Literatura
Domingo Lunez (Casualidades del Tokio Bamboo)
Iván García



 Aug 5, 2007   



Nací en un pueblito de Oaxaca y fui abandonado en otro pueblo cercano, mi madre me dejo en la puerta de una iglesia justo cuando era la media noche, el sacristán me descubrió ya que vio a mi madre dejándome allí (o la que el suponía que era mi madre), Todo lo vio desde la torre del campanario donde acostumbraba a beber clandestinamente el vino de consagrar y fumar  los puritos del cura del pueblo.

Dicen que el día que me encontraron un temblor se sintió en el pueblo, era de tal magnitud que la misma iglesia en la que fui depositado quedo casi en ruinas, de ahí en adelante fui considerado como un ave de mal agüero, como no tenía nombre el cura del pueblo y el sacristán decidieron nombrarme Domingo y apellidarme Lunez, quesque porque me dejaron a la media noche del domingo justo cuando se convertía en lunes, háganme el chingado favor, cuando cumplí mis dieciocho años decidí irme del pueblo con rumbo a la capital, buscar un buen trabajo y así ayudar a reconstruir la iglesia, que con mi llegada había sido destruida, me sentía en deuda, con la iglesia, el pueblo y el cura, de paso andando en la capital y con mi mayoría de edad podía cambiarme el nombre por uno más chingón, siempre me había gustado harto el de Filemón, así se llamaba un cuate del pueblo que tenía mucho pegue con las viejas, seguro que era por su nombre.

Al llegar, todo parecía como otro mundo para mi, edificios grandotes, automóviles modernos y no las viejas carcachas que escasamente había en mi pueblo, pero sobre todo y lo que mas me emocionaba era que había viejas bien buenotas, ahora sí mi vida cambiaría para siempre, adiós a las bigotonas de Oaxaca, bienvenidas las mamitas de la capital.




En el mero principio no fue nada fácil, comencé por cargar bultos en una central de abastos, y por las noches ayudaba a una señora que vendía tamales cerca de la misma central, ganaba poco, si apenas alcanzaba para pagar el cuartucho que compartía con un vendedor de refresco de una arena de lucha libre, el cuarto se ubicaba en la azotea de una vecindad, en la que también vivía la señora que vendía los tamales, en una ocasión confieso que por necesidad y por mucha hambre que tenía, tuve que sabrosearme a la ñora de los tamales, pero justo ese día llego temprano de trabajar su viejo, el cual era conserje de una escuela nocturna, al darse cuenta de que su vieja le hacía de chivo los tamales, le metió una cachetada entre ceja, oreja y sien, y pues la verdad si me encabroné, en el pueblo siempre se me había enseñado que a las mujeres no se les golpea, y tuve que entrarle al quite, dos tres madrazos por aquí, otros dos tres por allá, hasta que el cornudo, saco un machete de debajo de su cama, ahí si tuve que emprender la huida. No volví a saber nada de la señora de los tamales, de la vecindad ni de nadie.

Deje también mi trabajo en la central de abastos porque como había dicho antes, estaba muy cerca de la vecindad, después de días vagando y comiendo sobras de los botes la basura, me encontré a aquel sujeto con el que compartía el cuarto, Felipe se llamaba, por alguna extraña razón le dio gusto verme, ¡Filemón! Me dijo y me abrazo muy fuerte, oye como estas hermano, fíjate que te tengo una oferta de trabajo, en la arena en la que trabajo hace falta un vendedor de refrescos ¿te animas? Se gana bien, así dejas de vagar por la calle y empiezas a comer algo decente. Hasta eso el Felipe tenía razón necesitaba comida caliente y un lugar donde pasar la noche sin que las ratas te estén mordiendo.


Cuando empecé a trabajar en la arena todo cambió para mi, nunca había visto nada parecido, el mundo de la lucha libre era algo fascinante, me hipnotizaban, esas mascaras y capas brillantes, y las mujeres que iban a la arena, como se podrán dar cuenta las mujeres son mi delirio, en especial una de piernas bien torneadas, cadera ancha y unas nalgotas que ¡ay dios mió! era novia de un luchador creo, un tal Abulón Dorado, y se llamaba Rosita, todos los viernes iba a la arena Naucalpán a verlo luchar, y si he de ser sincero el tal Abulón era bueno. Siempre la veía y me quedaba babeando por ella.

De repente empecé a ver que el Abulón ya no luchaba, pero ella seguía yendo a la lucha, un día me anime a invitarla a salir, fuimos al cine, a ver una película del Santo, en donde salía la mamasota de la Sasha Montenegro, después a cenar y terminamos rechinando el catre en su casa, al estar en pleno acto, se escucho el timbre de su casa y salio a ver quien era, pues ni mas ni menos que el Abulón Dorado que había regresado de luchar en Japón, entro e intento madrearme, yo obvio no me iba a dejar, y no note que tenía una pierna fracturada por lo que le metí una buena madrina, y como se había vuelto costumbre salí huyendo, alguien se entero por ahí de lo sucedido y me ofrecieron trabajar como luchador.

Ahora las cosas empiezan a ir mejor, Rosita regreso con Abulón después de un tiempo, porque según ella, Lo quería un chingo. Yo ya gano más lana, y empiezo a juntar para ayudar a la iglesia del pueblo, y acabo de conocer a una china que se llama Ai, que como me gusta, y nunca se me ha hecho con una china.


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