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LETRAS. ¿Cuál es el asunto de la Literatura? No es, no puede ser, el lenguaje. Los signos que la componen no pueden ser la Literatura. (Creer lo contrario es insultarla.) El idioma (cualquier idioma) es terreno harto estéril como para comprender lo literario.
MALDICIÓN FILOLÓGICA. Hasta que desarrollemos un fidedigno lenguaje silencioso, habrá que conformarse con las palabras, y la condena a buscar y rebuscar lo que se quiso decir.
NAPOLEÓNICO. “De todas formas, cuando llegué, ya se había perdido la batalla.” “¡Animo! Se perdió la batalla, pero no la guerra.” “¿Y si fue mi Waterloo?”
ESTADÍSTICA. Recordar que para cualquier época, y en cualquier sitio, la tasa de mortandad es la misma: cien por ciento. (Y no… No todo lo que no me mata me hace más fuerte.)
AIRADA RESPUESTA. “La idea de que el hombre es un animal racional nos ofende muchísimo.” (Atentamente: los animales.)
TRAMPA MUY ELEGANTE. Inconsolable, dijo: “El idioma no sirve para nada. Por ejemplo: ¡¿Qué estoy tratando de decir ahora mismo?!... Y sin embargo, no callaré.”
AÚN MÁS. En su Tractatus logico-philosophicus, Wittgenstein afirma: “No se puede hacer ninguna afirmación sobre el mundo en su conjunto.” Con el avance de la Lingüística y la Cibernética, hoy podemos ir más allá, y dejarlo en: “No se puede hacer ninguna afirmación… Ni siquiera ésta.”
NOSTÁLGICO. Aspiraba a que las letras fueran (¿otra vez?) dibujos.
POSTERGADOS. Los peores castigos son los que nunca llegan.
CERTEZA. Saber que estaba perdido era lo que lo hacía tan peligroso.
CRIMINOLÒGICO. Cuando el “crimen perfecto” falla, el mérito casi nunca es de la policía.
INGENUIDAD. El lápiz nunca repara en su condición de efímero.
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