Literatura
La historia del rey transparente
Sara Uribe


Sep 30, 2006

Soy mujer y escribo. Soy plebeya y sé leer. Nací sierva y soy libre. ¿De quién podrían ser estas palabras sino de una mujer transgredida y transgresora? La escritora española Rosa Montero usa estas pequeñas lexias para comenzar su novela "Historia del rey transparente" en boca de Leola, su medieval, atípica y desafiante protagonista.

  Trazada magistralmente, y con esto quiero subrayar la condición de rompecabezas que representa una novela como género literario para un escritor de narrativa, así que repito, trazada magistralmente, Historia del rey transparente convierte cada capítulo en la habitación de uno de los castillos medievales que describe en su contenido.  

     Historia del rey transparente comienza con una escena que más bien se ubica hacia el final de la historia de la novela, pero Rosa Montero nos la ofrece en el presente, nos atrapa como lectores con una  Leola atrincherada en un castillo, junto con otras mujeres, a punto de ser prendidas y posteriormente condenadas a muerte por un grupo de bárbaros, de soldados medievales sanguinarios y sin freno que las matarán sin piedad en cuanto logren vencer la fortaleza tras la que se encuentran resguardadas. En ese mismo capítulo, al haber un momento de paz en que los soldados están recuperando fuerzas, será Leola la que a través de sus reminiscencias nos vuelva hacia el pasado, hacia el inicio de su historia, de su viaje, de su periplo, cuando era una tranquila campesina esclava de un feudo y con su amado Jacques trabajaban del alba al alba sufriendo hambres y todos los comportamientos despóticos de sus amos, pero sin embargo viviendo una existencia normal, cotidiana, lo que el destino supone y supondría para una mujer como ella. 

 Pero la guerra se apodera de sus tierras y de sus vidas desde el momento en que los soldados se llevan a Jacques y destruyen su casa. Es entonces cuando Leola, en lugar de quedarse llorando su desgracia, se acerca al campo de batalla aún tibio y maloliente, aún lleno de los vahos de los hierros y la carne, de la sangre y la putrefacción, del odio y el poder. De un cuerpo joven pero yerto, es que Leola se roba la armadura que le valdrá la identidad de caballero y que le permitirá transitar por caminos y aventuras  que jamás habrían sido posibles para una mujer de su condición.  

     En ese camino se encontrará con Nyneve, la supuesta bruja, la visionaria, la mujer cuyo poder es más el conocimiento que la magia, y a su lado enfrentará entrenamientos, batallas, traiciones y derrotas. Nyneve representa lo que Sancho Panza a El Quijote, ese hidalgo amigo que sabe callar cuando es preciso, que las más de las veces no es oído por el amo-protagonista que enceguecido por los brillos que otros personajes o hechos desprenden, desoye la voz de sus más fieles escuderos, de sus amigos, de sus hermanos, de los que serían capaz de dar la vida, porque se saben secundarios para la consecución de los fines que persiguen sus amos. De ése tipo de escudero es Nyneve, una mujer que también se ha tenido que disfrazar de hombre para sobrevivir ¿una charlatana acaso?, ¿una visionaria?, ¿mujer de Merlín o mitómana? en cualquier caso una mujer que sabía que el conocimiento es el arma más poderosa, el arma definitiva que vence al más peligroso de los males de su tiempo: la ignorancia. 

     A menudo la vida consiste precisamente en elegir entre dos temores, dice Leola, y a menudo también la vida es olvido. Leola parte de su pueblo y emprende esta arriesgada cruzada donde se convierte en guerrero,  en mercader de sangre, en asesino, en caballero, con un objetivo en mente: encontrar a su amado Jacques, pero el castillo y los bienes, los placeres y sobre todo los conocimientos que Dhuoda -su noble anfitriona y su mecenas, su bífida aliada y su enemiga- pone a su alcance, son de un brillo mucho más bruñido que la pálida memoria de un amado que yace en la lejanía.  

    La estancia de Leola en el castillo de Dhuoda me recuerda ciertos pasajes de Orlando de Virginia Wolf, esa peligrosa estancia en un lugar que nunca se acaba de conocer ¿no es un castillo el propio inconsciente? Puertas y puertas que jamás sabremos a dónde conducen, uno puede perderse en su propio yo, parece decirnos con varias metáforas la voz narradora de Rosa Montero.  

     La religión es otro tema central de Historia del Rey transparente: la lucha de los cruzados, la feroz defensa de una fe que pasa por encima de las vidas, que muchas veces en lugar de traer felicidad y esperanza sólo trae dolor, desgracia e infortunio. Montero no presenta una visión parcial, hay dentro de sus personajes religiosos sujetos nefastos como Fray Ángélico, el sibarita, el hipócrita, el lujurioso y perverso monje que será en todo caso pieza clave en algunos momentos decisivos de la historia de Leola. Fray Ángelico, un dardo envenenado en mitad de la carne, un cuerpo deseado para Leola; pero están también los personajes religiosos tolerantes y sensatos, modestos, solidarios, racionales.  

     Todos los personajes secundarios son esenciales en Historia del rey transparente: el mentor que enseña a pelear a Leola, los compañeros de taberna, los nobles para quien trabaja como guerrera, las madres del convento donde en determinado momento acude para esconderse, e inclusive Fuego, el fiero y orgulloso bridón de Leola. 

     “He soñado con aquel campo de batalla lleno de cadáveres en el que robé mi primera armadura. En mi sueño, caminaba por el campo abajo el resplandor helado de la luna, y los muertos me miraban con sus cuencas vacías y rogaban: No me robes a mí Leola. No me quites mi cota de hierro o moriré de frío. Entonces aparecía un enorme jabalí de colmillos amarillentos y ojos tristes y me decía: Tú y yo somos los únicos seres vivos que quedamos sobre la tierra”.   

     El tiempo ha pasado por el cuerpo de Leola, un cuerpo de mujer que parece más un cuerpo de caballero astillado, una osamenta rota de tanto cabalgar, de tanto ir en pos de un encuentro con un Jacques borroso que se le ha perdido en el trayecto, entre la bruma de la lejanía y las urgencias inmediatas del presente. Cómo pensar en el amado de antaño si la vida no le deja respirar, si volver la vista atrás es convertirse en estatua de sal. La espada bruñida de los mandobles no admite concesiones, para no morir en el combate de los aceros y para no morir en el combate de la existencia diaria es necesario no mirar atrás, mantener la vista y todos los sentidos puestos en el enemigo, en el caballero que avanza montado en un caballo frente a tu propio miedo; mantener la vista y todos los sentidos puestos en el enemigo que se esconde bajo cada movimiento, bajo cada grano de arena que resbala y contabiliza el tiempo y nos acerca a la muerte del olvido.  

     Es entonces cuando aparece la melancolía -esa aguda conciencia del latir de la vida en su carrera veloz hacia la muerte, turbadora emoción ante la belleza que se nos acaba- y Leola, mediante la voz narradora vuelve al presente, después de toda esa huída, esa escapatoria en círculos que es finalmente la vida, Leola vuelve al presente, es decir al pasado, es decir al futuro; vuelve, después de contarnos todas sus peripecias, al momento en que inició la novela, al instante en que los soldados están a punto de entrar y acabar con todo, vuelve a su tierra, a los territorios del señor de Abuny, vuelve por fin al reencuentro con Jacques; sólo que en las historias de Rosa Montero, como en la vida misma, a veces los triunfos están envenenados, a veces los finales felices no son tan felices como uno pudiera imaginarse. Al final de la historia Leola regresa al principio, sólo que ahora sabiendo cuál era el verdadero sentido de su viaje, que al igual que en el poema de Cavafis, no era la Itaca prometida, sino el viaje mismo. 

     Pero, a todo esto ¿dónde queda la historia del rey transparente?. La historia del rey transparente es un estupendo recurso narrativo de Rosa Montero, una metáfora encomiable. Cada capítulo es, como ya dije, una pequeña puerta que vamos atravesando, una pequeña celda del castillo, una pieza del rompecabezas que nos revela algo que nos hace no poder dejar de leer. Pero aparte de esta estrategia capitular, existe otra que se disgrega por toda la novela y es precisamente la historia del rey transparente, una leyenda que alguien siempre está a punto de contar y apenas revelado un fragmento, muere de una manera inesperada y trágica. Este recurso que nos mantiene siempre con la curiosidad de saber cuál es esa historia y por qué es tan poderosa como para que al ser nombrada convoque el poder de la muerte, es un señuelo, una trampa narrativa, pero también una metáfora, el punto sobre las ies del estilo de Rosa Montero: tensivo, inesperado, especular. 

     Historia del rey transparente es la historia de una mujer que se disfraza de hombre para huir, para crecer, para encontrarse a sí misma, para luchar contra los prejuicios, contra la ignorancia, contra la ira y barbarie de los hombres, contra sus propios demonios, contra su propio corazón lleno de quebranto y olvido, para no traicionarse a sí misma, para traicionarse y perdonarse y para saberse, desde un espejo inverso, dueña de sí, dueña de nada. 

     Me gustaría cerrar con unas palabras de Leola, que me parece resumen su espíritu de protagonista libre: La verdadera nobleza, ahora lo sé, es esto. Es caminar toda tu vida con pasos atinados, con pasos que te salen del corazón; es que tus actos estén de acuerdo con tus ideas, aunque el precio sea alto. Y no imponer esas ideas a nadie, y ser modesto y compasivo en tu grandeza.

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