Literatura
La bestia y sus entrañas
Joaquín Peña Arana


FOTOS: GLORIA CASTRO



La conferencia de prensa había concluido pero algunos reporteros todavía rodearon a la escritora durante varios minutos. Ella, con una sonrisa, contestaba todo: su vida amorosa, opiniones de política y hechos actuales, cuáles son en su opinión las mejores novelas, qué es la inspiración, qué es el amor, cuál es su secreto para escribir.

—Creo firmemente en lo que dicen los clásicos: diez por ciento de inspiración y noventa por ciento de transpiración —y de su boca brotó una carcajada, los reporteros también rieron ante lo que consideraron genuina muestra de ingenio.  

—¿Tiene alguna hora preferida para escribir? —le preguntó una reportera.

—Para mí no hay mejor hora que la tarde.  En ese momento el sol languidece y se despide en el instante en que el día parece morir pero en realidad nace la noche. Y así me gusta, colocar la coma, el guión, la última palabra de la jornada cuando la penumbra ha cobijado al planeta mientras yo construyo mundos que brotan de mis manos, de mi mente, de mi vida, mi infancia, mis recuerdos.

 


Un reportero bastante joven, de pronto, llevado por las ganas de participar en el intercambio de preguntas y respuestas, soltó:

—Maestra, me pregunto si todavía consulta diccionarios para escribir.

Ella volteó a verlo con una mirada asesina. Todos enmudecieron. Voltearon a ver al reportero quien estaba rojo, avergonzado: había molestado a la diva.

—¡Mire jovencito, es evidente que necesita leer porque si usted leyera siquiera un poquito comprendería, si es que su capacidad de comprensión y su inteligencia, si es que tiene, se lo permiten, que yo no nací ayer ni publiqué ayer! Yo ya he publicado veinticinco libros y han sido traducidos a seis idiomas. Eso, señorito, no me dio la improvisación, domino esto, y si usted no comprende eso es porque es evidente que usted no es capaz de escribir más allá de una cuartilla ¿sabe lo que es una cuartilla, verdad? Pues si no lo sabe ¡busque un diccionario!

Y se abrió paso entre los reporteros seguida por su asistente sin que alguien más se atreviera a preguntar.

—La regaste, bien que la hiciste —le dijo al reportero el comentarista de una sección cultural quien no podía disimular su admiración por la autora.
     
El asistente de la escritora tendría quizás la misma edad que el reportero. Hacía tres años que trabajaba con ella. En un principio buscó conocerla para mostrarle algunos de sus cuentos. Uno de ellos era acerca de una mujer de puerto que había conocido a un brujo quien le profetizó debía ir a cierta iglesia para buscar un secreto oculto. Ése era el tema central del libro que la autora promovía en ese momento.


Hace tres años ella jamás respondió sus correos electrónicos ni las llamadas que el joven dejó en la oficina.  Nunca se detenía para otra cosa que no fuera autógrafos y entrevistas, no estaba para nadie que no fuera un círculo selecto, hasta que un día la siguió a una cena. Esperó pacientemente a que terminara la velada, cerca de la medianoche. Cuando salió se paró enfrente a ella, resuelto.  

—Maestra, por favor, escúcheme, no puedo más —dijo con evidente cara de angustia.

Sorprendida, ella le gritó:

—¡Oye, pero qué grosería es ésta! ¿Quién te crees que eres? ¿Qué no sabes quién soy yo?

El joven no aguantó más. Comenzó a llorar escandalosamente.

—Es que, por favor, escúcheme. Ya no se trata de mí. Yo le entregué unos cuentos con la intención que los leyera pero no la busco por eso. Ya no sé qué hacer. Vivo con mi madre, ella está grave, dejé la escuela para atenderla pero ya no tengo dinero.  Necesito un trabajo, algo, pero nadie me ayuda. ¡Por favor, por favor haga algo por mí!

   Ella se quedó muda, sin moverse. Su esposo la tomó de los hombros y le susurró al oído que se marcharan pero ella se negó. 

—Dime tu nombre.

El joven se lo dijo entre sollozos.  Ella le indicó que la buscara al día siguiente en su oficina.


El joven esperó desde las ocho de la mañana. Ella llegó tres horas después. Al verlo, lo reconoció. Sin rodeos le explicó que necesitaba un asistente, le pagaría bien, y con sus influencias podría hacer que su madre recibiera la mejor atención.  

—Pero tienes que ser fiel, muy fiel. Necesito alguien de mi entera confianza, hay secretos en esto. ¿Me entiendes?

—Sí maestra.

—No, ya no me llames así. A partir de hoy puedes hablarme por mi nombre; pero siempre de usted.  

—Como usted diga, Marcela.  

—Ya nos estamos entendiendo —dijo ella con una sonrisa—, hoy mismo te tengo una misión .

Lo llevó a su estudio. Estaba lleno de libros, al fondo, una mesa de caoba con una lámpara de principios del siglo XX adaptada con focos de la época actual. Una computadora, una máquina de escribir y las paredes cubiertas por libreros monumentales.

—Tengo que salir de la ciudad. Allí hay tres diccionarios de sinónimos y antónimos y  allá dos diccionarios enciclopédicos. ¿Ves este texto? Quiero que busques las palabras subrayadas en los diccionarios, primero asegúrate que el contexto esté correcto y luego busca lo que suene más… bonito. Tú me entiendes ¿verdad?


Él estaba asombrado por lo que le estaba pidiendo. Prácticamente se había convertido de la noche a la mañana en el corrector de estilo de la autora más leída de todo el país.  Disimulando lo más que pudo su estado real de ánimo, le dijo que sí a todo.

—Tómate tu tiempo, si tienes hambre sal a comer, aquí se encargan de cerrar, o vete a pasear si lo necesitas, pero ojo, sólo puedes estar aquí en horas de oficina, por lo pronto.  Yo salgo el día de hoy y regreso pasado mañana.  Te veré el jueves… a las cinco de la tarde. Te quiero aquí ese día y a esa hora.

Le dio un beso en la mejilla y se retiró. 

Ella volvió a la oficina el jueves a las cinco de la tarde con veinte minutos. El joven había estado esperándola desde las nueve y media de la mañana.  Al verlo lo saludó como si lo hubiera visto un día antes,  se acercó a las hojas que le había dejado y las examinó. 

—Vamos a ver qué tenemos aquí…

Con trazos ligeros y flechas que se abrían paso como en un laberinto el joven colocó las sugerencias de las nuevas palabras que sustituirían a las anteriores.  “Malo” se había convertido en “desalmado”, “pobre” en “desposeído”,  “ilegal” en “viajante que corría la vida sin nombre”.


—Muy bien. Muy bien —dijo ella—. Veo que me has comprendido. Ahora formas parte de mi equipo.  ¿Entiendes que hay secretos que guardar, verdad? ¿Entiendes que aquí la palabra traición no existe en ningún diccionario? ¿Entiendes que, si yo me lo propongo, tu nombre ocuparía las primeras planas de la manera en que yo quiera? Puedes ser de pronto una gran promesa de la literatura o a lo mejor un tipo que se ganó mi confianza y se robó documentos míos e inventó cosas sobre cómo escribo. ¿Nos entendemos?

El joven estaba desarmado, al borde de la lágrima. Decepción era lo menos que sentía. Quizás era un crisol de coraje, vergüenza, sentirse títere y a la vez cómplice de un crimen.

—Entiendo. Puede confiar en mí. Estoy para servirle.

Poderosa. Fue la sonrisa que ella dibujó, la sonrisa de alguien que se sabe dueña de lo que le rodea, se hace y cumple lo que dice. 

—Anota aquí el nombre de tu madre y el tipo de enfermedad que tiene. Bien, por ahora es todo. ¿Tienes celular? Bueno, llama en una hora y pregunta por mi secretaria, Tere, ella se encargará de conseguir cita con un médico amigo mío y los recibirán esta misma tarde. Él te dirá qué hacer.

Tres años después la madre del joven se había recuperado notablemente, volvía a salir a la calle y tenía ganas de viajar, esperaba sólo a que su hijo se desocupara un poco de tanto trabajo. 


Después de la conferencia de prensa regresaron al hotel para prepararse; una cena de gala les esperaba. El joven asistente aprovechó para llamar a su madre, le tenía buenas noticias: por fin publicaría. 

—¡Ay qué bueno mijo, tu gran sueño! ¿Cuándo sale tu novela?

—Hasta el año que viene mamá —respondió sin mucho entusiasmo pero con algo de alegría—. Voy a seguir trabajando con Marcela unos años más pero ya me dijo que publicaré en otra casa editora, para evitar suspicacias de que me esté apoyando. Te tengo que dejar mamá pero sabes que te quiero mucho, te mando un beso.

—Yo también mijo, te mando mi bendición.

Al colgar el joven se sintió algo incómodo. Eran las ganas de decirle todo a su mamá. Sí, estaba garantizado que publicaría pues desde ese momento él ya era el ganador del Premio Nacional de Literatura Joven Contemporánea.
 
     Y no había escrito siquiera la primera línea de su novela.

19 de enero de 2008

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