| Dionisio Valderrama |
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Jun 30, 2007
La Carnavalesca vida en el Tranvía Agazapada en el fondo del vaso, una idea asomaba la cabeza en busca del momento propicio para lanzarse al asalto del bunker-cabeza de Mateo, quien se entretenía mirando y estudiando el comportamiento de los distintos parroquianos que ocupaban los taburetes del bar. Uno de estos, una hembra sin mayor virtud que estar en el rango de edad adecuado para ser abordada por él, le exigía cada vez más tiempo de observación. Y así, mientras la hembra en cuestión le devolvía por fin la mirada y Mateo se empinaba a fondo el vaso para darse valor de mantener el contacto visual, la idea se precipitó junto el Daiquiri a su garganta para posteriormente desparramarse en sus entrañas, sistema y cabeza.
<< El tranvía cubre un itinerario y su ruta forma un perfecto círculo>>
Fue como una descarga eléctrica. Una explosión que detonó en todos sus censores. Pudo olerla, saborearla, escucharla, sentirla y verla desfilar ante sus ojos; nítida, voluptuosa y pura. Fue un segundo, un disparo, mas al instante mismo que siguió a tal revelación Mateo supo que su vida había cambiado para siempre. Una puerta se había abierto solo para revelarle que existía otro mundo detrás del mundo que conocía.
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| - ¿Cómo te llamas?
A Mateo le sorprendió la proximidad de aquella voz que lo extraía abruptamente de su catarsis, mas supo controlarse sin que fuera demasiado obvio su desconcierto. Miro a su izquierda para encontrar junto a él a una mujer que no había visto antes entre los clientes del bar. Castaña, piel blanca, de formas mucho más agradables que las de espécimen que había estado contemplado toda la noche. - Mateo. - Soy Laura. No te había visto por aquí. - No, no soy de por aquí. Laura vestía chaqueta de cuero y una minifalda bastante entallada. Mateo no pudo evitar deslizar la mirada por las piernas largas y bien de torneadas de su interlocutora. - ¡Ah! ¿Y qué haces aquí? ¿Esperas a alguien? - Sí, espero a alguien. – Mateo hace una seña al cantinero para que le sirva otra copa – Tal vez seas tú. - ¿Yo? – sonríe – No lo creo. No te conozco. Después de un breve silencio Mateo concluye. - Sí. Creo que eres tú.
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| Media hora después salen del bar y se dirigen al tercer piso del hotel donde Mateo alquila habitación. Laura es un delicioso ejemplar, infla tanto la libido de Mateo que casi lo hace olvidarse del extraordinario mensaje que había recibido menos de una hora antes. Sin embargo, cuando ya están frente a la puerta y Mateo está a punto de hacer girar la llave que hará irrevocable la promesa de sexo casual, un nuevo alud sensorial lo conmociona:
El tranvía es rojo sangre, rojo vida, rojo movimiento. Es la respuesta a la quietud perpetua, al devenir fronterizo, a la nulidad acumulada…
Está vez el golpe es más fuerte y el cuerpo lo reciente. Un delgado hilo rojizo escurre por la nariz de Mateo hasta mancharle el cuello de la camisa. La cabeza se le pone pesada, pierde el equilibrio y debe recargarse contra la pared para no caer. Laura lo sujeta, gira la llave, lo introduce a la habitación y lo acompaña hasta la cama. Le pregunta si se siente bien, a lo que Mateo responde que no es nada, que ya pasó, que se está sintiendo mejor. Miente, mas al poco rato, después de algunos besos y unas botellitas de whisky del frigobar, la aseveración se hace cierta, el episodio se medio olvida y retornan a hacer lo que habían ido a hacer.
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| Pasan algunas horas. Mateo se despierta cuando el reloj marca las 3:33 AM. Laura duerme junto a él, lo que le resulta algo extraño, ya que le parecía una regla no escrita el que, después de un encuentro de sexo casual en un hotel, el participante no-huésped debía marcharse; en este caso, ella. Mateo camina hasta la chaqueta de Laura y extrae de está una cajetilla de Malboro Rojos. Había dejado de fumar desde hacía años, aunque también había abandonado el sexo con desconocidas desde hacía tiempo. Se estaban cerrando círculos. Algo cambiaba dentro de él y pensó que el humo azulado entrando en sus pulmones era la diéresis perfecta para matizar el momento. Era una noche donde los placeres de antaño servían para brindar por el incierto futuro.
Afuera la ciudad está calma; dentro, el hotel es una tumba. El único sonido identificable en el ambiente es el del reloj de pared, con su ritmo seco y monótono. Mateo se pone de pie, se dirige a la ventana y se apoya en el marco de ésta. Ahora, con la testosterona a niveles controlados, puede percibir a su sistema permutando. La conmoción pulula en su cuerpo, crece en su pecho, en sus brazos, en sus piernas y en su cabeza. En un momento cierra los ojos y se pierde. Es arrastrado por colores, sonidos y toda clase de sensaciones……
<<¡Última llamada, última salida! ¡El Tranvía se marcha! ¡El Carnaval empieza!>>
Mateo sale del orgásmico sopor que se había apoderado de él y, aún semidesnudo, se precipita fuera de la habitación, baja las escaleras y llega a la calle justo a tiempo para ver girar por la esquina, deslizándose sobre rieles invisibles, a la máquina de los mil años; a el vehículo de los muertos; a el tranvía rojo donde la fiesta nunca termina. El espectral ferrocarril dionisiaco se detiene frente a Mateo y abre las puertas, invitándolo a una eternidad de zamba, lentejuelas, baile y diversión. Sin dudarlo un segundo Mateo sube y, en cuanto la puerta se cierra tras de él, nota que ha dejado olvidados, junto al cuerpo cansado de Laura, los cigarrillos. Pensó entonces que, a menos que los fantasmas le compartieran su tabaco, sería un largo carnaval sin nicotina en sus pulmones.
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