía: “Justamente a mi no me gustan esas cosas del
teatro, porque los que hacen teatro están locos. Están locos porque
deciden adentrarse e investigar en otras vidas, en su vida, pero no
solucionan nada” Pues no, el teatro no soluciona nada. Alguien que está
en psicoterapia sí está tratando de solucionar cosas, en el teatro no
se soluciona nada, pero uno se siente hermanado en…, porque si bien no
lo soluciona, lo comparte. Compartirlo ya es un acto que se vuelve
feroz en el sentido de que voy a mostrar mi espanto, voy a mostrar mi
dicha, y esa dicha será la dicha y el espanto de los otros; hay un
momento en que uno se siente igual y sostenido y comprendido. El teatro
es maravilloso -y ahí empieza la parte linda- la parte luminosa
comienza en e l momento en que uno se da cuenta que en el teatro las
cosas pueden ser por una vez como uno quisiera que fueran, hacia el
dolor o hacia la dicha...por una vez, el mundo como yo lo miro, como yo
lo entiendo, y la magia de hacer teatro es causar en otros la conmoción
que yo he sido, o mostrar a otros el dolor que yo he vivido. En ese
momento uno se siente compensado: los otros sonríen como uno quiere que
sonrían o ríen a carcajadas o producen un silencio profundo (a mi me
gustan más los silencios que las risas), el momento en que, tanto dando
clases como haciendo teatro (es que dar clase para mi es una forma de
hacer teatro de todas maneras) cuando uno hace que se produzca un
silencio general, ése es un momento muy gozoso para mi, porque yo he
atravesado ése silencio, todos están sintiendo lo que yo estoy
sintiendo, y eso es una parte técnica también, es decir, si todos están
sintiendo lo que yo quería, el recurso técnico está logrado, es decir,
estamos hermanados y hay una manipulación técnica, está ocurriendo en
muchos niveles a la vez. Yo a veces me pregunto, cuando viene el
aplauso, de los estrenos sobre todo, uno sale y la gente mueve las
manos y hace ruido y se inclina y se siente tremendamente complacido, y
yo digo es que no puede ser que aplaudan con esto, porque es como lo
del perro de Pavlov, pero a fin de cuentas forma parte del lado oscuro,
hay una especie de sentir una sensación de pobreza muy grande que se
llena con la aceptación de los otros, uno hace muchas cosas para que
los otros le den las gracias, lo reconozcan y le agradezcan, yo creo
que esa es una de las partes más duras del lado oscuro, (risas de los
dos) ¿por qué? Porque no es nada, ¡ no es nada! Yo creo que una de las
grandes satisfacciones, más que el aplauso mismo es lograr conmover a
los demás, porque en ese momento los demás me entienden y se sienten
comprendidos.
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| Sandrita.- ¿Y porqué sigues haciendo teatro? Fernando.- Pues porque
es como una adicción, forma parte de la cosa oscura (riéndose)
precisamente porque como uno no está solucionando nada, necesita
replantearse el asunto muchas veces. La gente tiene (aunque tenga
distintos tonos y distintos momentos) tiene temas básicos en su vida,
entonces uno busca, indaga, investiga, pero siempre hay un hambre
tremenda: ya lo vi de una forma, pero ahora lo veo de otra y ahora se
ve de otra, pero ahora se ve de otra...yo creo que es algo vocacional,
hay algo que se está tartando de cubrir y de llenar, pero lograrlo
implica una necesidad de volver a intentarlo. Esto que se está buscando
en la vida siempre, como una necesidad de permanencia: de que el amor
no se acabe, de que las relaciones no evolucionan, de que los hijos no
crezcan, de que uno envejezca, como en el teatro no es posible porque
las temporadas tienen una duración - es tristísimo que se acabe una
temporada entonces hay un espejo ahí de vitalidad que tiene que ver con
el estrés, las carreras, la angustia, pensar, sentir, que uno necesita
salida, es decir, es parte de la vida. Al teatro, dice Luisa Josefina
Hernández en una obra “Al teatro vamos a ver vivir” para que los otros
nos vean vivir, tenemos que haberlo vivido antes, entonces cuando la
temporada acaba, hay una necesidad tremenda de seguir viviendo, si
trabajas sobre la vida, trabajas sobre la escena, entonces es una
especie de adicción...no podría decirlo de otra manera, es una cosa
adictiva, si uno no lo hace se muere.
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| Sandrita.- Hace como dos meses, un director tampiqueño publicó una nota
en donde decía que los maestros que últimamente han venido al puerto
vienen a comer mariscos, a cobrar un montononal de dinero y a reírse de
los alumnos, porque no les importaba lo que fueran a dejar a los
alumnos. ¿Tú porqué viniste a Tampico? Fernando.-¡Ay a mi los
alumnos sí me importan! Yo no concebiría dar una clase o una función si
los alumnos no me importan o el público no me importa. A mi me importan
mucho los alumnos ¿por qué? Porque como uno trabaja por esa necesidad
mágica de principio, uno necesita ser atendido…luego uno necesita
explicar lo que entendió. Yo voy a donde me inviten y a donde me llamen
porque es como cuando uno ve una película y le gusta y le pide a un
amigo que lo acompañe y luego a otro amigo que lo acompañe, para que
todos vean lo que uno disfruta, es decir, es compartir lo que yo
disfruto, compartir lo que yo sé y lo que he estado entendiendo, es un
afán de compartir, de llevar a otros. A mi me conmueve mucho la
conmoción de los alumnos. Hay gente que está pensando las cosas como yo
antes no las había pensado. Yo no podría no pensar en los alumnos,
tengo una madre que es maestra, mis más grandes amigas son maestras,
las personas importantes en mi vida siempre han maestras, curiosamente.
Uno da clases porque es forma de agradecer lo que uno entiende, yo
recuerdo los asombros que me daba echar una sola frase en la que uno se
conmueve porque entiende muchas cosas, si uno es capaz de eso, uno
tiene que darlo…yo doy clases para compartir, yo doy clases para
conmover….y más allá, en este viaje yo estaba dando dos cursos y no vi
la playa y casi no vi la ciudad, eran 8 horas de clase diarias, pero
las mejores clases son las clases donde los alumnos están con los ojos
atentos y están conmovidos, porque entonces están dándome su energía y
yo crezco y puede dar uno 8 horas de clase diaria y salir uno en alto,
muy, muy en alto. Las clases cansadas y aburridas son en las que la
gente no se interesa y no contesta y yo creo que si uno viene
interesado y si uno viene conmovido y si a uno le importa su teoría uno
va a conmover y a interesar porque el interés de la gente sólo en parte
está en la gente y la otra parte depende mucho de uno, entonces yo no
concebiría dar una clase en donde a mi los alumnos no me importen, como
tampoco podría dar una clase cuando no le importe a los alumnos, pero
sí se que parte de mi trabajo es seducir, tanto en el teatro como en la
clase…parte de mi trabajo será interesarlos y dar a que sonrían cuando
yo quiero que sonrían y a que se queden muy serios, exactamente igual
que en el teatro…entonces, que alguien esté pensando que uno da clases
para obtener ganancias- yo creo que esa gente sí existe, pero las
clases tendrían que ser muertas de aburridas- es un pensamiento muy
poco generoso ése , es un pensamiento de no saber recibir, de no saber
aceptar, de no saber escuchar, eso es lo que yo creería de ese juicio.
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| Sandrita.- ¿Te gustó Tampico? Fernando.-A mi me encanta Tampico. Me
gustan mucho las ciudades con mar y Tampico tiene agua por todas
partes, lo cual es una delicia. Es una ciudad en donde uno no padece
–por lo menos en las épocas que yo he venido a Tampico- no padece el
calor, la comida es deliciosa, la gente, por lo menos los alumnos que
me han tocado a mí, son alumnos con muchas necesidades, tienen
necesidad de entender, piden libros hacen preguntas, están
atentos...una forma de agradecer es la posibilidad de que yo pueda
aprovechar lo que tengo; los alumnos que yo he encontrado en Tampico
son alumnos que están aprovechando las clases, es decir vienen a todas
las clases, son puntuales en las clases y eso demuestra interés; yo he
encontrado muchísima calidez en Tampico, he encontrado interés, he
encontrado alumnos atentos…quizá no se vayan a dedicar al teatro, pero
son gente que comentan…estuve dando clases a unos músicos y me dicen
“yo no conocía el teatro, sé que me falta mucho por aprender del teatro
pero esto me ha servido para cosas que me están pasando” en ése momento
la clase se vuelve útil y uno se va muy contento de aquí ¡muy, muy
contento!
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