Artes Plásticas
Rescatemos la piel y los sentidos empolvados
Toni Guerra
La mirada que se lance sobre una pintura, escultura, gráfica, arquitectura, cerámica, deberá ser esencialmente distinta a la que dirigimos habitualmente ante la vida cotidiana.
Habríamos de alimentar la inteligencia sensitiva por medio de ejercicios continuos de observación y asociación de formas y espacios, de colores y ritmos, educando el ojo de tal manera que sea capaz de capturar valores eminentemente plásticos.
No se recomienda ir tras la interpretación inmediata de la iconografía; no es conveniente “encuestar” al cuadro esperando que sea éste el que dé una respuesta que calme nuestra demanda específica, o calme ansiedades relacionadas con una búsqueda del rostro o paisaje propio, proyectándolos en una obra, que si bien el autor nos la presta para recrearnos, en ella lleva primordialmente el espíritu de quien la creó.
La obra artística fuera de las manos del artista, adquiere una voz propia y una autonomía; es por ello recomendable no buscar el comprender, sino simplemente el mirar con atención.
El artista que esculpe, modela, pinta, graba o dibuja, ha elegido expresamente los medios plásticos (ópticos – visuales), para formular lo que siente y concibe en su ser interior.
Los artistas dedicados a las expresiones antes citadas, ven de otra manera. Su inteligencia se apoya en el hemisferio derecho del cerebro, siendo éste el intuitivo, asociativo, flexible, anárquico, espacial.
Desde tal punto de vista el mundo de alguna forma se concibe diferente.
Balzac decía que “los pintores no debían de meditar sino con el pincel en la mano”; es decir, un buen croquis valdría más que varias páginas de disertaciones plásticas.
La obra visual lleva su propio discurso dentro de un lenguaje distinto al literario-narrativo. Así, la mirada del espectador frente a ella debe ser generosa y entregada, pues es el ojo un órgano dotado magistralmente con plena capacidad de palpar a distancia y traducir texturas, relieves, densidades, honduras, rugosidades, pulimentos, etc. Todos éstos impregnados de sensualidad.
La obra artística exige la movilización total de la mirada, los ojos lúcidos y activos dispuestos a la libre asociación de las experiencias principalmente sensitivas.
Esto no querrá decir de ninguna manera que el pensamiento sale de juego, pero la propuesta es dejar entrar naturalmente las sensaciones antes de disertar o buscar el “qué quiere decir”.
Las formas y colores se encuentran difundidas en el mundo exterior de manera pródiga, de tal manera que es difícil encontrar la composición o el punto de enfoque que permita sustraer “lo esencial” o visualmente armónico.
El pintor educado en el oficio siempre intentará la armonía dentro de su propuesta, sea cual fuera el ritmo impuesto en el tratamiento de ella. Ya que el ritmo es el toque mismo del creador, es el impulso vital y energético propio de cada individuo.
Para el que se decide apreciar y contemplar un cuadro, es importante encontrar la distancia pertinente; es decir, lo suficientemente cerca para advertir los detalles en la obra y lo necesariamente lejos como para poder lograr la capturación de las masas compositivas.
Es también es recomendable la entornación de los ojos con el fin de definir líneas y formas ocultas o no ofrendadas de manera fácil al espectador. De esta manera, la obra será siempre una delicia nutriente que despertará canales de gozo insospechados.
Es fundamental detenerse en cada pincelada, empastes, transparencias y opacidades con el fin de alimentar el crecimiento perceptivo.
En la escultura se recomienda darle la vuelta a la pieza con el fin de disfrutar los relieves y cambios continuos por los juegos de luz y sombra, los cuales suelen ser infinitos.
Buscar una zona de silencio detrás de la escultura (es decir, la ausencia de ruido visual alrededor de ella). Esto es fundamental para el aprecio de sus valores lineales.
Si sometemos al ojo a un entrenamiento continuo, poco a poco iremos perdiendo los hábitos perezosos y pronto aprenderemos a ver la obra en toda su expresión cómo es y fluiremos frente a ella con sencillez.
Pensemos que el camino no conduce a parte alguna, sólo disfrutemos del trayecto.
Una mirada ejercitada, de manera fina y amorosa, es capaz de conducirnos a los rincones más elevados del espíritu, no sólo de la obra artística sino de la vida misma que se los escapa día a día superficialmente.
Es fundamental la conquista de la capacidad de asombro, pese a la velocidad con que las imágenes nos bombardean dentro de las grandes ciudades.
Aunque si coincido con la autora que una mejor educación de nuestros sentidos nos permitiría disfrutar mas una obra de arte, creo que la relación que podemos tener con la misma es sobre todo intelectual. Si lo que vemos de ella es justo lo que el artista quiso decir o una proyección de nosotros mismos, creo es irrelevante, creo lo que cuenta es que una pieza sea detonante de preguntas y que nos motive a buscar respuestas, que nos mueva la curiosidad, que quiso decir el artista, o que es lo que encuentro yo en ella, de otra forma creo la pieza pasa a ser algo intrascendente.