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El pianista |
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El pianista Cuando la vida supera a la ficción
Roman Polansky ha ingresado en el selecto grupo de los directores fílmicos inmortales con una obra que tiene algunos tintes autobiográficos sobre todo en espíritu. Hijo de padre judío y madre católica, sobrevivió al casi exterminio en Polonia; al igual que su padre, su madre murió en un campo de concentración. No hay ironía en ello, para los nazis resultaba tan “satisfactorio” asesinar israelitas como polacos… y los soviéticos, por órdenes de Stalin, actuaban igual o peor.
“Ich bin klavier spieler” (“soy pianista”) responde Wladyslaw Szpilman al Hauptman Wilm Hosenfeld cuando éste le pregunta que hacía antes de la guerra. Dos seres humanos que en otras circunstancias habrían sido buenos amigos, se encuentran en la encrucijada de que uno de los dos decida la vida o la muerte del otro. El eminente y apreciado artista polaco de origen judío apenas ha sobrevivido a las atrocidades del guetto de Varsovia, se encuentra débil y andrajoso, el oficial de la Wermacht pulcramente ataviado no parece sentir animosidad hacia su potencial víctima y en tono calmo, suavemente le pide: “spiel”… (toca); por casualidad, en la habitación en que se encuentran hay un piano que Dios sabe desde cuándo no se usa y en qué condiciones está. Szpilman se dirige al teclado y empieza a tocar un nocturno de Chopin (el mismo que tocaba cuando la Luftwaffe atacó y destruyó la Radio Nacional Polaca) impregnado de dolor y temor, en cuanto sus dedos acarician el teclado sin titubeos se escuchan las mágicas notas del más insigne músico mazoviano. Hosenfeld escucha sin interrumpir y recuerda cuando el mundo era diferente ahí y en su Bavaria natal, sus ojos se pierden en la distancia y hay una leve humedad en sus conjuntivas que parece presagiar alguna lágrima, que finalmente no se derrama. Es el momento más extático de la película y de la verdadera historia (en la película, por desgracia se inserta una versión abreviada de la Ballade en G m).
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Wladyslaw Szpilman y su esposa Halina
Al terminar, el músico no sabe cuál será su destino. ¿Irá a un campo de exterminio como el resto de su familia o sobrevivirá después de todos los esfuerzos de sus amigos durante casi cinco años?… El Capitán Hosenfeld, con el mismo espíritu caritativo de los amigos gentiles de Szpilman decide ocultarlo y prestarle ayuda pues sabe que el final se acerca y no es éste hombre la primera persona que salva de una muerte segura, aún poniendo su vida y la de su familia en riesgo. Después de varias visitas aún no le revela su nombre al beneficiario de su misericordia y al despedirse solamente le dice con melancolía y cierto dejo de ternura…”Szpilman…es un buen nombre para un pianista” (juego de palabras en alemán, pues suena como si fuera sinónimo de músico).
Termina la guerra, sus vidas toman caminos diferentes, y aunque ambos sobreviven a la hecatombe, no es con la misma suerte. El pianista escribe el relato de su aventura desgarradora en un tono sereno y llega a ver cómo se empieza a rodar la película basada en sus experiencias, tiene una vida plena y uno de sus nietos aparece brevemente en el filme. El militar cae prisionero de los soviéticos, y a pesar de los esfuerzos de su familia y de las personas que ayudó, muere en un campo de prisioneros en la URSS muchos años después de terminada la guerra; sin importar los intentos, Szpilman no puede devolverle el favor.
En septiembre de 1939 cuando la Blitzkrieg alcanza Varsovia y a la familia Szpilman, Wladyslaw es joven pero ya es un músico muy conocido y respetado, ha recibido una educación esmerada en el Conservatorio de la capital de Polonia y uno de sus maestros (Alekxander Michailowsky) fue discípulo de Carl Mikuli, alumno de Chopin; conoce y toma clases con gente de la talla de Arthur Schnabel y en las vueltas que da la vida, reanuda las transmisiones de Radio Varsovia con la misma obra que interrumpió la guerra: el Nocturno en c# op.20 post. de Chopin.
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Existe un video, tomado por su hijo Andrej, que es toda una revelación. No es sólo el maravilloso sonido que produce este hombre sereno de porte patricio y actitud clásica ante el teclado; vemos a un octogenario bien conservado que sin pronunciar palabra nos transmite la dulzura de su alma a través de la música. Toca en un pequeño estudio en un piano impecable, y al terminar se retira lentamente del instrumento para desvanecerse en las sombras, no lo sabe pero está dejando su testamento artístico.
Si algo puedo recomendarles, queridos amigos, es que vean la película, frecuenten la música y conozcan mejor la vida de un ser humano excepcional.
Palabras del Talmud: “Quien salva una vida, salva al mundo entero”.
Publicado: 31 de marzo de 2008
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