| Josue Picazo |
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FOTOS: JOSUÉ PICAZO
Sobre lo ocurrido en la Cumbre Tajín 2008 el viernes 21 de marzo. Papantla, Veracruz
Con los recuerdos más o menos frescos, viene a la mente la imagen de las miles de personas que visitaron la zona arqueológica de El Tajín bajo el calcinante sol del 21 de marzo, tradicional día de la primavera y del natalicio de Benito Juárez.
Pero allá, entre las verdes colinas del Totonacapan, nadie se disfrazó de mariposa o borreguito, mucho menos levantó ofrendas al benemérito, más bien la gente se vistió -y desvistió- de blanco, se dejó encantar por las palabras de curanderos que al instante se volvieron sabios y comió zacahuil de Papantla en alguno de los cientos de puestos armados junto a la calzada que conduce hasta la entrada de la zona arqueológica.
Entre un domingo en Chapultepec y El Tajín poca era la diferencia: artesanos de pulseras y piedras que emergían de sus minúsculas casas de campaña como ascetas olvidados por el tiempo; vendedores de mil y un chácharas; profetas de la divinidad extraterrestre; hacedores de trencitas, tatuajes de henna y perforaciones….
Dentro del Parque Takilhsukut el espectáculo, al menos por este día, no fue tan alentador. Los enmascarados músicos de Austin TV y Los Dynamite con su estruendoso rock fueron las grandes figuras para los adolescentes de mirada cubierta por el cabello, sudaderas y jeans que ese día no llenaron el Nicho de la Música.
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Sin embargo, uno humildemente se deleitó con el ritmo caribeño del Colectivo Garífuna, conformado por músicos de Belice, Honduras y Cuba quienes desde la muerte del fundador de la agrupación, Andy Palacio, iniciaron una gira, especie de duelo festivo, para seguir difundiendo la música tradicional de una cultura de origen africano que luchó durante siglos por mantener su libertad en plena América colonizada.
Las maracas, el bajo, las guitarras, las percusiones y el tambor garífuna fueron acompañados por las deliciosas voces de tres mujeres que parecían musicales gladiolas bailarinas.
La agrupación interpretó melodías de su disco “Watina”, así como de “Umalali”, producción dedicada a los cantos de las mujeres garífunas.
“El garífuna es una lengua africana pero con un punto caribeño” explicaba al público uno de los músicos con peculiar español, pues aunque la letra de las canciones no se pudiera entender, el ritmo y el baile sí se podían sentir, porque “todo viene de África”.
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Los fans de Austin TV o de Los Dynamite -¿en verdad tienen fans?- pudieran recriminar al que esto redacta la osadía de no haber siquiera presenciado el concierto, ya no digamos reseñarlo, pero pudo más la fuerza de una tarima zapateada en un improvisado fandango que las secuencias malviajadoras o los tremendos guitarrazos.
Así, de improviso, a ras del suelo, lejos de los escenarios iluminados y los sonidos amplificados, viejos y jóvenes jaraneros del son jarocho se reunieron alrededor del pequeño cajoncito de madera -donde irían turnándose un espacio para bailar-, dispuestos a tocar por mero gusto y pasar un rato de esa noche que se antojaba extrañamente fría como todas las del festival.
El fandango atrajo incluso a alguno que otro enfiestado que salía del Nicho Ritual bailando al ritmo de un beat electrónico, pero que bien se adaptaría al son del Colás. Incluso hubo quienes se atrevieron a pedir prestado un instrumento para unirse a la fiesta musical, titubeando rasgueos en la jarana o raspándose los nudillos –hasta sangrar- en las muelas de la quijada de un burro que ni muerto dejó de morder.
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