Literatura
Ganas de hacerle al cuento
Joaquín Peña Arana


Foto: CARLOS JUÁREZ


Una vez sentado en una de las sillas de la biblioteca Isaura Calderón de la Casa de la Cultura, revisé la amplia diversidad de quienes pudimos lograr un lugar en el taller intensivo de cuento que impartió Guillermo Samperio ese sábado 19 de abril.  Éramos todo un muestrario de botica: hombres, mujeres, jóvenes, gente de edad madura, algunos con aire de intelectuales, chavos rebeldes, señoras que parecían prófugas de un club social, y el resto supongo nos veíamos como cualquier persona.

Samperio llegó tardísimo. Debimos empezar a las diez de la mañana y cruzó la puerta cuarenta minutos después. Lentes pequeños y cristalinos, sombrero (casi como) de explorador, tenis tipo Súper Faro, calcetines negros, pantalón verde olivo con cierres, chamarra caqui, camisa color cremita, dos anillos en la mano derecha y otros dos en la izquierda, greña canosa desparpajada, barba gris tirando a blanca, mirada bondadosa y un hablar eternamente pausado, suave, pero firme y preciso en sus palabras. Era también el terror de las cajetillas, un cigarro tras otro. 

“Un taller de veinte es demasiado” dijo en algún momento.  Y es que veinte participantes era el límite original pero cuando por fin se sentó el último sumamos veintisiete, y no estabámos únicamente autores que no hubieran publicado como se dijo originalmente, pero bueno, a la hora de arrancar todos esos detalles importaron un bledo.

Tras las presentaciones de rigor entramos en materia.

Inició con recomendaciones: Raymond Carver, Jorge Volpi, Julio Cortázar (definido por él como el Gran Maestro), Gabriel García Márquez (obvio), Juan José Arreola,  Flannery O´Connor, los primeros cuentos de Carlos Fuentes, uf, ¿vale la pena mencionar al resto? YO CREO QUE SÍ: Antón Chéjov, Charles Bukowski, Herodoto, Adolfo Bioy Casares, Felisberto Hernández uno que otro que se me escaparon  y claro, Samperio.

De su obra nos recomendó “La Guerra Oculta”, “Cuentos Reunidos”, “Después Apareció una Nave”, éste último recetas para nuevos cuentistas.  Samperio dijo que en el extranjero lo tienen colocado a la par de otros a nivel mundial, en cambio, aquí en México se le considera el mejor cuentista “pero por escalafón”. ¿Escalafón? ¿Y entonces quién sigue después de él? Lo reveló horas después, en la recta final del taller: Francisco Hinojosa.

Foto: JOAQUÍN PEÑA ARANA

“El cuento (no es ingeniería) es relojería” aseguró el maestro.  Entonces, ¿reflexionarlo, darle vueltas, bosquejarlo cuadro por cuadro como story board? Samperio no lo recomienda.

- El cuento se escribe como Dios dé a entender, si se piensa demasiado al cuento no sale.

En algunos casos,  Samperio confirmó lo que ya (medio) sospechábamos y en otros fueron instrucciones precisas, mantras, reglas, revelaciones.

-No anden buscando el tema del cuento, sino que con la pura sensación, con la pura necesidad de escribir el cuento, uno puede decir: tengo la sensación que voy a escribir un cuento.

Repetitivo pero sustancioso.

Su sentido del humor es perenne, suavecito suavecito va dejando salir puntadas como pequeños zapes, sazonadas de vez en vez con una que otra maldición ocasional para reforzar. Fue consumiendo cigarros pese al empleado del Ayuntamiento quien irrumpió sin mayor protocolo para encargarle que no fumara cuando llevábamos tres cuartas partes del taller.   

No traten de tener construido todo el cuento acá (en la cabeza) y luego bajarlo a la realidad” recomendó, “dejen fluir, fluir, fluir, no corrijan absolutamente nada, el cuento se escribe como va, como sale”.  Samperio aconsejó que, terminado el cuento, se corrige lo que haya que corregir: repeticiones, entradas, rimas involuntarias, párrafos mal acomodados. Lo que haya que enmendar pues.

-En la segunda etapa de correción es donde se rehace el cuento.

Bueno, ya tengo el cuento, ¿y luego?  “Ambiente”, “atmósfera”, aparecen en el ruedo. Ambos elementos robustecen el texto, describir el olor a cedro, la tarde que resplandece, sentidos, olores, sabores. Sin abusar, claro.  Entra también el detalle, y para demostrarlo describió cómo un hot cake lanzado a la pared resbalaba lenta, lentamente. El detalle. Importante elemento.

 -El cuento siempre va a comenzar por el conflicto.

 Y más o menos en todo eso andábamos cuando a eso de la 1:25 pm entró Arturo Castillo Alva. Samperio lo ubicó inmediatamente, se le hicieron los ojos chiquitos al sonreír, se saludaron a distancia, le dijo que lo acababa de leer la noche anterior en una revista recién publicada, lo felicita con la frase “estuvo muy padre el poema” o “estuvo muy bien tu poema”, algo así.  Y Castillo Alva sonriente, contestando con frases cortas, como corta fue su presencia, sólo estuvo el tiempo necesario, para saludar de pasadita. Como debe ser. 

Foto: JOAQUÍN PEÑA ARANA

Siguieron las recomendaciones. “El final abierto deja opciones para que el lector saque sus propias conclusiones”, “se recomienda terminar el cuento en las últimas dos líneas”, “hay que crear una línea dramática visible que oculte la línea definitoria del cuento”.

Antes de las dos de la tarde a todos –supongo– ya nos rugían las tripas. A las 2:20pm se declara pausa para ir a comer. Cuarenta minutos. Todo el mundo retornó apresurado, menos el maestro, quien llegó hasta las 4:30 pm.  Algunos se fueron.  No pocos teníamos el tiempo medido y confiábamos que el taller terminaría máxime a las seis. Samperio no dio explicación alguna, que tuvo entrevistas con la prensa, que lo llevaron un lugar lejano y con pésimo servicio, quién sabe. El mal sabor de boca tardó en diluirse pero se logró cuando retomamos el hilo de las cosas.

“El cuento narra un hecho y nada más que un hecho”, “la novela compromete diversos hechos”.  Y si sentimos que no sabemos qué hacer ya con el texto eso tiene remedio.

-Si no les queda el cuento hay que ver si tiene unidad temática y se redondea bien el texto, déjenlo así, que el lector se haga bolas.  

Chido.

A las 5:20 pm llegamos al punto medular: un ejercicio.  Dicta veintiocho palabras y con ellas hay que estructurar un cuento. A esas alturas del taller ya éramos menos. Treinta y cinco minutos después, previo sorteo al azar, iniciamos la lectura y el debate: se lee, se juzga y el autor/autora no puede defender su cuento, sólo Samperio tiene la última palabra. En esas andábamos cuando entró la directora de Cultura, Ekateriny Marón Nichols, sin protocolo alguno, mascando chicle y rompiendo totalmente el ritmo del taller para pedirle al maestro firmara las constancias, entregadas ahí mismo sobre la marcha, con promesa de hacer llegar las respectivas a los ausentes y nuevas y enmendadas para quienes tuvieron errores en sus nombres. El maestro no dejó pasar la oportunidad de una foto con la directora.

La lectura de los cuentos en un taller es como participar en una foto de Spencer Tunick. No hay truco. Nos mostramos tal y como somos, con nuestras carencias y virtudes. Es ahí en donde quedamos en evidencia. Algunos por más que lo aparentan no respondieron a las expectativas; otras personas lograron un resultado apropiado, aceptable, no exento de observaciones; la mujer que se veía simple, el jubilado, las chavas por las que uno no daría un quinto,  a la hora de los trancazos demostraron destreza, soltura, talento para esto. Una muchacha de aspecto tipo emo escribió un relato sobre una sirvienta descuartizada con una narrativa tan sencilla, directa y auténtica que, si mal no recuerdo, su ejercicio fue el único que motivó aplausos.

Foto: CARLOS JUÁREZ

Tras dos o tres recomendaciones finales, el taller concluyó a las ocho de la noche con diez minutos. En la foto del recuerdo ya sólo aparecimos dieciséis. Cansados pero contentos.

Al despedirnos hubo algunos intercambios de números telefónicos, correos electrónicos y tarjetas de presentación. Fue como despojarnos de una indumentaria para asumir otra identidad, volvimos a ser  el estudiante, la abogada, la directora ejecutiva,  el L.C.C., la Q.F.B.  Tan padre que estábamos cuando, durante todo un día, nos dimos el lujo de ser aprendices de cuentista.

Foto: CARLOS JUÁREZ




Publicado: 12 de mayo de 2008


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