|
Los árboles no creen en el más allá. Cuando mueren, su alma no asciende a un plano celestial donde hay arbustos con alas y arpas.
Los árboles muertos siguen aquí en la tierra y su destino final no depende de qué tan buenos vegetales hayan sido durante sus vidas. Oh, triste cosa, su destino va de la mano con su tipo, con su raza de árbol. Lo sé, lo sé bien: todos los árboles son hermosos, con sus troncos, con esas hojas verdes que pueden cambiar a amarillo y hasta a rojo, con esos pájaros picoteándoles las cortezas, anidando escarabajos y todo un mundo de vida interior. Árboles multifamiliares de ardillas y aves. Pero al parecer en el mundo de los árboles, la igualdad también es una utopía. Desde la semilla misma, su estrella es diferente para cada uno.
Hay árboles con pedigrí en la corteza que se vuelven lujosos muebles, estupendos libreros. Los hay humildes que simplemente terminan como material de combustión para el invierno. Pero también hay árboles prácticos que se vuelven envases de leche o jugo, cajas de zapatos, papel de baño o pañuelos faciales. Otros de triste fortuna se transforman en pañales o en infinitos legajos en el despacho de algún juez. Unos se vuelven cuadernos escolares y contribuyen a la educación de los niños, junto con los afortunados que se convierten en libros de texto.
Hay árboles que se trasforman en periódicos, sin importar que éstos sean de tendencias derechistas o izquierdistas, o que muestren un análisis profundo de los hechos o muchachas con estrellitas en el pecho. También hay árboles que se metamorfosean en revistas literarias, o bien en revistas de modas, peinados y maquillajes. Otros se vuelven revistas lustrosas que narran gráficamente los chismes de la farándula, o bien, en material de alivio sexual. Y luego están aquellos poquísimos árboles que tienen la suerte de convertirse en libros.
De este universo de árbolibros, algunos son bestsellers, caldos de pollo para sobar el alma, o manuales para vivir la vida. Libros que no requieren de que sus lectores piensen mucho, porque tampoco sus escritores tuvieron ese requisito. Otros árboles se hacen libros-artículos de temporada, como los que hablan de ciertos políticos o escándalos en boga. Los hay que se transforman en biblias de hojas delgadísimas que se regalan a cambio de la fe y eventualmente, de aportaciones monetarias.
En cambio, unos cuantos árboles tienen la buena suerte de convertirse en libros infantiles, algunos de excelente calidad y oficio. Otros, los menos, serán libros de esos que mucha gente se pregunta para qué sirven. ¿Y la literatura de qué me sirve? (Y claro, a quien hace ese cuestionamiento, ni siquiera la literatura podría ya hacer mucho por él.) Muchos menos árboles llegarán a ser buenos libros de literatura. Se sabe que un libro es bueno cuando al voltear la última página uno se siente como si hubiera perdido un amigo. Algunos árboles llegan a ser eso.
Sí, es un hecho: los árboles han estado al servicio de la humanidad por miles o millones de años (según sea usted creacionista o evolucionista). Para calentarse, fabricar herramientas primitivas, o para estimular el intelecto y entretener la imaginación. Después de todo, como bien dice el comediante Jerry Seinfeld, una librería es una de las pocas evidencias que tenemos de que la gente todavía piensa.
No voy a terminar este escrito diciendo que si yo fuera un árbol, me gustaría tener la dignidad de ser un lindo libro de pastas duras de Phillip Roth o de Saúl Bellow, por ejemplo. Si yo fuera un árbol, me gustaría tener mis raíces bien clavadas en la tierra de algún bosque alejado de los seres humanos. Y rentarle una de mis ramas a un nido de colibríes.
ººº
|