| Emilio Benavides |
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FOTOS: MIGUEL ÁNGEL CAMERO
Por segundo año consecutivo se ha tenido la oportunidad de presenciar una clase de teatro impartida por Sandra Muñoz en el escenario del Espacio Cultural Metropolitano, con el Grupo de Teatro del METRO que ella dirige. Con sillas colocadas formando un gran rectángulo en los bordes del espacio escénico, que a pesar de la luz de trabajo permanece en esa misteriosa semitiniebla propicia para la ceremonia teatral. Ahí se sientan las personas invitadas que en su mayoría permanecen en un silencio expectante, pero tenso, al tener frente a sí otra fila similar de público tenso y expectante. Como siempre hemos llegado ligeramente retrasados y al tener que cumplir primero con un pequeño trámite burocrático, al momento de entrar ya todas las sillas están ocupadas. Alguien diligentemente se mueve en la sombra y dos muchachas muy jóvenes nos ceden sus sillas y se sientan en el suelo. Esto no deja de ser un poco penoso. Afortunadamente en ese momento se apaga la luz y un bello círculo ámbar ilumina el centro del escenario donde ya el grupo, con su vestimenta negra de ensayo, se apresta a iniciar la demostración. Con seguridad y sin el menor titubeo, la voz de Sandra Muñoz, tras una breve introducción, comienza a dar las instrucciones pertinentes que dan inicio al ensayo-demostración. Los alumnos perciben la tensión del público y también parecen estar tensos…
Por supuesto que no voy a explicar paso a paso en qué consiste la secuencia dinámica del ensayo; por un lado me sería difícil reconstruirla y tal vez aburriría a los lectores no muy familiarizados con estos aspectos ocultos e imprescindibles del teatro, para que éste adquiera una estructura sólida, digna de ser presentada ante el espectador. Únicamente mencionaré que, al parecer, las técnicas de ensayo practicadas por Sandra Muñoz parecen seguir estando bastante relacionadas con las de Jerzy Grotowski, el gurú polaco, una de las personalidades de mayor influencia del teatro contemporáneo.
Los miembros del grupo muestran cómo, de haber partido con una tensión visible, a medida que avanza el ensayo conducido de manera implacable por Sandra, van entrando en un estado de mayor concentración, que los lleva finalmente a estar “prendidos”, listos para iniciar el ensayo de la obra, o la representación. El ejercicio ha unificado a las personalidades de los alumnos y tal unificación será evidente en la escena. Cualquier grupo de teatro que se respete está obligado a este trabajo de equipo, que es el que será capaz de revelar la esencia de la obra dramática, o lo que es lo mismo, pasarla de la palabra escrita a la realidad escénica.
El trabajo de Sandra Muñoz como directora del Grupo de Teatro del METRO se apoya en una sólida preparación que también la lleva a desenvolverse como actriz profesional en obras de la cartelera del DF. Su grupo local ha desarrollado una buena labor en beneficio del teatro tampiqueño. Esa labor debe persistir y ser tomada en cuenta por los grupos que de veras quieran ir subiendo nuevos escalones en su desarrollo teatral.
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Y para finalizar, algunos recuerdos que podrían iluminar zonas dignas de tomarse en cuenta: Alrededor de los años ochenta tomamos Leticia y yo un curso de pantomima profesional y arte del payaso con Sigfrido Aguilar, mimo profesional que Leticia, en su incansable búsqueda de conocimientos sobre teatro descubrió, no sé como, ya que esos años aún no eran los del internet. Yo, como de costumbre, me dejé arrastrar al curso, que se realizó en San Miguel de Allende, Gto. Fue un mes completo el que vivimos en el maravilloso San Miguel, en una pensión muy bella cuya dueña era una señora alemana que parecía salida de una obra de Tennessee Williams. Como quiera que sea, ya en esos años el bello pueblo guanajuatense estaba invadido tristemente por los extranjeros, predominando los gringos, desde burgueses satisfechos hasta hipies que parecían vagabundos mexicanos con deficiencia mental. El Instituto Allende era una escuela muy importante del lugar (¿lo seguirá siendo?), cuyos cursos estaban dirigido principalmente a los extranjeros: idiomas, artes plásticas, joyería, artesanías, etc. En ese instituto impartía Sigfrido Aguilar sus cursos de pantomima, con un reconocimiento que aparentemente era mayor en los Estados Unidos que en México, ya que tenía cursos europeos con Etienne Decroux, Marcel Marceau y quién sabe quienes más y en los Estados Unidos con otros tantos famosos maestros. Había tomado cursos con los payasos y equilibristas de los grandes circos norteamericanos y lo demostraba dominando bastante bien una serie de suertes, entre ellas el monociclo, el caminado por la cuerda floja y toda la rutina de los payasos, destacándose al dejarse caer como regla, de frente o de espaldas sin meter las manos, ejercicios que no recomiendo probar sin verdadero asesoramiento, a riesgo de desnucarse o romperse la nariz.
Pues bien, el arte propio de Sigfrido Aguilar era la pantomima, donde se desenvolvía como un maestro, al grado de convertir en poesía visual sus rutinas. Su esposa era una joven y bella bailarina norteamericana a quien él nombraba Ariela, ya que su nombre, Ariel, decía que era masculino. (Ariel es un personaje de “La tempestad”, de Shakespeare). En el curso, Ariela daba rutinas de ejercicios, terriblemente difíciles y agotadores, basados en técnicas de la danza moderna. El curso incluyó presentaciones sabatinas con público en un teatrito del Instituto Allende que se llenaba sin falta. Nos saludaban por las calles como a los “famosos” mimos de Sigfrido. En ese curso participaron unos mimos de Monterrey que conformaban un grupo ya establecido en esa ciudad.
Posteriormente Sigfrido organizó festivales anuales de pantomima a los que invitaba a importantes mimos norteamericanos o canadienses, así como europeos, que eran amigos suyos y tuvimos oportunidad de ver trabajos profesionales de gran calidad. Claro está que en esos festivales también participaron bastantes mimos mexicanos de todas las tendencias, entre ellos el Grupo Zopilote, de San Luis Potosí, que ya en esos álgidos momentos políticos y sociales, formaban parte del llamado CLETA: Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística, movimiento radical de izquierda que incluía la palabra en su pantomima, lo que no dejó de provocar fuertes discusiones en los foros de análisis y talleres que se realizaban paralelos a la muestra.
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http://www.sigfridoaguilar.org
En los talleres que impartía Sigfrido Aguilar, como lo había hecho en el curso de San miguel de Allende, éste repetía constantemente que el trabajo del mimo, para poder ser efectivo artísticamente, necesitaba como elementos indispensables la disponibilidad y la humildad personal, y en su manera particular de expresarse, tal vez por haber vivido muchos años en los Estados Unidos, decía que el mimo tenía que ser pequeñito, una nada, y juntaba los dedos índice y pulgar para enfatizar el valor expresivo de sus palabras. Esas expresiones levantaron un coro airado de protestas entre los “talleristas”, que acusaban a Sigfrido de despreciarlos y minimizarlos, etc, etc. Desde mi punto de vista o no entendieron lo que quería decir Sigfrido o hubo en la exaltación de ese momento lo que se llama “mala leche”. No quiero meterme a tratar de discernirlo, pero siempre he estado de acuerdo con esas ideas tanto respecto del teatro como del arte en general. Día con día, en cualquier diario, así como en las veintenas de revistas del “espectáculo”, y no se diga en la televisión, podemos constatar cómo la plaga del vedetismo crece y se propaga en los diversos niveles artísticos, deportivos, etc, incluso escalando las alturas de nuestros más conspicuos gobernantes.
Este largo “aparte”, como aquellos usuales en el teatro del siglo XIX, en los cuales el actor se salía de su papel en la obra y le hablaba directamente al público sin que supuestamente se den cuenta los otros actores presentes en el escenario, me ha servido para contar algunas cosas que creo sean de algún interés, cuando menos para los aficionados al teatro, y regresando al comentario inicial sobre el ensayo de los actores institucionales del METRO, finalizar, dirigiéndome a ellos, para sugerirles que ni su dominio de las técnicas esotéricas de entrenamiento que manejan, ni su pertenencia a nuestro máximo recinto teatral, aparten de su filosofía artística esas ideas sobre la disponibilidad, la pequeñez y la humildad del verdadero artista, que siempre, en este medio, deben estar por encima, muy por encima de las de la importancia personal, que en momentos parece traslucirse tanto en sus espectáculos como en este ensayo con público.
Publicado: 23 de febrero de 2008
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