Literatura
GABRIEL NO LO LOGRÓ
Joaquín Peña Arana


Gertrude Fehr

 Jul 13, 2007   


Escuchó el rumor
de la ciudad que invadía su habitación penetrando desde la ventana. Moría la tarde.

Olvidó por un momento su mano sosteniendo el vaso de ron con hielos. No sintió el  temblor en su párpado derecho, abandonado como estaba en ver los últimos rayos de sol de ese día. El ruido de un autobús lo retornó a su presente en un austero departamento de la Ciudad de México.

Cuando el último vestigio de sol desapareció dio un sorbo al vaso y cerró la ventana. Ante él, un desastre.  Ropa sucia abandonada en los rincones, un piso sin barrer ni trapear, muebles vencidos por el tiempo y el maltrato.  Pero si algo dominaba el panorama eran los libros. Muchos de ellos, cientos.  También revistas, recortes de periódicos, álbumes fotográficos, hojas de papel revolución. Aquí y allá había paquetes como si fueran ladrillos de cuartillas que habían pasado ya por la máquina de escribir. En la mesa estaba su vieja y querida Remington. Todavía funcionaba a pesar de sus veintitantos años de uso.

Se acercó a ella.  Revisó lo que llevaba escrito sin sacar la hoja.  “Entonces, vislumbrando el momento maravilloso del encuentro, la pareja se desvaneció antes que la niebla devorara para siempre aquella impenetrable tierra de recuerdos y magia”. 

- Está bien, voy bien – dijo en voz alta.

Volteó a ver uno de sus más preciados tesoros. Adentro de una caja de cartón que no se había movido de su lugar desde hace ocho años dormían páginas amarillentas escritas en otro tiempo . Añoraba dolorosamente el máximo esfuerzo de toda su vida. Su vida eran esas páginas. Su gran novela.


Richard Avedon


Por ella se encerró
a escribir durante meses. En ese tiempo su esposa realizó verdaderas proezas para mantener a un marido obsesionado con la obra que cambiaría su vida  y a sus hijos que nos sabían de literatura sino de comer y vestirse.

Ya habían pasado cuarenta años de ese momento en que él conoció por primera vez la locura.

No necesitaba sacar las hojas de la caja. Conocía de memoria su contenido. Pero los rostros de quienes estuvieron en su vida, esos, amenazaban con desaparecer. Por eso los tenía a la vista en una repisa empotrada en una pared cada vez más carcomida y triste. Ahí estaba la foto de familia. Él, joven, muy joven, con su esposa y sus hijos de preciosa niñez. Después del divorcio ella se marchó llevándolos a nunca supo dónde.  A un lado, estampas de momentos en que había sentido la vida recorriendo sus venas. Rostros sonrientes en blanco y negro. Eran, fueron, habían sido, el grupo de amistades del ambiente cultural donde buscó abrirse paso a golpe de tecla. A veces sentía alegría por ellos,casi todos habían logrado publicar y sabía que les iba bien aunque hacía tiempo que dejó de comprar periódicos y ver o escuchar las noticias. Algunos depositaban secretamente algo de dinero para él sin saber si le tenían estima o lástima.

Solo la radio con música de vallenato o sus discos de 33 revoluciones eran su única compañía.


Werner Bischof


A veces dejaba que la envidia largamente adormecida aflorara como el sudor, en particular, cuando veía la foto en donde él posaba en medio de Carlos y Mario, sus entonces amigos entrañables. “Lo lograron” decía esto en voz baja.

“Lo lograron”. 

Observó su rostro de juventud. Era el de otro. El cabello una maraña oscurísima y un denso bigote coronaba sus gruesos labios.  Su mirada parecía arrogante, como la de un hombre que se sentía sobrado de todo y nada.  Como si las cosas le aburrieran. Como si el mundo jamás se mereciera una palabra suya. 

Escuchó que tocaban a la puerta. “¡Quién!”, gritó.  “Soy yo señor, vine ayer a buscarlo, soy reportero de La Jornada”.

- ¿Qué vienes a buscar? -  le inquirió.

- Quiero hablar con usted, que me cuente su historia.

“Mi historia”, dijo en voz baja. “Mi historia hace tiempo que se la llevó un viento”.

Tuvo entonces un deseo muy intenso.  Quiso abordar un tren que lo llevara de regreso al pueblo donde nació. Pero había olvidado su nombre.

Recordó el vaso de ron en su mano. Sintió algo extraño al ver el hielo.


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