La actitud que conduce a un artista a plasmar sus emociones, sentimientos, visiones, pensamientos, etcétera, sobre una tela, papel, arcilla, metales, piedras u otros materiales plásticos responde no sólo a un deseo o gusto pasajero, sino que en el verdadero artista es un imperativo que lo impulsa ”a hacer” sin la posibilidad de satisfacerse en el no hacer.
El hombre vive en un fluir constante y sin descanso y se realiza de alguna forma porque busca lo que le falta de realizar .En algunos casos, se enfrenta de manera natural a lo cotidiano y se abandona sin más cuestionamientos ni inquietudes y desde la simplicidad sacia sus anhelos. Existen otros que abrigan una actitud contemplativa frente a la obra de sus semejantes, involucrándose de alguna manera en el proceso creador participando y siendo cómplices de él.
En el caso de los artistas (de los creadores en sí), el desequilibrio es la provocación a la vida y a realizarse. Así, buscan desesperadamente su identidad, ya que la conciencia de estar de alguna forma “incompleto” los lleva a la aspiración de ser y de tenerse a sí mismos a través de un trabajo no trivial ni común a todos sus congeneres. Gracias a ese disconformismo, nacen una detrás de otra las obras de arte. De aquí es que reconocemos que un artista verdadero y con vocación definida busca renovar su expresión nunca siendo una obra igual o parecida a la anterior ( lo que le llevaría necesariamente a un auto plagio y a un punto ciego en su capacidad creadora). Estilo no es pues repetición continua de un discurso; si bien hay constantes y obsesiones en las búsquedas plásticas, el artista tendrá que ser honesto y revisar hasta dónde no está arriesgando el camino y sólo está repitiendo una fórmula cómoda.
El verdadero acto creador parte de una necesidad insaciable de expresión y comunicación y camina junto a la vivencia real de su autor, acompañándolo en cada etapa de su vida. Algo por demás interesante es que cuando el pintor se encuentra frente a la imagen hecha por él mismo, se siente como “observado por otro”, un poco distinto a él. He aquí la magia y las bondades del inconsciente que entrando a escena hacen posible el desprendimiento y el carácter universal del trabajo realizado por un solo individuo... La obra, de esta manera va adquiriendo independencia, autonomía y una voz propia.
EDWARD HOPPER, "Once de la mañana", 1927
Cuando el artista va tras la aventura de crear, es presa de una energía gigante que vibra dentro de él y al mismo tiempo le reclama salir . Así, en el que se dedica a la plástica, es la mano, el cuerpo, el pincel, espátula, la prensa, etcétera, el instrumento que los acompañara en el desarrollo de su expresión. La energía que el artista presta en la creación es una forma de entrega; en tal acto, descarga lo que es él en ese momento y lo que de alguna manera representa su ser en relación con el mundo que lo rodea. Buscar la forma más precisa de canalizar la energía será el problema fundamental en toda obra artística. Organizando y equilibrando tal fuerza es como se podrá lograr exitosamente, completar la imagen presentida.
Parte de la confesión de muchos artistas consiste en reconocer la sensación de vacío cuando se ha quemado o soltado toda la fuerza vital en un trabajo. Desde tal experiencia de orden casi depresivo, surge de nuevo la necesidad de “empezar” reiterando con ello y confirmado su firme vocación. Cada artista tiene sus propios sístoles y diástoles y no hay reglas que dicten en qué momento surge de nuevo la “urgencia” de expresar algo; esto dependerá del temperamento y las circunstancias físicas y mentales de cada hombre –artista. La teoría de la necesidad no conoce una respuesta definitiva, mientras el constante desequilibrio del hombre no encuentre el justo momento de reposo. Pero quizá el llegar al equilibrio total y lograr una tranquilidad pasiva nos conduciría a la muerte del creador y por tanto a la muerte del arte...
Toda posibilidad y riqueza expresiva que habita potencialmente en el interior de una artista resulta un material intrascendente mientras no se convierta en necesidad capaz de exigir la concreción en la obra de arte. Gracias a este continuo “hacerse y lograrse” el hombre–artista va dando al universo nuevas existencias que buscan encontrar al “otro” por medio de un diálogo subjetivo y tal vez por ello más real y humano.