Literatura
Mercado Cárnico
Dionísio Valderrama /Ilustraciones: Dionisio Valderrama también.



 Sep 22, 2007   


Jerry no podía mantener  la vista fija en un sitio, sus ojos vagaban dando tumbos sobre los ocupantes de las demás mesas y sobre los jugadores de billar que abarrotaban el lugar bebiendo cerveza y armando alboroto. Hablaba sin mirarme, mordiéndose las uñas hasta que la cutícula cedió y broto la sangre. Se limpió con una servilleta y después de un silencio que duró todo un cigarrillo, dijo: <¿Eres mi amigo, cierto?>.  Asentí.  En su rostro había duda, no de mi respuesta, sino de cómo continuar. Volvió a hacer un patrullaje visual sobre la fila de rostros que coexistían  en el sitio, dio un trago a su cerveza y al fin soltó la frase que llevaba horas atormentándolo.

 – Quiero verte haciéndolo con mi morrita.

      No conteste de inmediato. En mi mente se formularon decenas de preguntas pero no me decidí por articular alguna. Estaban de más. No eran más que cuestiones diplomáticas y la diplomacia no es el fuerte de Jerry. Permanecimos en silencio. Termine mi cerveza, encendí un cigarrillo y le conteste:

- Si es lo que quieres, esta bien.

    Sin sonreír o manifestar emoción asintió. Acordamos que seria al día siguiente en su apartamento. Nos encontraríamos ahí y veríamos que pasaba. Después dijo tener que irse y se marchó pagando la cuenta. Yo bebí unas cervezas  más y regrese a casa caminando y quemando Camel’s hasta que la cajetilla se vació.



Al día siguiente a  las 7 PM fui a su departamento. Jerry no estaba. Me abrió Nancy, su chica, que llevaba para entonces tres semanas viviendo con él. Vestía una playera de un concierto de Pastilla y unos shorts a rayas casi ridículamente cortos que dejaban ver unas piernas morenas y bien formadas que daban ganas de morder.  Me hizo pasar diciéndome que Jerry no tardaría en llegar. Me pidió que la disculpara y fue a su habitación, invitándome a beber o comer cualquier cosa que pudiese encontrar en la cocina.  Me dirigí al refrigerador. Había varios botes de cerveza y  un par de litros de vino en tetra-pack. Tomé un bote y me senté a esperar. Desde la habitación Nancy comenzó a hacerme conversación. Su trato era el habitual, cordial e inocente, lo que me hizo pensar que Jerry no le había contado lo que tramaba. Estaba nervioso y considerando la situación pensé en marcharme. No lo hice. Por algo dicen que la curiosidad es un virus con alto índice de mortalidad. Además, mi razón se había nublado desde el momento que vi el trasero de Nancy desprovisto de panties debajo de las rayas del short. La lujuria es un virus aún más contagioso y potente que la curiosidad
    Quince minutos después llegó Jerry con una botella de vodka bajo el brazo. Sirvió tragos y conversamos los tres un rato. En el estéreo sonaba Kid A. Jerry estaba alocado, hablaba y hablaba de los panditas verdes que nadie quiere, relacionándolos con los negros, judíos y chinos. Reíamos y bebíamos. Cuando la botella iba a más allá de la mitad tomo a Nancy y la llevó a la habitación dejándome solo. La idea de marcharme fue de nuevo tentativa. Pero antes de poder decidirme Jerry  regresó. Su actitud había cambiado. Parecía ahora solemne, como si fuese un sacerdote a punto de iniciar un rito.  Y creo que en su cabeza eso creía.

- ¿Estás listo? – Preguntó.
- Creo que sí. – respondí - ¿Y tú?
- Sí
- ¿Y Nancy?




Jerry asintió con la cabeza, y se dirigió  a la habitación, pausado, esperando que lo siguiera. Lo seguí con el trago en la mano. Las luces estaban apagadas, solo la televisión sintonizando ruido blanco estaba encendida. Nancy estaba en el centro de la cama como un cordero que espera ser sacrificado. O al menos eso pensé hasta que vi sus ojos. En ellos no encontré la resignación del inmolado, sino un  brillo inflexible de lujuria. Una mirada que una hembra solo te regala cuando te desea. Me sacudió. Fue hasta ese momento que entendí que toda la empresa era una mala idea. Se lo dije a Jerry. Le dije que no podía hacerlo. Pero mientras lo hacía Nancy comenzó a besar y cuello y a desbotonarme la camisa. Cerré los ojos y me di cuenta que había llegado al punto de no retorno. Así que seguí. Le pedí a Jerry que se marchara un momento y así lo hizó. Desnudé a Nancy y comencé a besarla. Sus piernas me atraían con fuerza hacia ella. Sus senos invitaban a mi lengua y sus caderas a mis manos. Me deje llevar. Jerry regresó con un par de cervezas, tomó una silla y se metió al closet a disfrutar el espectáculo. No dijo una palabra ni emitió ningún sonido. Se volvió un fantasma vouyerista mientras me arrodillaba frente a los altares de Nancy y los profanaba. Casi olvide que estaba ahí hasta que terminamos. Nos dejamos caer cansados sobre el colchón. Después me levante y fui por una cerveza. Cuando regresé para vestirme Jerry había salido de su escondite energetizado y lascivo. Tomó a Nancy por las caderas, la alzó y comenzó a penetrarla con violencia. Ella parecía disfrutarlo. Entendí que mi labor había terminado. Tome mis cosas y me marché pensando que las cosas habían salido bastante bien. Solo cuando llegue a mi casa me di cuenta que había olvidado mis llaves.


Consideré apropiado dejar pasar algún tiempo antes de buscar mis llaves. No las necesitaba, aunque me incomodaba el hecho de que cualquiera pudiese acceder a mi casa impunemente y vaciarla.  Pasaron dos semanas antes de que fuese a buscarlas.  Nancy abrió la puerta. Estaba aburrida y me invitó pasar y a beber porque no le gusta hacerlo sola. Jerry trabajaba como repartidor y había ido a atender negocios fuera de la ciudad.  El único alcohol disponible era el tinto en tetra-pack, así que resignados retiramos su corcho de aluminio y lo servimos en vasos de unicel. Charlamos de cosas ordinarias, sin rememorar nuestro anterior episodio exhibicionista. Me contó que pensaba retomar la pintura, que la situación con sus padres iba mejorando, que Jerry a veces era un verdadero patán y que por más que se esforzaba no podía enseñarlo a bajar la tapa del inodoro. Afuera empezó a llover. Me dio mis llaves y  cuando me disponía a marcharme cometí el error de  mirar sus ojos. La descubrí como una Medusa cuyo poder pétreo se centraba en la parte baja de la cintura. De nuevo me deje llevar, está vez sin ojos siguiéndonos desde la oscuridad. Lo hicimos sobre la mesa como salvajes, como gatos en celo, como si el mundo fuese a explotar en cualquier momento, como si fuésemos maquinas jodedoras de última generación.  Ella se cernía con mis costados con fuerza, como si quisiese romperme las costillas, y aullaba y gemía y trasmutaba en mil mujeres distintas.  Ella acabó y yo acabe. Después volvimos a empezar. Me fui ya entrada la noche, extenuado, pero libre de culpa. Jerry había abierto la puerta al realizar su experimento. Cualquier ensayo en el laboratorio cárnico tiene sus repercusiones. Daños colaterales podrían llamarse. Jerry es un tipo listó y debió considerarlo antes de abrir la caja de Pandora. Pero no lo hizo.

Al cabo de una semana Nancy me llamó. Me dijo que tuviese cuidado porque Jerry me andaba buscando. Se había enterado de lo ocurrido y no lo había tomado bien. Al parecer quería matarme.

- ¿Quién lo entiende? – Me dijo – Primero quiere que cojamos y luego se encabrona porque le hicimos caso.

    Al poco tiempo encontré a Jerry en un toquín. Se acercó a mí y si más dijo: "Dijiste que eras mi amigo" . Después se levantó la playera para mostrarme que llevaba una pistola atorada al cinto. Calibre pequeño, para chica, pero igual mata. Me pidió que saliésemos para aclarar las cosas.   Le dije que sí y simulé avanzar a la salida. Cuando me dio la espalda le reventé mi botella de XX la cabeza y cuando volteó aturdido a mirarme le di un derechazo y fue a para de boca al piso. No se levantó. Yo  salí de ahí huyendo, convencido de que Jerry no volvería a parecer en una de mis fiestas de cumpleaños nunca más, o al menos no con buenas intenciones.

    Desde entonces no lo he visto. Nancy regresó a vivir con sus padres al poco tiempo. La he visto un par de veces desde entonces y debo admitir que sus ojos siguen teniendo sobre mi el encanto pétreo de medusa.

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