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La estancia de Leola en el castillo de Dhuoda me recuerda ciertos pasajes de Orlando de Virginia Wolf, esa peligrosa estancia en un lugar que nunca se acaba de conocer ¿no es un castillo el propio inconsciente? Puertas y puertas que jamás sabremos a dónde conducen, uno puede perderse en su propio yo, parece decirnos con varias metáforas la voz narradora de Rosa Montero.
La religión es otro tema central de Historia del Rey transparente: la lucha de los cruzados, la feroz defensa de una fe que pasa por encima de las vidas, que muchas veces en lugar de traer felicidad y esperanza sólo trae dolor, desgracia e infortunio. Montero no presenta una visión parcial, hay dentro de sus personajes religiosos sujetos nefastos como Fray Ángélico, el sibarita, el hipócrita, el lujurioso y perverso monje que será en todo caso pieza clave en algunos momentos decisivos de la historia de Leola. Fray Ángelico, un dardo envenenado en mitad de la carne, un cuerpo deseado para Leola; pero están también los personajes religiosos tolerantes y sensatos, modestos, solidarios, racionales.
Todos los personajes secundarios son esenciales en Historia del rey transparente: el mentor que enseña a pelear a Leola, los compañeros de taberna, los nobles para quien trabaja como guerrera, las madres del convento donde en determinado momento acude para esconderse, e inclusive Fuego, el fiero y orgulloso bridón de Leola.
“He soñado con aquel campo de batalla lleno de cadáveres en el que robé mi primera armadura. En mi sueño, caminaba por el campo abajo el resplandor helado de la luna, y los muertos me miraban con sus cuencas vacías y rogaban: No me robes a mí Leola. No me quites mi cota de hierro o moriré de frío. Entonces aparecía un enorme jabalí de colmillos amarillentos y ojos tristes y me decía: Tú y yo somos los únicos seres vivos que quedamos sobre la tierra”.
El tiempo ha pasado por el cuerpo de Leola, un cuerpo de mujer que parece más un cuerpo de caballero astillado, una osamenta rota de tanto cabalgar, de tanto ir en pos de un encuentro con un Jacques borroso que se le ha perdido en el trayecto, entre la bruma de la lejanía y las urgencias inmediatas del presente. Cómo pensar en el amado de antaño si la vida no le deja respirar, si volver la vista atrás es convertirse en estatua de sal. La espada bruñida de los mandobles no admite concesiones, para no morir en el combate de los aceros y para no morir en el combate de la existencia diaria es necesario no mirar atrás, mantener la vista y todos los sentidos puestos en el enemigo, en el caballero que avanza montado en un caballo frente a tu propio miedo; mantener la vista y todos los sentidos puestos en el enemigo que se esconde bajo cada movimiento, bajo cada grano de arena que resbala y contabiliza el tiempo y nos acerca a la muerte del olvido.
Es entonces cuando aparece la melancolía -esa aguda conciencia del latir de la vida en su carrera veloz hacia la muerte, turbadora emoción ante la belleza que se nos acaba- y Leola, mediante la voz narradora vuelve al presente, después de toda esa huída, esa escapatoria en círculos que es finalmente la vida, Leola vuelve al presente, es decir al pasado, es decir al futuro; vuelve, después de contarnos todas sus peripecias, al momento en que inició la novela, al instante en que los soldados están a punto de entrar y acabar con todo, vuelve a su tierra, a los territorios del señor de Abuny, vuelve por fin al reencuentro con Jacques; sólo que en las historias de Rosa Montero, como en la vida misma, a veces los triunfos están envenenados, a veces los finales felices no son tan felices como uno pudiera imaginarse. Al final de la historia Leola regresa al principio, sólo que ahora sabiendo cuál era el verdadero sentido de su viaje, que al igual que en el poema de Cavafis, no era la Itaca prometida, sino el viaje mismo.
Pero, a todo esto ¿dónde queda la historia del rey transparente?. La historia del rey transparente es un estupendo recurso narrativo de Rosa Montero, una metáfora encomiable. Cada capítulo es, como ya dije, una pequeña puerta que vamos atravesando, una pequeña celda del castillo, una pieza del rompecabezas que nos revela algo que nos hace no poder dejar de leer. Pero aparte de esta estrategia capitular, existe otra que se disgrega por toda la novela y es precisamente la historia del rey transparente, una leyenda que alguien siempre está a punto de contar y apenas revelado un fragmento, muere de una manera inesperada y trágica. Este recurso que nos mantiene siempre con la curiosidad de saber cuál es esa historia y por qué es tan poderosa como para que al ser nombrada convoque el poder de la muerte, es un señuelo, una trampa narrativa, pero también una metáfora, el punto sobre las ies del estilo de Rosa Montero: tensivo, inesperado, especular.
Historia del rey transparente es la historia de una mujer que se disfraza de hombre para huir, para crecer, para encontrarse a sí misma, para luchar contra los prejuicios, contra la ignorancia, contra la ira y barbarie de los hombres, contra sus propios demonios, contra su propio corazón lleno de quebranto y olvido, para no traicionarse a sí misma, para traicionarse y perdonarse y para saberse, desde un espejo inverso, dueña de sí, dueña de nada.
Me gustaría cerrar con unas palabras de Leola, que me parece resumen su espíritu de protagonista libre: La verdadera nobleza, ahora lo sé, es esto. Es caminar toda tu vida con pasos atinados, con pasos que te salen del corazón; es que tus actos estén de acuerdo con tus ideas, aunque el precio sea alto. Y no imponer esas ideas a nadie, y ser modesto y compasivo en tu grandeza.
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