| Carlos Juárez |
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| Nov 10, 2007
Tal vez la noche más esperada del IX Festival Internacional Tamaulipas era ésta, Omara Portuondo lanzó su voz sobre nuestras cabezas y la felicidad de su vida se mostró en sus ojos. Apenas corrió el telón, la música cadenciosa daba inicio a una ceremonia marcada por la sutil danza que Omara ofrece a los orishas, junto con el sonido de los tambores y las voces que esta noche sonarán.
Los seis músicos que la acompañan sonríen entre ellos al terminar la primera canción, sabedores de la candela que se sentirá y del palpitar incesante de sus instrumentos, que en silencio hablan entre ellos. El público se arranca en aplausos para los allí arriba presentes y ellos sin menor reparo inician una nueva melodía llena de amor y brío. En este instante se reafirma la certeza de que no es el lugar idóneo para este concierto, en el cual la premisa es bailar y gozar.
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| ¿Acaso alguien duda del talento de los músicos que la acompañan esta noche, y su magia para lograr la sonrisa extasiada del público, que los mira-mover-manos-a-música? El ambiente empieza a soltar sus primeros coros y al final de las canciones se escuchan las voces desde las butacas pidiendo temas que ha interpretado la (por siempre) “Dama del Buena Vista Social Club”.
El concierto se torna un sube y baja de ritmos con un repertorio instalado en la infinita memoria musical del olvido. Omara rememora cuando escucha las peticiones, ríe de recordar, evoca un catálogo conocido de boleros, sones, guajiras e invoca a autores prodigiosos como José Alfredo Jiménez. Con su voz abandona al olvido cuando entona “Dos gardenias” y “Veinte años”, canciones que interpretó con Ibrahim Ferrer y Compay Segundo, respectivamente, durante el proyecto del BVSC.
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| Omara baila, canta, sonríe, bromea, aplaude, complace, invita al público a vivir, enseña a disfrutar estas cosas de la vida que no se encuentran en cada esquina, se sabe dueña del escenario, baja despacio con ritmo, moviendo las caderas y lo toca con la punta de los dedos, se reconocen una vez más y vuelve a sonreír para nosotros. El público no puede hacer nada más que corresponderle con aplausos y alaridos, unos que otros se paran a bailar, mueven sus cuerpos y la algarabía se propaga por las butacas. Al final aquella magia negra que inició su camino en el canto, nos posee y lleva al éxtasis.
Omara es Omara. Una certeza para el amor y la felicidad. Un bálsamo para el desamor y lo infeliz.
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