| Dionisio Valderrama |
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17 El cosmos estaba aburrido; vacío y aburrido. 18 La nada dominaba como celoso y voraz guardián de su reino… 21 No había suelo ni agua, ni música, ni fuego, ni frío ni calor, ni luz ni oscuridad, ni siquiera el letargo indolente de la inconciencia. Nada. 22 Partículas de ensueño flotaban queriendo formar algo, pero no se atrevían, no se acoplaban, no sabían qué ser y no sabían por donde empezar a ser…. 24 Así paso el tiempo, un tiempo inexistente y terminado antes de comenzar hasta que de pronto, de la nada surgió algo… 26 Fue entonces que las cosas se empezaron a poner interesantes.
“Chamy y el principio del Cosmos / Libro primero” Capítulo 1. Versículo 17 al 26 (con omisiones y posibles errores de traducción)
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La verdadera acción empieza cuando la rutina se rompe. El misticismo es activo, el ser humano sumiso ante él. El pop es el punto de convergencia desde donde la masa comienza a alienarse. Con la jardinera rota las cosas comenzaron a tomar sentido y proporción.
Cuando por primera vez me dieron las llaves del auto y me coloque tras el volante, todo nervios, transpirando más inseguridad de la que me creía capaz de producir, y acomodaba el retrovisor y el asiento, y giraba la llave de ese auto que nunca había conducido con deseos de que nada pasará, una idea intempestiva, apodíctica, casi dogmática cruzó por mi mente: “solo es cuestión de tiempo para que te estrelles”. Podría ser o no mi culpa, podría ser grave o no serlo, podría haber testigos o podría lograr un escape impune, pero a fin de cuentas pasaría, tarde o temprano; era tan inevitable como los 6 cráneos perforados y vacíos de 6 monos que juegan ruleta rusa durante un periodo de tiempo infinito.
No me estrelle ese día, ni al siguiente, ni esa semana o la que le siguió. Pasaron exactamente 17 días para que ese presagio disfrazado de pensamiento fatalista se hiciera realidad, y cuándo al fin ocurrió fue todo lo jodido que podía haber sido: fue mi culpa, fue grave y hubo testigos. Pero lo interesante del caso más allá del pequeño altercado, fueron los detalles que lo rodearon; nimiedades que se fueron sumando y que, como sucede con las profecías, cobraron sentido hasta después de acontecido el episodio al que buscaban hacer referencia.
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Era sábado. Por la mañana había estado hojeando libros sobre esoterismo heredados por mi abuelo (fanático de baño del tema) y algunos otros de los que me había venido asiendo en fechas más recientes. Uno de estos últimos era un diccionario esotérico que bajo el lema “Sabiduría trascendental para todos tipos de fe” compilaba conceptos básicos sobre temas espirituales bastante, bastante heterogéneos (pareciese que el autor había echado en una licuadora industrial el pezón derecho de Moisés, las patas de cabrío de Pan, un brazo de Jesús, la trompa de Ghanesa, el pene de Thor, 3 kg de grasa de Buda y el fémur de Jim Morrison, para después, ya molido todo, vaciar la mezcolanza rojo viscoso en papel blanco). Lo abrí en una página al azar y comencé a leer. Apenas había recorrido un par de líneas cuándo me encontré con una cita que llamó mi atención: “se apodera y domina al sujeto que siempre, más que su creador, es su victima”. La cita era de C. G. Jung, y estaba contenida bajo el concepto de Misticismo. Divagar sobre tal pensamiento me llevó el resto de la mañana y parte de la tarde. Me imaginaba como victima de un misticismo profundo, tan poderoso que a través de él lograba con plenitud el status de sabio, el cuál de otra forma estaría a años luz de distancia. Me regodeaba en el concepto de la mística, fornicaba con él. Sin embargo, cada vez que profundizaba más en la idea, más alejado me sentía de ella (seguía fornicando, pero ella ahora me volteaba la cara). Para mitad de la tarde la había mitificado tanto que ya era completamente ajena a mí. Había salido de mi mundo, de mis posibilidades. Era ya algo tan abstracto que no podía ser cierto. Cuando salí de mi casa, ya cerca de las 7, sentía que el misticismo había abandonado para siempre mi vida.
Recogí a Gina a las 7:30; lucía genial. Llevaba una falda lila y Dios (quién no existe) sabe que amo a Gina cuándo usa falda, sin importa el color. Desde que subió al auto me echó una de sus miradas y sin esperar a que le preguntase ¿a dónde vamos?, me dijo: Llévame a donde quieras. En mi cara se dibujo una enorme sonrisa. Falda y un “llévame a donde quieras” solo podían significar una cosa: MOTEL. Sorprendido y satisfecho puse el auto que llevaba 17 días conduciendo en marcha hacía la covacha de costumbre (la rutina es una droga a las que soy adicto). Llegamos, todo iba más que bien. Sin embargo mientras atravesábamos la cortina de tiras plásticas similares a las de un auto-lavado, de ese rincón de amor clandestino alejado de la Ira (inexistente) de Dios (inexistente) y más concretamente, de las miradas inquisidoras de familiares y conocidos, pensé para mí: “Joder, ya tienes auto y está ciudad tiene decenas de moteles que no has visitado aún, muchos posiblemente mejores que éste”. Desafortunadamente, para cuándo decidí que sería interesante ampliar los horizontes, ya estaba estacionado y con una mano en la cartera para pagar la cuota reglamentaria. No me quedó más que pensar a modo de consolación: “Disfrútalo, es la última vez que vienes aquí”. No tarde mucho en recomponerme… Ya solos, al igual que como pasó a las 7:30, recogí a Gina (auque ella bien puede decir que fue a la inversa. Dios (…) la bendiga). Para este punto la pérdida de la mística era ya un hecho intrascendente. |
Cuatro horas después la jardinera estaba rota con mi auto incrustado en sus ruinas. Gina, estupefacta, me miraba con los ojos redondos muy abiertos al más puro estilo Susan Sarandon mientras yo, aún con las manos en el volante y el cigarrillo sin encender en la boca, me limitaba a pensar: “ya valió madre”. En cuestión de segundos dos o tres mucamas nos rodeaban. Gina, sin decir palabra, se bajó del coche para hacer el recuento de los daños. Vio, hizo una cara de aversión y me llamó agitando la mano, posiblemente queriendo compartir ese secreto demasiado grande como para ser guardado. Yo no me movía de mi asiento. Tenía suficiente con imaginar la siguiente conversación con mi padre ( -Papá, choque el auto ….Sí estoy bien….Sí, hable al seguro….¿qué donde estoy?...mmm…Sabes donde esta el Motel XYZ….sí… adentro…..no te tardes, que no traigo la tarjeta de circulación) como para todavía enfrentar las consecuencias tangibles de mi estupidez. Y es que si errar de pedal dos veces seguidas mientras sales de reversa no es un acto puro de estupidez, entonces no sé que lo es. Aunque claro, en mí defensa podría argumentar que todo pasó porque aún no sentía las piernas después de tanta actividad física, sin embargo, ante los ojos de mi padre eso no sería una justificación suficiente. Joder, que estoy jodido. Y todavía se me acercaban las mujeres del aseo para preguntarme como había ocurrido si tenía rete harto espacio para salir. Joder. Sí, sé que era una problemática inocente. Todos fornican, es natural, aceptable. Ya estás grande. Y además ¿qué podría hacer mi padre en mi contra?; técnicamente nada. El problema estaba más allá de todo eso. El problema es que colisionaban diferentes facetas de mí vida. En mí familia nos hacemos de la vista gorda cuándo no queremos ver algo. Eso es sano. Eso hace familias felices. Sin embargo cuándo un fenómeno de magnitud considerable pasa, y las diferentes facetas se funden, nunca vuelven a disociarse.
Apareció de pronto un tipo de mediana edad; alto, pelo cano, delgado, vestido todo de negro. Caminaba ostentoso, derrochando autoridad. Desde que apareció a lo lejos las mucamas que nos rodeaban enmudecieron. Entendí que estábamos ahora en el reino de ese hombre, y ya no en aquel que habíamos alquilado. Lo que fuera a pasar, la manera en que nos íbamos a arreglar, sería concebida en su cabeza. El hombre se acercó, miró, hizo una cara de aversión similar a la de que Gina había esbozado momentos antes, colocó ambas manos en la enorme hebilla plateada de su cinturón y permaneció inmóvil unos segundos evaluando. Nos miró rápidamente, casi como si fuera solo una formalidad de la que no quería participar. Yo continuaba maldiciendo, caminando de un lado para otro, mientras Gina, recargada sobre el auto, esperaba una absolución divina. Nos veíamos patéticos; realmente patéticos (aunque debo decir en nuestra defensa que no era por falta de carácter, sino más bien por el cambio abrupto de estado de animó).
No sé si el hombre era un gran mercadólogo o si el estado deplorable en el que me encontraba (cuatro horas encerrado con un chica exquisita no son gratis: Pálido, ojeroso, bragueta abajo, solo dos botones de la camisa abrochados, despeinado, ojos rojos debido a que la sangre aún se encontraba concentrada en otro lado, etc.) le dio lástima, pero el punto es que a final de cuentas dijo: “No pasó nada”. Dio unas cuántas instrucciones a una de las mucamas, se dio la vuelta y se fue. Sin esperar a que el tipo cambiara de opinión Gina me haló hacia el auto, subimos y emprendimos la huida a muy baja velocidad. Logramos un escape casi impune.
El auto no estaba tan mal, solo tenía un enorme rayón en la defensa. Un rayón que no era significativo teniendo en cuenta que nos habíamos estrellado a unos treinta o cuarenta km/h contra una enorme jardinera de concreto. Deposité a Gima en su casa y fui a la mía donde el rayón no causo gran alboroto.
El domingo pasó sin sorpresas. Me dedique de nuevo gran parte del día a pensar en la mística y en cómo me había abandonado. Ya para el lunes, el recuerdo del altercado de la jardinera no era más que una leve resaca moral. Por la tarde vi a Gina en la escuela. Evitamos por horas el tema hasta que subimos al auto y fue inevitable. Entonces se limito a decir: “Sabes, después de todo no estuvo tan mal. De todos modos ya no quería ir ahí”. Sonreí. Desdé que habíamos entrado al lugar ambos sabíamos que sería la última vez que asistiríamos. Lo sabíamos antes de que ocurriera todo, antes de que nos estrelláramos. Lo sentíamos coincidentemente (si es que la coincidencia existe). Y sí, podría haber cientos de explicaciones racionales para esa coincidencia sin embargo, para mí, en ese momento, el misticismo volvió a comulgar con mi realidad…
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