Literatura
Aimee |
| Aniria Mariella Nava Ponce |
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| Dec 1, 2007
Quince
minutos antes de que el receso terminara, Aimee corría hacía su salón.
Era común que dos o tres veces por semana utilizara el pretexto de
tener que copiar alguna tarea para salir un poco antes de la cafetería,
de esta manera podía lograr estar a solas con él unos minutos, lo que
se había convertido en un objetivo diario.
-Hola Aimee- dijo el profesor sentado en el escritorio con su lista de asistencia entre las manos.
Aimee
saludó con la mirada y se dirigió a su asiento. Sacó de su mochila una
pequeña libreta color púrpura, la cual una gran cantidad de pequeños
papeles entre sus páginas le daban la apariencia de estar apunto
estallar.
-¿Qué vamos a ver hoy en clase?- preguntó mientras hojeaba las hojas a lo tonto. -
Si tu compañeros me lo permiten, quizá intente terminar el tema de La
reforma - el profesor sacó de su maletín una carpeta, y la puso sobre
el pupitre de Aimee. Su asiento estaba justo enfrente de él, por lo que
ni siquiera se levantó. - Eres buena escribiendo, aunque tienes muchas
faltas de ortografía.-
-Tuve malos maestro, no puede culparme-
ella abrió la carpeta para ver mas de 20 correcciones marcadas con una
odiosa crayola roja a lo largo de la cuartilla. -Trataré de mejorar-
agregó con un poco de sarcasmo.
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| Para Aimee el tiempo pasaba lento, una sensasión de asfixia comenzaba a
marearla. Desde que entró a la secundaria, las constantes pláticas de 5
minutos con su profesor (ahora oficialmente su favorito) la tenían en
un torbellino emocional. Magali le había dicho un par de veces que él
la veía prolongadamente durante los exámenes mensuales. Gracias a que
ella era lo que se catalogaría como una estudiante mediocre y con bajos
niveles de concentración, podía darse el lujo de crear historias
fantásticas alrededor de todos los personajes de su vida, entre ellos
la escéptica Aimee. Sin embargo, fue Magali la que la convenció de
darle el boletó el viernes pasado. Ese fin de semana fue el más largo
de toda su vida, pero ahora nada en el profesor parecía haber cambiado.
Ambos
guardaba silencio, la privacidad del último piso a la hora en que todo
sano adolescente disfruta de las papas con refresco, les ofrecía una
privacidad ahora incomoda. Habitualmente ambos conversaría sobre algun
libro o las historias que ocurrian entre el alumnado. Ella solía reír
bastante mientras él asentía relajado desde su asiento ligeramente mas
elevando. Pero hoy no era ninguno de esos día. Aimee hizo lo más obvio
de su parte sacando su ipod. Centró su mirada en la libreta, llena de
boletos de autobus, la mayor parte de ellos colocados aleatoriamente
entre las páginas donde se podían leer letras de canciones y
anotaciones de la clase "querido diario". Pero era al final donde
estaba su verdadero tesoro. Hasta ahora había recaudado 44 boletos de
autobús cuya numeración (que en realidad se usa como folio) sumaban
mágicos veintiunos. Y era bien sabido por cualquiera en la escuela, que
el poseedor de un 21 puede exigir un beso del quien más se le apetezca,
cosa que Aimee jamás había tenido el valor de hacer, hasta hacia tres
día.
A las cinco para la una, su contemplación fue sacudida
cuando su boleto numero 45 calló desde mas arriba de su cabeza
agachada. Enfrente de ella el profesor la miraba con las tres arrugas
de su frente marcadas al máximo.
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| -Una vez me explicaste que era esto... pero quiero saber porque me lo
haz dado a mi- ahora él bajaba al nivel de ella para mirarla a los ojos.
-Se trata de un beso solamente - dijo en tono ecuanime mientras sus zapatos golpeaban contra el suelo.
-¿Haz besado a alguien alguna vez?- le preguntó
-No, y tú... ¿Haz...- Aimee se detuvo
-¿Qué? Dime rápido que no tardan en llegar tus compañeros-
-Y tu... a tu edad... ¿Haz besado una de trece años?-
Era
la una en punto cuando el timbre sonó, señal para que los alumnos se
agruparan en filas, ordenados por grupo y estatura para entrar a sus
salones. Justo antes de que dejará de sonar, las mejillas de Aimee eran
sujetadas por el profesor quien humedeció sus labios antes de besarla
con la ansiedad natural de un treinteañero ante una virgen. Ella cerró
los ojos. Él instintivamente bajó sus manos para tocar algo de su
pierna desnuda bajo la falda.
El beso fue rápido, lo suficiente
para que Aimee corriera a tomar su lugar que le correspondía en la
fila. Magalí estaba ahí, justo detras de ella, aunque midieran la misma
estatura.
-¿Te besó?- le susurro al oido.
-No, yo lo besé- le contestó Aimee, mientras comenzaba a sentir un sabor extraño en la boca- aunque no tiene un buen sabor.
-Es por la edad. Es por eso que te dije, que los hombre mayores no tienen chiste-
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