Alabado sea el humo entre las alas de una leche inútil.
I
Me abandoné a las nubes para tocar las espigas de tu oreja, domestiqué unas moscas para espantar los rabos de la luz y robé de un pueblo al que no has ido estas palabras.
Mientras estallan mis silencios, preparo el terciopelo y los cuchillos para cuando se rompa el sol filibustero.
Ya no me bastará con el desdén. Ya no me bastará con la ceguera.
Estoy aquí, mamífero en tus calles, mamífero en la niebla que cuelga de los rostros, inventándome el tacto.
Es abril en la resaca de los besos, piedra y nauyaca de la sangre: flema.
II
Has castigado mi carne con tu aroma y ahora voy de la levedad a la catástrofe.
Dime cómo te llamas, paloma de la lluvia, depón tus cicatrices entre la astilla de mi aliento y regresa a la luz antes que el huracán nos recuerde las edades de la usura.
Aquí ya no me cabe decir que lo real son estas piedras que salen de mis ojos.
Pero algo sé del dolor cuando la noche besa tus sandalias.
III
Algo conozco también de los gestos del relámpago si persisto en los trazos de tu aroma.
Has estado sin mí y a mí sólo me toca esta acidez bajo la piel del cráneo;
quememos entonces la ciudad: vayamos por las calles incendiando vísceras de flores para aprender que estar desnudos no es solamente una feroz manera de extinguirnos.
Quememos el aroma para domesticar las hojas del laurel.
IV
Mejor hubiera sido no volver; mejor hubiera sido quedarse en las cuarteaduras del insomnio, esperando la fecha del silencio incircunciso de la muerte.
Si un parpadeo es una inhumación, si un pozo es una rosa: ¿para qué entonces la pezuña del sueño y la palabra? ¿para quién?
Abrazo la cal y mi dolor es albacea del mundo.
Mejor hubiera sido deshabitar esta candela, esta sucia candela y estos pájaros.
V
Caen al suelo las miradas cada vez que en una golondrina muere un ángel;
son una sílaba de Dios, son una huesa lluvia tiritando en la punta del cigarro.
Entre nuestros párpados y el suelo, las miradas se descubren pellejos de agua endurecida y no admiten ninguna transparencia que no sea la de la hiedra y su espesura:
son una sílaba de Dios, son una huesa lluvia tiritando en la punta del cigarro.
VI
Diosa del silbo y del monzón: entre los dedos de tus pies mi paladar dejó los apellidos de la albahaca.
¿Cómo llevarte entonces al pudor del suero?
Si no existiera este temblor, yo te daría con la amnesia de la luz mi fiebre de otras alas;
pero tú duermes en un liquen soñándote cáñamo y murmullo, tu cortina es llovizna dormitando a la sombra del olvido y yo soy un ciruelo sin pelo y sin ejércitos, buscando una manera de nombrarte sin violentar las jaurías del arroz.
Cuando el sueño nos arranca de los sueños, sólo quedan en el vapor las asperezas de un bemol extraño.
VII
Una mitad de mí vive en el canto.
La otra muere entre la arruga inmemorial del horizonte.
Cada que el azafrán me remuerde la inconciencia, soy como un piano altivo: así subo al dolor, así bajo a los chivos del silencio. Así dibujo la tierna ortografía de tus caimanes.
Alabadas sean por eso las piedras con que tropecé: alabada aquélla que besó la orfandad de mi sonrisa y la que se apiadó de los espejos.
Llagado de ti, llagado por la transparencia de tu sombra, me convertí al ateísmo de la luz.
VIII
Mandíbula en el topo de los besos, mordida en las mordeduras del abismo: quince pesos de labios, quince pesos de astillas para inventar la obscenidad de la cebolla].
Espuma sagrada de la espuma, tu soledad es una habitación donde llovizna.
Relámpago en los pliegues antiguos del relámpago, terraplén y sumatoria del aturdimiento, este largo silencio es mi desnudez y mi divisa.
Tos en el suero de la tos, quince pesos de nubes: el desamparo me reventó los ojos.
Sigo cantando para que se me limpien los latidos.
IX
Lobo y espejo, vengan mis sánscritos delirios a explicar: venga el alba, vengan el agua y el azogue, los coleópteros de voz entrecortada y los alacranes con pandero: ella pidió mi mano para quemarla, para morderla, para darle mis dedos a la lluvia, para ponerla en cruz bajo su voz;
ella pidió mis ojos para que fueran novios de sus uñas y mis palabras para que fueran novias de sus ojos.
Vengan los ojos y las uñas, vengan, pues, los colmillos y la ausencia.
Me persigue el veneno, me persigue el veneno.
X
Música de beso corto para un fagot y seis sirenas, música de petróleo enternecido: ¿en qué fuego, en qué ingle, en qué voracidad de calamares nos sorprendió el aullido de la aurora?
Somos dos extranjeros tomándose las manos, somos dos mares inventando la lluvia y las tijeras, somos esta canción de cuna de los mingitorios.
Música de besos largos para un trombón y seis adioses, música del verano que se pudrió en los manicomios: ya no quiero esta luz, ya no quiero esta luz impertinente;
quiero perderme en un pezón, quiero desvanecerme en la neblina.